Desde el punto de vista financiero -y no solo financiero- el año 2025 está siendo tan trepidante que, en estos días de verano, no está de más alejarnos un poco de la instantaneidad del día a día para tomar una mirada con algo más de alcance. Porque el mundo, aparte de Trump, de Oriente Medio o de las políticas más o menos cortoplacistas de los distintos gobiernos, mantiene un rumbo que es importante tener presente, especialmente cuando hablamos de inversión a largo plazo. En ese sentido, trataremos en este artículo cuatro puntos estratégicos fundamentales: inflación, crecimiento, geopolítica y sostenibilidad.. Seguir leyendo
El inversor debe adaptar el perfil de riesgo a las tendencias de largo plazo, más allá del ruido del día a día
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Desde el punto de vista financiero -y no solo financiero- el año 2025 está siendo tan trepidante que, en estos días de verano, no está de más alejarnos un poco de la instantaneidad del día a día para tomar una mirada con algo más de alcance. Porque el mundo, aparte de Trump, de Oriente Medio o de las políticas más o menos cortoplacistas de los distintos gobiernos, mantiene un rumbo que es importante tener presente, especialmente cuando hablamos de inversión a largo plazo. En ese sentido, trataremos en este artículo cuatro puntos estratégicos fundamentales: inflación, crecimiento, geopolítica y sostenibilidad.. En primer lugar, tenemos a la inflación. No entendida como un fenómeno coyuntural, más o menos viscoso, sino como la vuelta al escenario macro de un fenómeno que, prácticamente, había dejado de ser un problema antes del Covid. Todo parece indicar que los principales factores de largo alcance mueven la media de subida de precios al alza. Entre estos factores destaca el retroceso de la globalización: el incremento de aranceles no es sino una manifestación más -muy gráfica eso sí- del proceso que venía gestándose desde mediados de la década pasada, en la línea de un menor dinamismo en las relaciones comerciales internacionales. Un dinamismo que permitía una mejor asignación de recursos, que favorece la competencia y, por tanto, regula los costes y precios de bienes y servicios. Pero, además, tenemos el envejecimiento poblacional, un factor que, muy probablemente, afecte a la mano de obra (reduciendo la oferta de trabajo e incrementando los costes laborales) y al consumo (las personas mayores suelen consumir más que ahorran). Todo ello implica mayores presiones inflacionistas.. El corolario del punto anterior es que los tipos de interés, al estar ligados a la evolución de los precios, van a ser también estructuralmente más altos que la media de la década anterior. Esto tiene implicaciones muy importantes esencialmente sobre la evolución de los mercados de renta fija, pero también de renta variable, de la mano de los mayores costes empresariales y de un multiplicador bursátil más contenido. En otras palabras, estructuralmente, la renta fija debería ser más atractiva que la variable, en términos de rentabilidad-riesgo.. En segundo lugar, está el crecimiento. Y aquí tampoco tenemos buenas noticias: es muy probable que el crecimiento potencial mundial se vea mermado en los próximos años. A ello contribuirá, por una parte, los mayores niveles de endeudamiento, derivados por ejemplo del mayor gasto militar y en infraestructuras. Es muy posible, de hecho, que el final del camino sea no solo una menor inversión pública, sino un cierto retroceso del estado de bienestar, para poder satisfacer los pagos de esta inmensa deuda. Pero además está el menor dinamismo del comercio mundial comentado, que repercute en una demanda externa más contenida. Nuestra esperanza en este ámbito es que la tecnología, la IA en concreto, pueda paliar, por la parte de una mayor productividad, la losa de la deuda y la actividad comercial, dando un impulso general a ese crecimiento potencial. No nos condenemos a ser malthusianos.. En tercer lugar, la geopolítica. Hemos hecho ya referencia a una menor globalización, en términos agregados. Ello va a venir dado, en buena medida, por una vuelta a la política de bloques, algo más propio de épocas pretéritas. Pero la realidad es que, obviando la coyuntura de la actual administración estadounidense, Europa da signos de una mayor independencia, aunque su ligazón trasatlántica supere las crisis actuales. En el otro lado, China será, aún en mayor medida, un polo económico y político más relevante. En cuanto a Rusia, directamente, se nos antoja un oponente incluso en el ámbito militar, aunque su peso económico sea cada vez más irrelevante y el político dependa de su asociación con China… Y de su arsenal nuclear. En suma, mucha incertidumbre. Algo estratégicamente más favorable para los activos refugio.. Finalmente, tenemos a la sostenibilidad. Es cierto que, en los últimos meses hemos visto, tanto en los mercados como a nivel normativo, una clara “suavización” del apetito inversor y de la norma aplicable a las entidades en este ámbito. Ello va de la mano de algunas urgencias, como son la inversión en defensa, la soberanía energética o la competitividad comercial, en el caso europeo. Pero no debemos olvidar la sostenibilidad en el largo plazo. Hablamos no solo de medio ambiente o inversión social. Hablamos esencialmente de solvencia de inversiones a largo plazo, buena gobernanza, envejecimiento poblacional o riesgos asociados al calentamiento global. En ese sentido, la sostenibilidad va a seguir siendo una parte fundamental del ámbito inversor. Es más, de hecho, la idea es que sea una parte consustancial de la gestión de activos, lo que llevará a integrar dentro de este concepto incluso a sectores tradicionalmente excluidos, como defensa.. Todos estos factores constituyen un marco de largo plazo que resulta esencial no perder de vista, aún sumidos, como estamos, en los avatares de la coyuntura, en el mundo de lo inmediato. En ese sentido, deben constituir el norte sobre el que trazar nuestras inversiones y cartera de largo plazo. En otras palabras, los movimientos del mercado en el plano táctico, que nos alejen de estas vías, deben constituir oportunidades de compra o venta, tanto tácticas como de formación de cartera estratégica. Por supuesto, con este mapa no estamos sugiriendo un futuro negro para Bolsas y positivo para bonos. Es más, habrá que tener mucho cuidado con la valoración de la renta fija. Pero para un inversor de largo plazo, tener un croquis siempre es relevante, aunque sea algo tosco. Al final del día, puede ser más útil levantar la mirada y alejarse del ruido que tratar de vencer al mercado en cada batalla. Parafraseando a Churchill, tal vez esto nos lleve “de derrota en derrota hasta la victoria final”. Pero, siempre que el perfil de riesgo coincida con la ruta de largo plazo, la victoria es segura.