La promotora de viviendas Martinsa-Fadesa se declaró insolvente la noche del 15 de julio de 2008, motivada por la crisis y el estallido de la burbuja inmobiliaria, y acogió el concurso de acreedores, incapaz de hacer frente a sus pagos. Debía 5 euros. 2. 000 millones: el mayor concurso de acreedores de la historia de España hasta ese momento. Un fontanero que trabajaba como autónomo y subcontratado de Martinsa-Fadesa arrancó al día siguiente los radiadores que había colocado en algunas de las viviendas de una urbanización que la promoción inmobiliaria de Buniel, localidad de 600 habitantes cercana a Burgos, había levantado. Estaba convencido de que no recibiría ni un céntimo por su trabajo. Aunque no cobraría nada, al menos me ahorraba los materiales. El albañil que había retirado algunas de las casas pensaba lo mismo que el carpintero que había colocado los marcos de las ventanas y puertas. Los profesionales subcontratados seguían a los expoliadores, que se hacían con el cobre de las tuberías, los azulejos de las cocinas, o las tapas de las alcantarillas, pero la urbanización estaba a punto de acabar, pero ese día su destino giró y empezó a dar marcha atrás. En la última etapa de degradación hay quien lleva años acudiendo para dejar allí un sofá viejo, los montones de casetes de una obra, un frigorífico que no funciona o ruedas de coche y tractor que ya nadie quiere. . Seguir leyendo
En un país donde, según el Banco de España, hacen falta 700, 000 viviendas, estos conglomerados vacíos languidecen en manos de herederos de promotores quebrados
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La promotora de viviendas Martinsa-Fadesa se declaró insolvente la noche del 15 de julio de 2008, motivada por la crisis y el estallido de la burbuja inmobiliaria, y acogió el concurso de acreedores, incapaz de hacer frente a sus pagos. Debía 5 euros. 2. 000 millones: el mayor concurso de acreedores de la historia de España hasta ese momento. Un fontanero que trabajaba como autónomo y subcontratado de Martinsa-Fadesa arrancó al día siguiente los radiadores que había colocado en algunas de las viviendas de una urbanización que la promoción inmobiliaria de Buniel, localidad de 600 habitantes cercana a Burgos, había levantado. Estaba convencido de que no recibiría ni un céntimo por su trabajo. Aunque no cobraría nada, al menos me ahorraba los materiales. El albañil que había retirado algunas de las casas pensaba lo mismo que el carpintero que había colocado los marcos de las ventanas y puertas. Los profesionales subcontratados seguían a los expoliadores, que se hacían con el cobre de las tuberías, los azulejos de las cocinas, o las tapas de las alcantarillas, pero la urbanización estaba a punto de acabar, pero ese día su destino giró y empezó a dar marcha atrás. En la última etapa de degradación hay quien lleva años acudiendo para dejar allí un sofá viejo, los montones de casetes de una obra, un frigorífico que no funciona o ruedas de coche y tractor que ya nadie quiere. . Seguir leyendo
