La semana pasada decidí tomarme unas minivacaciones en Londres, donde el frío reinante no pudo aplacar mis impulsos consumistas involuntarios en los grandes almacenes, ni mi tendencia a okuparme de los pubs ingleses del barrio de Mayfair, ingiriendo, sin descanso, las típicas pintas de cerveza. Un paraíso que me llevó a estar desconectado de lo más rabioso y escandaloso de la actualidad en el mundo del espectáculo: la acusación a Julio Iglesias de tráfico de personas y agresión sexual por parte de dos de sus ex empleadas. . Seguir leyendo
No soy quien para luchar, pero no soy quien para criticar. Porque hasta que no se demuestre lo que cuenta, todos somos inocentes. Dejemos el trabajo para los jueces, que son los profesionales.
La semana pasada decidí tomarme unas minivacaciones en Londres, donde el frío reinante no pudo aplacar mis impulsos consumistas involuntarios en los grandes almacenes, ni mi tendencia a okuparme de los pubs ingleses del barrio de Mayfair, ingiriendo, sin descanso, las típicas pintas de cerveza. Un paraíso que me llevó a estar desconectado del mundo del espectáculo más rabioso y escandaloso de la actualidad: la acusación a Julio Iglesias de tráfico de personas y agresión sexual por parte de dos de sus ex empleadas. En fin, un drama. . Drama para los que vivieron y sufrieron las supuestas agresiones (todo lo que contiene la denuncia es aterrador), y también drama para lo que le está pasando al presunto acosador, al que esta oleada de Santa Inquisición que acaba de campar a sus anchas ni siquiera le permite beneficiarse de uno de los derechos más universales y necesarios del mundo: el de la presunción de inocencia. Que quede claro que esto no es la defensa de un cantante. No soy quien para defender, pero tampoco para estatuir. Porque hasta que no se demuestre el cargo, todos somos inocentes. En mi casa siempre se ha escuchado a Julio Iglesias. Y sus canciones seguirán sonando en el salón de mi casa, particularmente las que aparecen en su etapa argentina junto a Las Trillizas de Oro al Coro. Eso no quiere decir que tome partido. Porque yo no soy juez. Seamos un poco serios, por favor. O mejor, seamos adultos. Dejemos de hacernos los niños absurdos de instituto que se dedican a acosar por igual a los dos bandos del conflicto, según les diga su ímpetu. Dejemos el trabajo para los jueces, que son los profesionales. Y luego, cada uno que se quede con lo que más le convenga. Además, una cosa es la persona y otra, el artista y su obra. A mí me pasó con Phil Spector, el mejor productor musical del mundo. Ojo, no te estoy comparando con Julio, entre otras cosas porque Mr. Iglesias no ha matado a una chica rubia en su mansión, cosa que sí hizo Spector, que ya apuntaba maneras, según cuentan los Ramones y que fue su mujer, Ronnie, cantante del gran grupo The Ronnettes. Pero su legado musical y su magistral «muro de sonido» no van a hacer que deje de gustarme porque era un asesino. Un hijo de puta, desde luego, pero con un talento innegable, que me ha regalado muchas de las canciones que forman parte de mi banda sonora. Nunca podré defender a un asesino paranoico, pero tampoco voy a desmerecer sus creaciones artísticas. Te acuerdas del tema «Be my baby»? Las diferentes opiniones son muy necesarias, pero juzgar a una parte o cuestionar a la otra no es bonito. A mí, Julio Iglesias me parece una superestrella. Y vuelvo a repetir que no estoy ni a favor ni en contra. Es tan difícil de entender? Menudo niñato este de la polarización.
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