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  Economía  Estas son las razones del declive de la conciencia de clase: el trabajo ya no es el eje de la identidad
Economía

Estas son las razones del declive de la conciencia de clase: el trabajo ya no es el eje de la identidad

24 de enero de 2026
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La clase obrera se ha dividido. El trabajo ha dejado de ser el eje de la identidad y la comunidad. El sentido de pertenencia se ha desplazado hacia el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual: formas legítimas de identidad que, sin embargo, han relegado la cuestión de clase a un segundo plano. Hoy el trabajador vive en una burbuja que le impide reconocer a sus semejantes. Seguir leyendo

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El individualismo acaba con la lucha obrera, el precariado es más diverso y el sentido de pertenencia se desplaza hacia el consumo, el género o la edad

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La clase trabajadora se ha dividido. El trabajo ha dejado de ser el eje de la identidad y la comunidad. El sentido de pertenencia se ha desplazado hacia el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual: formas legítimas de identidad que, sin embargo, han relegado la cuestión de clase a un segundo plano. Hoy el trabajador vive en una burbuja que le impide reconocer a sus semejantes. No se puede medir empíricamente el nivel de conciencia de clase (entender que tus problemas no son sólo tuyos, sino compartidos por otros en la misma posición del sistema económico que tú). Tampoco hay encuestas al respecto. El CIS, desde 2019, pregunta a la gente con qué clase social se identifica. Y la gente acierta, al menos según los criterios de la OCDE (entre el 75% y el 200% de la renta mediana nacional). En el último barómetro, cerca del 40% de los españoles se situaba en la clase media. Una cifra que, de hecho, es inferior al 61% que se obtiene al aplicar los estándares del organismo internacional. Pero entender cuál es tu nivel de renta en comparación con el de los demás, no equivale a saber por qué estás ahí, qué sistema te produce y con quién compartes esos conflictos. De hecho, según esta misma encuesta, sólo el 14 2% se reconocen como «clase obrera, trabajadora o proletaria». No tenemos forma de comparar esta cifra con la de años anteriores a 2019. Sabemos que es inferior al porcentaje de españoles que se levantan cada día a trabajar en condiciones que les parecen mejores. Más de la mitad de los encuestados están insatisfechos con su situación económica y más del 40% no están contentos con su vida laboral, según una encuesta de Oxfam Intermón. Ocho de cada diez personas creen también que en España hay muchas desigualdades sociales. Y con razón, un estudio presentado en noviembre por el G-20 revela que, entre 2000 y 2024, el 1% más rico del mundo acaparará el 41% de toda la nueva riqueza, mientras que sólo el 1% irá a parar al 50% más pobre. «Vivimos una falsa sensación de bienestar», afirma Nayarit Fuentes Licht, joven dramaturga, coautora de Un verano por metro cuadrado, obra que retrata la lucha vecinal de Cerro Belmonte (Madrid) en los años 90 para evitar la expropiación de sus viviendas. «Tenemos mil zapatillas, un iPhone, nos vamos de viaje y nos olvidamos de que tenemos una situación precaria». Fuentes también pertenecen al Sindicato de Inquilinos de la capital. «A veces he visto situaciones surrealistas de gente con una orden de impago de alquiler pendiente que tiene un Rolex y un iPhone. Antes no lo tenía, ahora es todo más de cara a la galería». Poca movilización. Este descontento no se traduce en un aumento de la lucha obrera ni de la afiliación a los sindicatos. Según informes recientes de la OCDE, la densidad sindical en las principales economías del mundo se ha reducido a la mitad desde 1985. En España, la tasa de sindicación se sitúa en torno al 12% -13% de los asalariados. Algo por debajo del 23% de la Unión Europea. Aunque es cierto que el 80% está protegido por convenios colectivos. Por otro lado, la masa social parece haber perdido parte de la fuerza movilizadora, aunque los datos no son determinantes: en 2023 se registraron 31, 715 manifestaciones, 6. 