¿Por qué los salarios reales se han mantenido prácticamente estancados durante el último cuarto de siglo? Si medimos la remuneración media por hora trabajada y descontamos la inflación acumulada según el índice de precios al consumo, utilizando datos de Eu Klems, podemos comprobar lo que nos indican otras fuentes: que el poder adquisitivo de los salarios medios españoles solo aumentó un 9, 6 % entre 1996 y 2021 (fecha en la que llega esta base de datos), y un 4, 8 % hasta 2019. Además, según datos de la Contabilidad Nacional, un 1, 1 % desde 2021. Seguir leyendo
La única forma sostenible de aumentar los salarios reales es reformar el entorno normativo y financiero de las empresas, seguir corrigiendo la dualidad laboral y promover la inversión en capital intangible
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¿Por qué se han mantenido prácticamente estancados los salarios reales en el último cuarto de siglo? Cuando medimos la remuneración media por hora trabajada y descontamos la inflación acumulada a través del índice de precios al consumo, utilizando datos de Eu Klems podemos comprobar lo que nos indican otras fuentes: que la capacidad de compra de los salarios medios españoles solo aumentó un 9, 6 % entre 1996 y 2021 (fecha en la que llega esta base de datos), y un 4, 8 % hasta 2019. Además, según datos de la Contabilidad Nacional, un 1, 1 % desde 2021. Para proponer soluciones eficaces, es necesario comprender los factores que determinan la evolución del poder adquisitivo y qué papel ha desempeñado cada uno de ellos. Así, mediante unos cuantos cálculos, podemos desglosar la dinámica que subyace a esta evolución en tres ejes que determinan un mayor o menor incremento de los salarios a largo plazo. En primer lugar, podemos conocer la contribución de la variación en la participación del trabajo en el valor añadido, es decir, lo que les queda a los trabajadores del pastel. En segundo lugar, la evolución de la productividad real por hora trabajada, o la ampliación de la capacidad de hacer cosas y recibir una remuneración por ello. Por último, en tercer lugar, la brecha de precios generada por la diferencia entre el deflactor de la producción y el índice de precios al consumo, lo que nos lleva a plantearnos otras cuestiones, como nuevas reformas o mejoras del mercado, así como la dependencia energética. Al aplicar este ejercicio al caso español con datos de Eu Klems e INTANProd de la versión de 2024, el diagnóstico resulta muy claro, desmontando algunas premisas e influyendo en otras. Frente a la narrativa que atribuye la debilidad salarial a una política favorable al capital, la evidencia estadística revela que la participación salarial en el valor añadido se mantuvo muy estable, en la medida en que nos permite saber la base de datos. Desde 1996, esto solo explicaría una caída salarial real acumulada del 1, 98 % acumulado, lo que, como veremos, es una parte ínfima de los cambios observados. Es cierto que se perdieron varios puntos más hasta 2019, pero desde 2020 se han recuperado casi por completo. El estancamiento del poder adquisitivo no se debe, al menos hasta 2021, a un problema de distribución del pastel, sino más bien a su escaso aumento de tamaño. Esto nos lleva a la productividad, un ámbito en el que surgen diversas paradojas. Durante estas décadas, las empresas aumentaron su dotación de capital por trabajador, lo que impulsó un crecimiento de los salarios reales de 9, 23 puntos porcentuales. Además, el aumento de las competencias y la formación de la población activa ha impulsado los salarios en un 10, 31 % en este periodo adicional. La reorientación del empleo hacia sectores de mayor valor añadido supuso otros 11, 29 puntos. Sin embargo, el resultado final fue muy inferior a estas asombrosas fuerzas positivas de la acumulación, que habrían incrementado los salarios reales en más del 30 %. ¿Qué explica esta compensación de los impulsos positivos? El factor que neutralizó esta acumulación de capacidad fue la productividad total de los factores (PTF). Este componente, que mide la eficiencia organizativa y técnica con la que se combinan el trabajo y el capital, redujo el salario real en un 19, 41 % durante el periodo (-12, 3 % hasta 2019). En otras palabras, la economía española acumuló más trabajadores con estudios superiores y les proporcionó más maquinaria, pero la eficiencia con la que se combinaban estos elementos se deterioró aún más. La verdadera patología del modelo