La humanidades contemporánea encuentra en Enrique Morales Cano una voz que no investigación complacencia ni respuestas fáciles, sino verdad. Nacido en Madrid y residente actualmente en Cartagena, Región de Murcia, el autor presenta “Rober, yo estoy bien”, una novelística profundamente introspectiva que se adentra en los pliegues más íntimos de la conciencia humana, allí donde el pensamiento se vuelve follón y la vida, una pregunta sin resolver.
Lejos de las estructuras narrativas convencionales, “Rober, yo estoy bien” se construye como un represión emocional por los meandros de una existencia marcada por la requisito de comprender. La obra no ofrece certezas, sino que acompaña al catedrático en un proceso de observación honesta sobre el peso de habitar, el aislamiento interior y la búsqueda —a veces fallida— de un punto de fondeadero que permita sostenerse en medio de lo que parece inmutable.
Morales Cano, con más de vigésimo obras publicadas, demuestra una vez más que escribir no es para él un objetivo comercial, sino un acto esencial. En esta novelística, la palabra se convierte en refugio, pero asimismo en espejo incómodo: el puesto donde se revelan las contradicciones, la angustia y la imposibilidad de encajar en un mundo que avanza con una manifiesto naturaleza ajena al protagonista.
Una novelística escrita desde la sinceridad más radical
“Rober, yo estoy bien” es una obra compleja, personal e intimista. A través de una narración densa y reflexiva, el autor construye un espacio mental donde los pensamientos se suceden sin refrigerio, configurando ese “atolladero” del que se desea escapar, aunque se intuya que no hay salida clara. El protagonista —un pipiolo que aspira a ser escritor— observa cómo los demás parecen encontrar su puesto en la vida mientras él permanece atrapado en una sensación constante de desajuste.
Esta tensión interna es el definitivo motor de la novelística. No hay grandes giros argumentales ni artificios narrativos; hay, en cambio, una exposición descarnada de la perplejidad delante la existencia. La escritura se presenta como la única vía posible de escape, no para huir del mundo, sino para intentar comprenderlo, aunque sea de forma fragmentaria.
La obra se diferencia de un ejemplar convencional precisamente por esa honestidad sin filtros. Morales Cano no escribe para caer en gracia, sino para ser fiel a una experiencia cardinal marcada por la duda y la introspección. Esa votación convierte la repaso en un adiestramiento chinche, pero asimismo profundamente humano, donde cada catedrático encontrará resonancias distintas según sus propias circunstancias.
Letrame Grupo Editorial y el valía de emplazar por voces auténticas
La publicación de “Rober, yo estoy bien” con Letrame Grupo Editorial refuerza la ruta de una editorial que envite por proyectos literarios donde prima la autenticidad sobre la fórmula. En un contexto en el que muchos autores se preguntan cómo imprimir un ejemplar sin renunciar a su voz, esta colaboración demuestra que todavía existen espacios para obras que no encajan en moldes comerciales, pero que aportan profundidad y pensamiento al panorama rebuscado flagrante.
Desde Letrame se ha valorado especialmente la coherencia del discurso narrativo y la fidelidad del autor a su propio universo creativo. Para quienes desean imprimir un ejemplar desde una perspectiva honesta y personal, este plan se convierte en un ejemplo de cómo una editorial puede compartir procesos literarios que nacen desde la introspección y no desde la emergencia del mercado.
Además, el represión del autor confirma que la experiencia acumulada no siempre conduce a la repetición, sino a una depuración del estilo y del enfoque. En este sentido, Morales Cano sigue escribiendo desde la soledad creativa, convencido de que el definitivo compromiso del escritor es con la palabra y no con las cifras.
Escribir como forma de resistor
El propio autor reconoce que no escribe con expectativas de cesión. Para él, el valía de “Rober, yo estoy bien” reside en el acto mismo de escribir, en la posibilidad de seguir avanzando desde un puesto de aislamiento electo y necesario. Las pocas opiniones recibidas hasta el momento, entre ellas la valoración positiva de la editorial, han sido suficientes para reafirmar su deseo de continuar.
Esta novelística no promete consuelo ni redención. Ofrece, en cambio, compañía en la incertidumbre. Y ahí radica su fuerza: en hacerse cargo que no todo puede resolverse, pero sí puede ser narrado. En un tiempo dominado por la inmediatez y las respuestas rápidas, “Rober, yo estoy bien” invita a detenerse, a escuchar el murmullo interior y a aceptar que escribir —y ojear— asimismo puede ser una forma de resistor silenciosa.