7% menos que en 2022, según el anuario estadístico del Ministerio del Interior. La última huelga general de 24 horas en España convocada por los sindicatos mayoritarios (CC OO y UGT) fue en 2012. Aunque en realidad sólo ha habido ocho en toda la democracia. . Isabel Vilabella, secretaria de Formación, Empleo y Memoria Democrática de UGT Madrid, lamenta la «injusta imagen» de «sindicatos comegambas» que se forjó la organización en los años 90, y reconoce que los jóvenes se están afiliando «poco a poco» al sindicato. Resigna el papel y la vigencia de estas organizaciones: «La gente tiene que saber que somos una mano amiga, esa persona que está entre el jefe y tú, que te va a defender y atender. Podemos entender a la gente vulnerable porque antes han venido otros con problemas similares». El declive de la conciencia de clase y la crisis del sentimiento de pertenencia a la clase trabajadora es un tema que lleva años debatiéndose. La ausencia de estudios recientes que traten su pérdida es sin duda una forma de confirmar su obsolescencia. «La conciencia de clase fluctúa y tiene más peso en determinados momentos y espacios», afirma Francisco Pérez, catedrático de Análisis Económico de la Universitat de València y director de investigación del Ivie. «Eso no quiere decir que una gran parte de la población no se sienta perteneciente al grupo social de los trabajadores o, en su defecto, al de los propietarios, pero no es el único rasgo identitario que les define ni, en ocasiones, el más fuerte». Al comienzo del famoso libro La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), el historiador británico E. P. Thompson deja una idea fundamental: no basta con vivir una situación de explotación para tener conciencia de clase. Las clases sociales nacen no sólo de las condiciones materiales, sino también de la capacidad de reconocerse y organizarse en torno a intereses comunes frente a otros grupos con experiencias diferentes y opuestas: «La clase obrera no surgió como el sol en un momento dado. Estuvo presente en su propio proceso de formación». Una de las primeras razones para hablar de la desintegración de la clase obrera es la transformación radical que ha experimentado la fuerza de trabajo en los últimos años. Las chimeneas industriales han dejado de exhalar humo. La clase obrera ya no es homogénea. «Tener conciencia de clase no es solo tener un trabajo de clase obrera, es también vivir como clase obrera, en determinados barrios, conocer a determinadas personas», dice el sociólogo José Saturnino Martínez García, autor de Estructura social y desigualdad en España (Catarata, 2013). «En los últimos años ha desaparecido esa forma de vivir que genera identidad de clase». Unai Sordo, secretario general de Comisiones Obreras, recuerda desde su despacho en Madrid su infancia en el País Vasco, cuando todavía había muchos trabajadores que iban a diario a la fábrica. «Eran trabajadores relativamente parecidos: salían a los mismos sitios, tomaban un vino en los mismos bares, creaban una serie de espacios comunitarios. Su vínculo con el trabajo era similar. La clase obrera sigue existiendo, pero se ha diversificado y fragmentado, y eso debilita su identidad colectiva». Pérez coincide en que la «experiencia compartida del trabajo» es fundamental para sentirse parte de un mismo grupo social. «La conciencia de clase no se desarrolla en unas ocupaciones como en otras, y en ello influye el tipo de actividad, el tamaño de las empresas y el tipo de empleos». Patricia Castro, autora de Tu precariedad y cada día la de más gente (Apostroph, 2023), destaca el hecho de que, además, las personas cambian más veces de empresa e incluso de trabajo. «La gente ya no se identifica con la misma profesión. Mucha gente está bajando. El trabajo cambia, la familia cambia, la vivienda no es fija. Ya no estamos en el mundo de Año Nuevo». Sin embargo, si se analiza detenidamente el estado actual del sistema productivo, se comprueba que muchas de estas supuestas transformaciones son en realidad mitos. El tiempo medio que una persona pasa en el mismo puesto de trabajo no ha disminuido. En España, la duración media era de 10 años. 3 años en 1993 a 11. 3 años en 2021. La última reforma laboral se centró en acabar con la alta rotación laboral, y lo consiguió. En marzo, el número de trabajadores con contrato temporal cayó por primera vez por debajo del 12%. Además, la gente vive cada vez más tiempo en el mismo sitio, o al menos conserva la misma casa. En 2024 la media era de 17. 