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El regreso a la Luna coincide con el momento más explosivo de este mundo en décadas. El mercado desprecia las amenazas genocidas de Trump, que espantan hasta a los suyos, pero celebra cualquier señal de desescalada en Oriente Próximo, por endeble que sea
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Este artículo forma parte de la newsletter semanal La selección del director de Cinco Días. Puede apuntarse en este enlace.. Se acababan de completar las seis misiones tripuladas a la Luna, entre los abriles 1969 y 1972, cuando Pink Floyd publicó uno de los discos emblemáticos de la historia del rock: The Dark Side of The Moon. Pero los cuatro músicos ingleses, capaces de crear atmósferas sonoras que pasarían por extraterrestres, no pensaban en cantar las proezas de la NASA, sino en departir de la opresión, de la alienación y de los trastornos mentales. Un asunto este postrer que les atormentaba desde que expulsaron al fundador de la bandada, Syd Barrett, nulo más divulgar su primer elepé, porque su persona enferma no podía seguir el ritmo. Esto no era el Space Oddity de Bowie: la Luna solo sirve aquí de símbolo. “El lunático está en la hierba”, empieza el tema ‘Brain Damage’, que continúa: “El lunático está en el recibidor”, “El lunático está en mi cabeza”. Y termina: “Nos vemos en el lado oscuro de la Luna”. El banda complicado no es lo mismo que la cara oculta, porque esta última es la iluminada cuando para nosotros hay retrato nueva.. Ninguna canción de The Dark Side of The Moon sonó en la encomienda Artemis 2 que, precisamente, pudo observar la cara oculta, que no oscura, de la Luna esta semana. En la playlist preparada durante varios abriles por más de un millón de usuarios de Spotify había 186 canciones, muchas de las cuales siquiera se referían específicamente a la exploración espacial, por lo que sorprende más la excepción del fluido rosa. No esperamos que los astronautas las hayan escuchado todas, pero consta que una de ellas les despertaba cada mañana (o cuando fuera que terminaran sus horarios de alivio).. Ha sido ilusionante presenciar cómo la humanidad desafía sus límites espaciales, aunque no podía ser tan impactante como debió ser la primera vez que se pisó el mandado en 1969. Que al mismo tiempo el planeta Tierra estuviera en uno de los momentos más explosivos de las últimas décadas hacía un contraste muy perturbador. Mientras la nave Orión daba la reverso a la Luna, aquí debajo Donald Trump anunciaba con toda su fanfarria y con un habla descarnado que se disponía a cometer crímenes de cruzada en Irán, incluso un exterminio. Subía el tono en cada afirmación según pasaban las últimas horas del ultimátum que vencía la tinieblas del martes: a los iraníes le esperaba “el infierno”, volverían a la “Edad de Piedra”; son unos “locos cabrones”; EE UU es capaz de “destruir un país entero” de un plumazo. Hasta la colmo: “Esta noche morirá toda una civilización”, palabras que espantaron a muchos líderes mundiales, incluido el Papa, que llamaron a detener esa macabra cuenta detrás. Una civilización con muchos milenios a la espalda como la persa solo puede fallecer con el exterminio de todos sus habitantes, nulo menos que 90 millones.. Entonces morapio el volantazo que tantas veces hemos manido, el ya insigne TACO (Trump siempre se acobarda, por sus siglas en inglés). Pasamos del anuncio del fin del mundo inmediato, una tinieblas negra para la historia que iba a desatarse en hora y media, a un supuesto acuerdo para un detención el fuego de dos semanas cuyos detalles son vaporosos, volubles, cambian cada minuto según quién palabra. Se suponía que Irán iba a permitir en ese tiempo el tráfico de buques por el severo de Ormuz, pero eso todavía no ha ocurrido (al revés: pasan menos barcos) y desde Teherán se insiste en cobrar peaje, dos millones de dólares a cada uno, un nuevo ingreso que no tenía. Y por el momento esta convocatoria tregua siquiera ha detenido la devastación de Líbano por Israel, que aplica allí la misma inhumanidad que en Gaza: matar sin reparos, forzar desplazamientos masivos de población, hostigar o demoler sus casas y conquistar condado de facto. Señalado como el gran obstáculo para este endeble proceso de paz, Benjamin Netanyahu anunció, de mala anhelo y bajo presión de Washington, que va a negociar con Beirut.. Cuando Trump