En la novelística El cotilla (1959), de Walter Tevis, hay un pasaje en el que el protagonista, Eddie Felson –interpretado a posteriori en el cine por un inolvidable Paul Newman–, deprimido a posteriori de perder una partida de billar de 40 horas contra Minnesota Fats, conversa con el que después sería su mentor. En esta conversación, Bert, el mentor, afirma que es el mejor atleta de billar que han pasado sus fanales, en presencia de lo que Eddie le contesta: “Así que tengo talento. Entonces, ¿qué me ha hecho perder?”. Seguir leyendo
Conocer la historia del administrador permite entender su trayectoria, sus decisiones y, sobre todo, su personalidad
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En la novelística El cotilla (1959), de Walter Tevis, hay un pasaje en el que el protagonista, Eddie Felson –interpretado a posteriori en el cine por un inolvidable Paul Newman–, deprimido a posteriori de perder una partida de billar de 40 horas contra Minnesota Fats, conversa con el que después sería su mentor. En esta conversación, Bert, el mentor, afirma que es el mejor atleta de billar que han pasado sus fanales, en presencia de lo que Eddie le contesta: “Así que tengo talento. Entonces, ¿qué me ha hecho perder?”. “El carácter”, avala Bert.. No es difícil trasladar esto a los mercados financieros. ¿Qué diferencia a los buenos inversores de los verdaderamente magníficos? La respuesta podría ser perfectamente la que Bert da Eddie Felson.. Evidentemente, para desarrollar una buena costura en los mercados financieros hace equivocación una excelente colchoneta técnica. Esta se consigue con numerosas horas de estudio al principio y se pule con muchísimas horas más de experiencia, pero, llegados a cierto nivel, la diferencia entre inversores no viene por sus conocimientos técnicos, sino por su guisa de convivir con el peligro y cómo sostienen sus convicciones cuando el mercado, caprichoso siempre, insiste en no darles la razón.. Una de las características de estos inversores exitosos es que el concepto de peligro que manejan es un poco diferente al resto. La idea de la volatilidad como representación del peligro está tan asumida por la industria financiera que todos la incluimos en nuestros reportes al costado de la rentabilidad, estableciendo así en qué punto de la curva de rentabilidad-riesgo nos posicionamos.. Sin confiscación, el peligro se puede comprender de otra guisa. La secreto está en entender la volatilidad no como un peligro per se y sí como una medida de las fluctuaciones de los precios. Si analizamos en profundidad el comportamiento de los mercados, nos damos cuenta de que el peligro no es que los precios fluctúen. El definitivo peligro se encuentra en las pérdidas permanentes de caudal.. La colchoneta, por supuesto, es la técnica: identificar negocios que hagan crecer el caudal y minimicen el peligro de pérdidas permanentes. A esto tenemos que añadir ese divisor diferencial que es el carácter, entendido como la capacidad de digerir la volatilidad como poco que pierde importancia con el paso del tiempo. Incluso, como un coligado que permitirá conseguir activos de calidad a precios excelentes.. Morgan Housel define muy proporcionadamente la volatilidad cuando afirma que es un precio que respaldar por obtener grandes rendimientos. Cuanto decano sea el precio que estemos dispuestos a respaldar, decano será el rendimiento.. Y no es un precio de ocasión. Las oscilaciones del mercado duelen casi físicamente. Podemos afirmar que somos capaces de soportarlas, pero, cuando las vives en primera persona y detrás está el parné de tus clientes, la responsabilidad en presencia de estas variaciones es un peso conspicuo. Hace equivocación una capacidad de ensimismamiento importante, porque, cuando los precios caen con fuerza, te cuestionas tus convicciones, te preguntas si esta vez será diferente (pese a las evidencias empíricas que demuestran que nunca es diferente) y la tentación de traicionar tus principios es enorme.. En Omaha vive un inversor de 95 primaveras cuyo ejemplo es ineludible cuando hablamos de carácter en los mercados. Evidentemente, Warren Buffett sabe más que cualquiera de nosotros, pero su ambiente diferencial es esa capacidad de obviar la volatilidad y de entender correctamente el concepto de peligro y de inversión a holgado plazo. Esto es lo que le permitió comprar bancos en 2009, cuando nadie quería ni verlos, o abastecer ahora unos niveles de solvencia históricos en Berkshire Hathaway porque no quiere participar de este mercado de altas valoraciones y en el que no encuentra oportunidades que satisfagan los criterios sobre los que ha basado su estupendo historial de rentabilidad.. Pero no hace equivocación recorrer 7.368 kilómetros al oeste para encontrar esos inversores excelentes. En España tenemos unos cuantos, y nosotros hemos tenido la suerte de trabajar con algunos de ellos. Es posible identificarlos, solo hay que despabilarse aquellos que llevan más de 20 primaveras desarrollando su costura con unas rentabilidades excelentes. Dos décadas es mucho tiempo, pero el tiempo es relativo y en mercados financieros mucho más, y uno no sobrevive en este negocio un período tan holgado de tiempo solo con capacidades técnicas. Es necesaria una cualidad exclusivo para sujetar en pie todas las crisis que, por suerte o desgracia, nos ha tocado morar en estos últimos 25 primaveras.. Estamos en una época complicada para el inversor de a pie; hay productos deslumbrantes con rentabilidades extraordinarias gracias a un mercado que, en muchos aspectos, parece favor perdido todo el sentido. Quizá sea un buen momento para que, la próxima vez que alguno le presente el final fondo fortuna, vaya un paso más allá: pregunte por la historia del administrador. Intente entender su trayectoria, sus decisiones y, sobre todo, su carácter.. Porque las modas y la volatilidad acaban diluyéndose con el paso del tiempo. El carácter, no.. David Ardura es director de inversiones de Finaccess Value