7 años, un máximo histórico, según el Anuario de Estadísticas Inmobiliarias. Por último, el tamaño de las empresas en España está aumentando: a finales de 2024, las empresas con más de 250 trabajadores empleaban al 43% de los asalariados, cinco puntos más que hace una década. Hitos laborales. Tampoco es cierto que el número de autónomos haya crecido respecto al de asalariados. Según un estudio de Máximo Camacho y Ana Rodribez- Santiago, publicado este año en Papeles de Economía Española, el número de autónomos en España no ha dejado de disminuir desde 1979. No sólo son hoy una proporción menor del total de ocupados, sino que también han disminuido en términos absolutos. Sólo en épocas de recesión -cuando el empleo asalariado se contrae y el autoempleo se convierte en refugio- el número de autónomos tiende a repuntar, dejando una estela cíclica en clara tendencia descendente. En resumen, la evolución del mercado de trabajo no va tan lejos como a priori podrían parecer las condiciones para una clase obrera unida. La gente sigue permaneciendo un tiempo similar en su empleo y en su barrio, y las empresas no son más pequeñas que hace unos años. El número de empleados no ha disminuido. Todos ellos factores determinantes para que la clase trabajadora mantenga esa «experiencia compartida» que la cohesiona. ¿Qué ha cambiado, pues? Lo primero es el teletrabajo. En España, cerca del 15% de los trabajadores trabajan desde casa, según Eurostat. Una cifra que, de hecho, no alcanza la media europea del 22. 6%. Para comprender la magnitud de este cambio, basta recordar que en 1992 sólo entre el 1% y el 2% de la población activa trabajaba a distancia. «Productores fordistas» se han convertido, por así decirlo, en las palabras del filósofo Paul B. Preciado, «productores posdomésticos»: el trabajador tiene ahora la fábrica en casa. Y eso limita profundamente el tipo de interacción que mantiene con sus colegas. Otra cosa que ha cambiado es la composición de la mano de obra. Las mujeres se han incorporado masivamente al trabajo. El año pasado alcanzaron por primera vez los 10 millones de trabajadoras. Desde 2007, el número de personas empleadas ha aumentado en dos millones, mientras que el de hombres sigue siendo prácticamente el mismo. Durante el franquismo, las mujeres no podían trabajar sin permiso del marido. En 1978 se celebró la primera manifestación el 8 de marzo, Día de la Mujer. Exigieron entonces un salario igual al de los hombres, el acceso a todas las categorías profesionales y el fin de la discriminación en el empleo. Estas reivindicaciones, por pura lógica, difieren de las del sector masculino y contribuyen a que el discurso de la clase obrera sea hoy más heterogéneo. Miles de trabajadoras se reúnen en una manifestación en Madrid el 1 de mayo de 1978. Alex Bowie (GETTY IMAGES). Lo mismo ocurre con la llegada de mano de obra inmigrante. Según la Seguridad Social, en España hay tres millones de trabajadores con nacionalidad extranjera -a los que habría que sumar los que, nacidos fuera, ya han obtenido la nacionalidad española-. Representan el 14% del total de ocupados, aunque su peso es mucho mayor en determinados sectores: 42% en el empleo doméstico, 35% en la agricultura, 30% en la hostelería y 22% en la construcción. Tienen, como las mujeres, intereses laborales específicos. Y al no tener plenos derechos de ciudadanía, señala Martínez, tienen menos posibilidades de convertirse en posibles «sujetos políticos de la revolución», a pesar de ser explotados. Otro de los cambios dentro del mercado laboral tiene que ver con la edad. Siempre ha habido jóvenes y mayores trabajando, con intereses naturalmente diferentes. Lo que ha cambiado es el ritmo del relevo. El origen del conflicto generacional tiene que ver con la ralentización del crecimiento. España experimentó un salto económico extraordinario entre 1960 y 2005: entre 1985 y 2005, el PIB per cápita aumentó un 70%; desde 2005, sólo un 11%. En una economía mucho más lenta, las oportunidades son más difíciles de compartir y el relevo entre generaciones se convierte en una fuente de fricciones. De hecho, según Sordo, una de las últimas grandes concentraciones protagonizadas por un grupo homogéneo de la sociedad fue la protagonizada por los pensionistas en 2018, cuando se movilizaron en masa para protestar por la «insuficiente» subida del 0, 2% de sus pensiones. «Aunque hay mucha diversidad de ingresos entre los pensionistas, todos parecen depender de una pensión que alguien les corta. El grupo reacciona ante las ideologías de forma masiva y transversal. Según el secretario general de CC OO, fue un asalto a un cuerpo que mantiene elementos de homogeneidad. Una