«El diámetro del Aleph sería de dos o tres metros, pero el espacio cósmico cabía en él, sin que su tamaño se redujera». La cita es la más famosa de *El Aleph* y, aunque solo sea porque Borges, junto a Umberto Eco —bibliófilo junto a bibliófilo, espejo frente a espejo—, aparece mencionado en los créditos finales de *Chronovisor*, pues bien, ahí está la cita. La película de los debutantes estadounidenses Kevin Walker y Jack Auen irrumpió el sábado en el Festival Cinemajove como solo lo hacen las revelaciones: sin pedir permiso y ajena por completo a las normas, las tradiciones o el sentido de la mesura. Estrenada previamente en Róterdam y con la aparición de una cita, toda la cinta está concebida para ser leída. Sí, has leído bien. De principio a fin, libro tras libro, revista tras revista, texto tras texto, se invita al espectador a seguir la pista del mayor de los misterios, un enigma que crece, se expande y llega a dar cobijo —no lo dudes— a todo el universo, desde las criaturas más ridículas y vulnerables hasta, atención, la propia conciencia del espectador. Un dispositivo, el «cronovisor», para ver dónde, al final, de hecho, te ves a ti mismo. El matiz (como nos dijo el propio Aleph) importa.
Cinemajove está entusiasmado con la película de los estadounidenses Kevin Walker y Jack Auen, un bullicioso juguete borgiano que inventa el «noir bibliotecario»
«El diámetro del Aleph sería de dos o tres metros, pero el espacio cósmico cabía en él, sin que su tamaño se redujera». La cita es la más famosa de *El Aleph* y, aunque solo sea porque Borges, junto a Umberto Eco —bibliófilo junto a bibliófilo, espejo frente a espejo—, aparece mencionado en los créditos finales de *Chronovisor*, pues bien, ahí está la cita. La película de los debutantes estadounidenses Kevin Walker y Jack Auen irrumpió el sábado en el Festival Cinemajove como solo lo hacen las revelaciones: sin pedir permiso y ajena por completo a las normas, las tradiciones o el sentido de la mesura. Estrenada previamente en Róterdam y con la aparición de una cita, toda la cinta está concebida para ser leída. Sí, has leído bien. De principio a fin, libro tras libro, revista tras revista, texto tras texto, se invita al espectador a seguir la pista del mayor de los misterios, un enigma que crece, se expande y llega a dar cobijo —no lo dudes— a todo el universo, desde las criaturas más ridículas y vulnerables hasta, atención, la propia conciencia del espectador. Un dispositivo, el «cronovisor», para ver dónde, al final, de hecho, te ves a ti mismo. El matiz (como nos dijo el propio Aleph) importa. . Básicamente, se trata de la investigación que desde la actualidad una erudita, a la que da vida Anne Laure Sellier, lleva a cabo para dar con la clave del aparato de marras. El chronovisor, lo crean o no, ocupó buena parte de la actualidad más extravagante de los años 50 y 60. Se trataba de un supuesto dispositivo de observación del pasado inventado por el monje benedictino Marcello Pellegrino Ernetti. Según este hombre que habría compartido la invención con Enrico Fermi y Wernher von Braun, la máquina funcionaba captando la radiación electromagnética y las ondas sonoras que los eventos históricos emitían aún en el presente. En verdad, su argumento, o el argumento al que se atreve la película, es más ambicioso. Todos viviríamos según la tesis de este hombre que tiempo atrás presumió de haber contemplado la mismísima crucifixión de Cristo atravesados por un tiempo único en el que presente, pasado e incluso futuro coincidirían. La realidad del aquí y ahora sería algo así como la única a la que alcanzan nuestros pobres sentidos. Pero con el chronovisor la cosa cambia. Entonces, como el propio Aleph, todo el cosmos estaría a nuestro alcance. Todo él con todos sus secretos más peligrosos. El chronovisor no solo ve el pasado, también ve cualquier wasup. Por no mencionar lo que custodian carpetas con Top Secret en el lomo. ¿Fascinante? ¿Ridículo? ¿Las dos cosas?. La cinta de Walker y Auen parten de aquí para en un minucioso, extravagante y muy analógico trabajo de hemeroteca componer un thriller absorbente, inaudito y completamente inédito. El espectador es invitado a introducirse en la mente de la protagonista y único personaje y, a través de cada una de sus minuciosas lecturas, leer con ella y perderse en un laberinto, que también es biblioteca, que también es espejo, que también es Borges. Y Eco. Solo de tanto en tanto, la continuidad lectora, llamémoslo así, es rota por una llamada de teléfono o por un levísimo interludio en las calles de Nueva York donde discurre la no-acción que se antoja memorable de puro vertiginoso.. Rodada en celuloide con el gramaje de las tesis doctorales o manuscritos de otro tiempo, con una fotografía de un claroscuro propia de Caravaggio tan cerca del suspiro, y con una banda sonora de Gustav Holst casi mesmérica (signifique esto lo que signifique), Chronovisor avanza con el aliento suspendido convencida de ofrecer al espectador lo que pocas películas han logrado nunca: la representación perfecta no de una pesadilla, sino de su propia pesadilla. Un artefacto, decíamos, para ver que te ve y, apurando, se ve a sí mismo como un Funes memorioso detenido en la contradicción de recordarlo todo, de verlo todo… hasta su propia muerte. «Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno». Esta es otra cita de Borges, de La biblioteca de Babel, y vale igual. El noir de biblioteca acaba de ser fundado.
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