de producción español es esta disminución de la eficiencia técnica. Belén Trincado Aznar. Para comprender este retroceso, es necesario revisar los mecanismos de asignación de recursos. La expansión que siguió a la introducción del euro se caracterizó por una afluencia masiva de capital y unos tipos de interés bajos. Sin embargo, esta financiación no se canalizó hacia los sectores tecnológicos o exportadores, sino que alimentó una burbuja inmobiliaria y sectores no comercializables y protegidos de la competencia (en ocasiones vinculados al poder), como la construcción y los servicios locales. Esto condujo a una paradoja en la que la inversión empresarial aumentó en paralelo a un deterioro continuo de su eficiencia. Cuando estalló la crisis de 2008, la economía se vio obligada a purgar este exceso de inversión mal orientada mediante un doloroso ajuste que supuso la destrucción de empleo, lo que afectó principalmente a los trabajadores temporales y menos cualificados. Todo ello hundió la eficiencia de nuestra economía, sobrecargada de un capital poco productivo. A esto hay que añadir otros elementos estructurales que debilitan la contribución de la eficiencia a los salarios. El primero es el reducido tamaño de la empresa española, con una presencia de microempresas y pymes muy por encima de la media de la zona del euro. Esta atomización ha limitado la capacidad para innovar, invertir en investigación y desarrollo, internacionalizarse y adoptar las mejores prácticas de gestión. Esta estructura se ha visto respaldada por una normativa fiscal y laboral que ha introducido umbrales reglamentarios onerosos y ha desincentivado el crecimiento de las empresas medianas. En segundo lugar, la inversión en tecnologías de la información y la comunicación no fue acompañada de las aportaciones intangibles necesarias. En las economías con fuertes aumentos de productividad, la inversión digital se complementa con la reorganización de procesos, la formación en gestión y el diseño organizativo. En España, la inversión tecnológica se limitaba a menudo a la adquisición de equipos físicos, sin transformar los procesos internos ni el capital organizativo, lo que anulaba el impacto de la digitalización en la eficiencia de las organizaciones. Por último, la dualidad del mercado laboral ha tenido sistemáticamente un impacto negativo en la productividad. La persistencia de la temporalidad ha frenado tanto los incentivos de las empresas para invertir en la formación específica de su personal como los de los trabajadores temporales para comprometerse con la eficiencia de los procesos. Además, la fragmentación normativa del mercado interior dificulta la libre competencia y la supervivencia de empresas de baja viabilidad que retienen recursos que deberían destinarse a empresas más eficientes. Esta falta de dinamismo ha provocado que la acumulación de capital humano vaya acompañada de una sobrecualificación persistente de los profesionales. El análisis por etapas ilustra la persistencia de esta dinámica. Durante la expansión previa a la crisis de 2008, el salario real se mantuvo estancado, con un aumento acumulado de solo el 0, 34 % en 12 años, debido a que la contribución al PTF se redujo en 0, 98 puntos porcentuales al año. La crisis posterior, entre 2008 y 2013, no supuso ninguna mejora, ya que la brecha de precios restó 1, 53 puntos porcentuales al año debido al aumento de los impuestos indirectos y de la energía (la famosa devaluación interna). La fase de recuperación entre 2014 y 2019 fue la única que registró aumentos salariales reales, aunque modestos, con una variación anual del 0, 75 % y una contribución del PTF de 0, 30 puntos porcentuales al año, coincidiendo con una asignación de capital ligeramente más equilibrada antes de la distorsión estadística provocada por la pandemia. Desde 2021, la dinámica parece mejorar, pero no lo suficiente como para paliar el legado de casi tres décadas de crecimiento raquítico de la eficiencia. La conclusión es que el estancamiento salarial ha sido un problema derivado de la incapacidad para generar auténticas ganancias de eficiencia en la combinación de recursos. En vista de ello, la única forma sostenible de aumentar los salarios reales es reformar el entorno normativo y financiero de las empresas, facilitar su crecimiento dimensional, seguir corrigiendo la dualidad laboral y promover la inversión en capital intangible. Parte de esto ya lo hemos hecho, aunque no es suficiente.