cuestión cultural. Para comprender plenamente la descomposición de la clase obrera, también hay que analizar los cambios sociales y culturales. Por ejemplo, la consolidación de una ideología individualista, que sustituye al compañerismo obrero. El dogma económico dominante desde los años 80 hace hincapié en la iniciativa privada y la responsabilidad individual. En Internet proliferan los gurús del esfuerzo individual y los youtubers ultra liberales. Según Castro, el lado femenino también está influido por una cultura individualista. «Hoy hay muchas mujeres cuya mejor amiga es su psicóloga. Hacen terapia basada en la superación personal permanente, es una forma de querer controlar tu vida». Esta tendencia explica también la baja natalidad y la proliferación de hijos únicos: los nacimientos cayeron un 25% en España en la última década, según el INE. Además, el porcentaje de personas que viven solas es del 28%, un 20% más que una década antes. O la epidemia de soledad no deseada: un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revela que el 25% de las personas mayores en Europa están solas, pero no quieren estarlo. Nacho Fernández, publicista de 28 años, cree que una de las razones por las que la gente no se dedica a defender sus intereses de clase es porque siempre intenta pertenecer a una clase superior. «Siempre hay algo a lo que aspirar». Añade que mucha gente confunde su clase social. «Yo, por ejemplo, no me considero de clase trabajadora, aunque sé que la única forma de comprarme una casa es que uno de mis padres fracase. Hay una parte de mí que se pregunta por qué voy a perder el tiempo defendiendo los intereses de una clase en la que no creo ni quiero pertenecer». «Mucha gente tiene las condiciones de vida de la clase obrera, pero no se percibe como parte de ella», incide el economista Esteban Hernández, autor de El rencor de la clase media alta y el fin de una era (Akal, 2024). Según el experto, muchos jóvenes proceden de una clase social alta y no son realmente conscientes de su empobrecimiento. «Es cierto que no pasan hambre y disfrutan de ciertas comodidades de la vida moderna, pero ya no se les puede permitir vivir en una gran ciudad». Un desarraigo de clase que también afecta a la clase alta. «Las clases medias-altas viven muy bien, tienen dinero, pero están lejos de los superricos. Los verdaderos ricos están en otra esfera y hacen que no se sientan de clase alta». Para Mario Ríos, analista político y profesor asociado de la Universidad de Girona, la fragmentación de la clase trabajadora se explica por el fracaso de las instituciones capaces de aglutinarla. «Ya no estamos en la época de los grandes partidos políticos, sindicatos y medios de comunicación. Si tres de las grandes instituciones que difunden y generan conciencia de clase están fallando, es muy difícil que esta batalla política tenga lugar». La última medición del CIS refleja que la desconfianza de los ciudadanos hacia los sindicatos sólo se supera con la que tienen hacia los partidos políticos. Además, sólo uno de cada tres españoles confía en las noticias, según el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo. Inmigrantes sin papeles esperando un trabajo precario en Palma, en noviembre de 2025. CATI CLADERA (EFE). Desde un punto de vista sociológico, otro aspecto que se suele destacar a la hora de identificar las causas del declive de la clase trabajadora es que el trabajo ha dejado de ser el elemento principal sobre el que construimos nuestra identidad. «La conciencia de clase ha perdido centralidad como elemento constitutivo de nuestra identidad», afirma Pérez. «La influencia de las condiciones materiales sigue siendo importante, pero no es la única. Las sociedades también valoran, a la hora de definir sus sentimientos de pertenencia, factores culturales, históricos, ideológicos, religiosos o geográficos». Jesús Rodríguez Rojo, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pablo de Olavide, va un paso más allá y afirma que hoy la gente se define «más por lo que consume que por su trabajo». Es decir, muchas personas se agrupan no por afinidad laboral, sino en función de si escuchan K-Pop o indie, si ven Operación Triunfo o series de la HBO, si son fans de Marvel o prefieren viajar por el mundo haciendo submarinismo. Según el experto, hemos pasado de la «ética del trabajo a la estética del consumo»: lo que compras, cómo vives, lo que aspiras a tener sustituye a los vínculos de clase. Este análisis coincide