Las pretensiones imperialistas a la vieja usanza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, han centrado todas las miradas del Foro Económico Mundial de Davos y han dejado atrás otros temas comunes que suelen rodear el evento, como el impacto de la desigualdad en el mundo. Davos nació como un encuentro para reunir a los principales líderes empresariales y políticos internacionales y, desde hace varias décadas, diferentes organizaciones no gubernamentales y activistas aprovechan la cita para intentar sacar a relucir los horrores del mundo económico entre aviones y helicópteros privados y hoteles de lujo con vistas a las pistas de esquí. Seguir leyendo
El patrimonio de las mayores fortunas del país se multiplicó por cuatro entre 2011 y 2023. Los expertos alertan de los efectos de la polarización económica
Feed MRSS-S Noticias
Las pretensiones imperialistas a la vieja usanza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, han centrado todas las miradas del Foro Económico Mundial de Davos y han dejado atrás otros temas comunes que suelen rodear el evento, como el impacto de la desigualdad en el mundo. Davos nació como un encuentro para reunir a los principales líderes empresariales y políticos internacionales y, desde hace varias décadas, diferentes organizaciones no gubernamentales y activistas aprovechan la cita para intentar sacar a relucir los horrores del mundo económico entre aviones y helicópteros privados y hoteles de lujo con vistas a las pistas de esquí. Mirar a España desde ese punto de vista permite ver hasta qué punto el crecimiento económico de los últimos años ha ido acompañado de un proceso de concentración de la riqueza y, en consecuencia, de un aumento de la brecha. Los ricos son más numerosos y ricos que nunca, y tienen más dinero que nunca. Por eso, los expertos piden no sólo mirar cuánto mejora la economía desde el enfoque macroeconómico tradicional, sino también cómo se acumula el patrimonio y quién se beneficia de esa acumulación. La concentración de la riqueza no es un fenómeno coyuntural, sino estructural, y sus efectos van mucho más allá de las estadísticas. Uno de los mejores termómetros para observar el fenómeno en España son los datos del impuesto de bienes inmuebles que recoge la Agencia Tributaria. No es una fotografía perfecta -hay bonificaciones, mínimos exentos y estrategias de planificación fiscal-, pero es una de las pocas fuentes oficiales que permiten seguir la evolución de la riqueza declarada por los más ricos del país. Entre 2011 y 2023, último año con datos, el número de declarantes ha aumentado un 75%, hasta 228, 000 personas, mientras que la riqueza conjunta ha pasado de casi 45. 000 millones a 934. 000 millones de euros, un 107% más. Es un crecimiento relevante, pero mucho más moderado en los tramos bajos que en el pico. El grupo más rico, con los ricos que reconocen tener más de 30 millones de euros cada año, ha pasado de 352 a 865 personas y casi cuadruplica su patrimonio: de 37, 331 millones en 2011 a 146, 818 millones en 2023. Es, con diferencia, el salto más acusado entre todos los grupos analizados, a razón de casi 170 millones de euros per cápita. Los datos fiscales coinciden con lo que muestran las estadísticas que analizan el conjunto de la riqueza, y que también muestran la realidad de los tramos de población con menos músculo económico. El Laboratorio Mundial de la Desigualdad, con sede en París, sitúa a España entre los países de Europa con mayor desigualdad patrimonial, sin posibilidad de corregirse por la evolución de los últimos años. El 10% más rico acapara ya más del 57% de la riqueza total y, dentro de este grupo privilegiado, el 1% acumula cerca de una cuarta parte del total, proporción que ha aumentado desde la crisis financiera. El colofón lo pone Oxfam Intermón con sus estimaciones presentadas con motivo del foro celebrado en Suiza, que es de 33 millones en España en 2025. A juzgar por las estadísticas, su fortuna conjunta de 197. 