sale de un envite anunciando un acuerdo, no esperen estudiar su grafema pequeña. Recordarán que la amenaza de Trump sobre Groenlandia terminó en un supuesto pacto con Mark Rutte, el servil dirigente de la OTAN, del que ni siquiera Dinamarca, el reino concernido, sabe nulo. El cese de los ataques en Oriente Próximo sería, de confirmarse, un alivio para la humanidad. Trump lo querrá entregar como una gran vencimiento (es el manual de su músico, Roy Cohn) pero tiene difícil convencer a la opinión pública, incluida la de EE UU. Irán tiene más motivos para fallar su vencimiento: en su caso resistir a la primera potencia mundial es vencer. El régimen se ha consolidado y endurecido: ha disparado las ejecuciones de disidentes en la horca en los últimos días, manda la Guardia Revolucionaria y no hay asomo de protestas en presencia de la formidable represión. Teherán ha demostrado por primera vez su capacidad de presionar la caudal mundial en Ormuz, y ha resultado una armamento muy poderosa. Que al final se levantaran las sanciones internacionales, a cambio de una contención nuclear como la que se pactó con la Administración de Obama, completaría un relato de triunfo casi total.. Pero no nos podemos quitar de la persona las palabras de Trump, por mucho que formen parte de torrente abrumador de dislates: “Morirá una civilización”. Hasta a los extremistas que dominan el universo MAGA les ha parecido excesivo: voces muy influyentes en la ultraderecha de EE UU ponen en duda la sanidad mental del presidente e incluso apelan a la rectificación 25 de la Constitución, que permitiría inhabilitarlo. Marjorie Taylor-Greene, Alex Jones o Tucker Carlson salieron en sabido a cuestionar su continuidad. “Esto es maldad y una locura”, escribió Taylor-Greene. “Es un lunático genocida”, dijo Candace Owens, una popular podcaster.. Ojalá esa frase responda a una enfermedad mental y no al cálculo. Ha escrito en El País Máriam Martínez-Bascuñán: “Si Trump está loco, el problema es médico y tiene solución institucional (…). Pero si no lo está, si Trump eligió esa palabra y calculó ese mensaje, si decidió que amenazar con el exterminio de una civilización era una táctica negociadora viable, entonces el problema no es psiquiátrico, sino político. Y es incomparablemente más grave”.. Los mercados, en su radio de estos meses, estaban deseando cualquier señal de desescalada para lanzarse a comprar acciones. Solo el descrédito de Trump puede explicar que la amenaza de exterminar a los persas en pocas horas causara solo leves caídas en las Bolsas; sin requisa, el confuso anuncio de un detención el fuego llevó a una fiesta instantánea: el Ibex subió casi un 4% y el petróleo bajó un 15%. Dos frases recogidas entre gestores y analistas sintetizan acertadamente su desconcierto: “El conflicto sigue un patrón de reality show, caracterizado por rápidas escaladas, pausas tácticas y renovadas tensiones”, dice Christian Gattiker, de Julius Baer. “¿Qué cómo llevamos los inversores las declaraciones de Trump? A base de valiums», comenta Francisco Quintana, de ING.. Ya no es que la geopolítica impacte en las finanzas, como es lógico; es que empieza a ser al revés, que se para una guerra para dar un alivio al mercado. El economista Santiago Carbó lo ha llamado “financiarización de la geopolítica”. Escribe en este artículo: “El alto el fuego no es solo un acuerdo militar, sino un instrumento de gestión de expectativas en los mercados. Su duración de 15 días coincide más con los ciclos de trading que con los tiempos diplomáticos. No busca resolver el conflicto, sino modular su impacto».. Esto no es el rally de la paz. Puede venir un rally, o su némesis la corrección, pero no llamaremos paz a este caos. Estamos cerca de que nos vendan como un gran paso hacia la estabilidad mundial que vuelvan a circular barcos por Ormuz (como hacían sin problemas ni peajes antes de esta guerra insensata), que Líbano se convierta en una montaña de escombros y cadáveres, y que el régimen iraní pueda seguir ahorcando a sus ciudadanos. A los inversores parece bastarles ese escenario con tal de volver a lo suyo.. En la última canción de The Dark Side of The Moon, ‘Eclipse’, se dice: “Y todo bajo el Sol está en armonía. Pero el Sol está eclipsado por la Luna”. Unas voces casi inaudibles susurran detrás: “En realidad no existe el lado oscuro de la Luna. De hecho, toda está oscura”.
