En Europa debatimos con frecuencia si regulamos demasiado. A veces parece casi un rasgo de identidad. Desde la protección de datos a la inteligencia artificial, pasando por la energía o las finanzas, la conversación es recurrente: ¿estamos poniendo demasiadas normas a nuestras empresas? Seguir leyendo
Quizá el debate no sea si Europa regula en exceso, sino si ha construido con ambición en áreas estratégicas.
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En Europa debatimos a menudo si regulamos demasiado. A veces parece casi una seña de identidad. Desde la protección de datos a la inteligencia artificial, pasando por la energía o las finanzas, la conversación es recurrente: ¿estamos poniendo demasiadas normas a nuestras empresas? Es una pregunta legítima. Pero quizá sea incompleta. El verdadero dilema no es sólo si regulamos mucho. También es dónde no hemos regulado y qué consecuencias ha tenido. . Como se ha dicho en este periódico, en diciembre de 2025, varios jueces de la Corte Penal Internacional fueron castigados por la Administración de Estados Unidos tras autorizar investigaciones sobre presuntos crímenes de guerra. Entre los afectados se encontraban jueces de Estados miembros de la Unión Europea. Las medidas incluyeron la revocación de visados, el bloqueo de cuentas y la cancelación de servicios financieros y digitales. Funcionarios europeos, que actuaban en el marco de una institución internacional, vieron restringido su acceso al sistema financiero por una decisión adoptada fuera de Europa. Más allá de la controversia jurídica, el episodio reveló una realidad incómoda: el acceso al dinero digital depende de redes cuya gobernanza y capacidad de ejecución no están en Europa. Y, cuando eso ocurre, la autonomía deja de ser un concepto abstracto para convertirse en un problema operativo. Alrededor del 15% del PIB mundial está constituido por la Unión Europea, y cerca del 20% del PIB mundial se concentra en el euro. No estamos hablando de una moneda más pequeña. Sin embargo, la mayoría de los pagos electrónicos de la Unión se canalizan a través de esquemas internacionales como Visa o Mastercard, redes globales con una enorme capacidad técnica, pero con centros de decisión fuera del perímetro europeo. Aquí el debate sobre el exceso de regulación adquiere matices interesantes. En algunos ámbitos, Europa ha regulado intensamente. En otros, hemos asumido que la infraestructura procedería del mercado mundial. El resultado es que, mientras discutimos si nuestras normas son demasiado estrictas, dependemos en capas críticas del sistema financiero de arquitecturas que no controlamos. No es una compra trivial en el supermercado. Cada vez que un ciudadano europeo paga una suscripción digital, reserva un hotel o adquiere un billete de avión, genera una huella financiera detallada. Estos datos revelan hábitos de consumo, movilidad, relaciones económicas. En la economía digital, el dinero también es información. Y quién controla los raíles de pago influye en cómo circula esa información y en qué condiciones. . El sistema actual no es un espacio libre de normas. Está profundamente estructurado. Pero gran parte de sus normas técnicas, reglas de funcionamiento y condiciones de acceso se definen fuera de la Unión Europea. No es una anomalía, es el resultado de la globalización financiera. Sin embargo, en un entorno geopolítico más fragmentado, esta dependencia se hace más visible y costosa. Autonomía estratégica no significa autarquía. Europa seguirá formando parte de un sistema financiero mundial interconectado. La interdependencia es estructural. Pero interdependencia no es lo mismo que dependencia asimétrica. . Una moneda con aspiraciones globales necesita apoyarse en infraestructuras coherentes con su propio marco institucional. De lo contrario, su peso económico no se traduce plenamente en capacidad operativa. Es difícil hablar de soberanía monetaria si la información que se extrae de cada operación no fluye por el mismo ámbito jurídico que la moneda. Algunos critican el euro digital como un exceso de intervención pública. Es un debate legítimo. Pero conviene aclarar una cosa: el poder en el sistema de pagos ya existe. No estamos eligiendo entre poder y ausencia de poder. Estamos decidiendo dónde está ese poder y bajo qué reglas se ejerce. La alternativa al euro digital no es un mercado neutral y no regulado. Se trata de un marco en el que los agentes privados mundiales establecen normas operativas, gestionan datos financieros y repercuten directamente en la economía europea. Europa puede ser exigente en su regulación y al mismo tiempo carecer de infraestructura propia en áreas críticas. No es una contradicción, es una lección. A veces el problema no es haber regulado demasiado, sino no haber construido lo suficiente. . El euro digital no resolverá por sí solo todos los retos del sistema de pagos. Tampoco sustituirá al sector privado ni a las redes internacionales. Pero puede ampliar las opciones, reducir las concentraciones y reforzar la coherencia entre el peso económico del euro y la tecnología que lo sustenta. Quizá el verdadero debate no sea si Europa regula en exceso, sino si en los ámbitos estratégicos ha sido capaz de regular y construir con la ambición que exige su propia moneda. Alex Saiz Verdaguer es CEO y fundador de Monei