500 millones de euros no habría entrado del todo por los ojos de Hacienda. Todas estas cifras, reflexiona Nuria Badenes, investigadora del Instituto de Estudios Fiscales, dan pie a poner sobre la mesa el concepto de polarización económica, «que tiene una relación más estrecha con la aparición de conflictos sociales que la desigualdad». Esta polarización, exacerbada por la creciente brecha y la progresiva desaparición de la construcción de la clase media, intensifica el conflicto social y político al dividir a la sociedad en grupos con intereses contrapuestos, «provocando desconfianza en las instituciones y alimentando posiciones extremas. » La Encuesta Financiera de las Familias (EFF) del Banco de España refuerza este diagnóstico. La mediana, que es el hogar que se encuentra justo en el centro de la distribución, crece con menor intensidad, lo que indica que la mayor parte del aumento se atribuye a la combinación de una minoría y la riqueza media del hogar. Olga Cantó, catedrática de Economía de la Universidad de Alcalá e investigadora de Equalitas, destaca la evolución histórica de esta brecha. Explica que la mitad de la población más pobre ha perdido riqueza respecto a los niveles que tenía a principios de siglo, mientras que los beneficios se han concentrado en el 5% más rico y, sobre todo, en el 1% más rico. En su opinión, este proceso está estrechamente relacionado con la crisis financiera de 2008, primero, y con las crecientes dificultades de acceso a la primera vivienda y la pérdida de capacidad de ahorro de una parte significativa de la población, después. Durante la crisis de 2008, la desigualdad de la riqueza aumentó significativamente. Miguel Artola, investigador de la Universidad Carlos III de Madrid, sostiene que la caída del precio de la vivienda afectó en mayor medida a las familias de clase media, «mientras que las más ricas, con un patrimonio diversificado, pudieron afrontar mejor la crisis» de 2008. Posteriormente, esta desigual composición de la riqueza entre hogares también ha sido clave. Mientras las rentas medias y bajas concentran su patrimonio en viviendas habituales, ahora cada vez más inaccesibles, los más ricos diversifican en activos financieros, empresariales e inmobiliarios de diversa índole. Esta diferencia explica por qué la desigualdad patrimonial es mucho mayor que la de la renta y por qué tiende a perpetuarse en el tiempo, beneficiando a los que están en la cúspide. El cambio de los últimos años, continúa Cantó, tiene que ver con la «financiarización de la economía y la diferente composición del patrimonio». Los hogares mejor posicionados concentran cada vez más activos financieros y empresariales, capaces de generar altos rendimientos, mientras que el resto tiene menos margen para diversificar. La fiscalidad, que grava más las rentas del trabajo que las del capital o el patrimonio, no ayuda. Riesgo de captura del poder. Las consecuencias sociales y políticas de esta concentración son profundas. Advierte de que la acumulación extrema de riqueza no es sólo un problema distributivo, sino también democrático. Cuando una minoría muy pequeña concentra una parte creciente del patrimonio «aumenta su capacidad de influir en las decisiones políticas y económicas, lo que crea un riesgo de captura del poder», afirma. Al mismo tiempo, la pérdida de riqueza neta de amplias capas de la población reduce la resiliencia social cuando vienen mal dadas. La riqueza actúa como colchón fundamental frente a los choques económicos. La sociedad en su conjunto se vuelve más vulnerable si una mayoría carece de recursos para mantener su consumo en tiempos de crisis. Esta fragilidad tiene efectos políticos: la percepción de que los más ricos acumulan cada vez más mientras tributan relativamente menos erosiona el apoyo al sistema fiscal y genera desafección entre las clases medias y bajas. A largo plazo, «esta percepción de inseguridad económica futura alimenta dinámicas de polarización y puede favorecer el avance de la extrema derecha», recuerda Cantó. Los expertos piden utilizar las herramientas que proporciona el sector público para corregir el agujero o, al menos, diluirlo parcialmente. En el diseño de los impuestos, las administraciones «tienen la responsabilidad de atender a otros principios además del recaudatorio, como la reducción de la desigualdad», afirma Badenes. Eso, de momento, no está ocurriendo. Y entre otras cosas, es por falta de ambición. Cantó afirma que, si bien es imposible cerrar la brecha de la riqueza a través de los impuestos, es posible reducir gradualmente la desigualdad mediante políticas fiscales bien diseñadas. No hacerlo, advierten, significa asumir que la concentración sigue avanzando.