con el que el filósofo Maurizio Ferraris desarrolla en su libro Documanidad (Alianza, 2023), en el que defiende que, pese a lo que históricamente se ha sostenido, el ser humano no es un homo faker -el animal que fabrica- sino homo consumens. La actividad de consumir, como dice el filósofo, es lo único que puede hacer un hombre y no una máquina. Con la llegada de la inteligencia artificial, que pronto será capaz de realizar casi cualquier actividad más rápido y mejor que los seres humanos, la única tarea de las personas será consumir. «A los humanos sólo nos queda generar documentos sobre quiénes somos, qué queremos o no queremos, qué sabemos o creemos saber». La división de las personas. El resultado de estos cambios culturales sumados a los cambios en el sistema productivo es un bloque popular dividido en varios intereses. «Aunque es el mismo sujeto, la identidad movilizada es otra», resume el teórico marxista Álvaro García Linera en su libro «Cuidado del alma del pueblo» (Bellaterra, 2025). Lo que ocurre es que muchas veces el bloque popular no sólo está dividido sino, según José Saturnino Martínez, también enfrentado. «Ha habido una izquierda que, en lugar de integrar las distintas identidades como conciencia de trabajo, las ha trabajado por separado, enfrentadas. Y este enfrentamiento se aprovecha del populismo de derechas». Tres de cada cuatro españoles asocian la inmigración con algún concepto negativo, como la sobrecarga de servicios y recursos públicos. Es habitual escuchar a personas nacidas en España, de la clase trabajadora tradicional, señalar a los inmigrantes -de una clase social aún más baja- como los culpables de su situación económica. «Si lo planteas como un debate identitario de oposición, te gana el fascismo porque van a una identidad mayor, la nacional», dice Martínez. Otro ejemplo reciente: el libro «La vida canyon» (Temas de Hoy, 2025), de la periodista Analía Plaza, abrió un debate que enfrentó a los jóvenes con la generación de sus padres, denunciando la asimetría de oportunidades entre unos y otros. Karl Marx, en una carta que escribió en 1870 a Sigfrid Meyer y August Vogt, ya lamentaba la división de la clase obrera en dos bandos hostiles: los proletarios ingleses y los proletarios irlandeses. «El obrero inglés común odia al obrero irlandés, porque lo ve como un competidor responsable de la disminución de su nivel de vida. (. . . ) Ve en el obrero inglés al cómplice y al instrumento del dominio de Inglaterra sobre Irlanda». Al mismo tiempo, señala que los culpables de esta división son: «La prensa, los sermones anglicanos, los periódicos satíricos, en fin, todos los medios a disposición de las clases dominantes». Unai Sordo advierte del peligro de estos debates, que amenazan los derechos ya adquiridos. Pone el ejemplo de cuando se aseguró que el problema de acceso al empleo de los jóvenes era que los mayores estaban «ultraprotegidos». «Fue el caballo de Troya utilizado para empeorar las condiciones de empleo. Se promovían planes de empleo juvenil que, en el fondo, suponían el dumping laboral de los jóvenes: la mano de obra más barata que se utilizaba para rebajar el nivel del conjunto. Y así se evitaba plantear la verdadera discusión: cómo incorporar a los menos favorecidos, en este caso los jóvenes, a la plenitud de derechos». José Saturnino Martínez advierte de la urgencia de lograr «una lógica que devuelva la unidad a la clase trabajadora». «El hecho de ser asalariado sigue generando malestar, pero en vez de en forma de conciencia de clase se expresa de otras maneras, que es lo que aprovecha la derecha». Esteban Hernández defiende que entender a qué grupo social se pertenece -quiénes son tus iguales y quiénes tus adversarios- sigue siendo una de las claves para que la clase trabajadora mejore sus condiciones de vida. «Es fundamental volver a hablar de clases. Aunque no te identifiques con ella, la posición de clase te sigue marcando oportunidades vitales». La dramaturga Nayarit Fuentes sostiene que una de las claves para reconstruir la conciencia de clase es convencerse de que la lucha colectiva acaba funcionando. Pone de ejemplo a los vecinos de Cerro Belmonte, el barrio madrileño que proclamó su independencia tras ser expropiado por el Ayuntamiento y al que han dedicado una obra que se estrenará este año. Perdieron en gran parte porque destruyeron sus casas, y la zona es ahora muy alta. «A pesar de eso, ganaron. La prueba es que 20 años después todavía hay gente que se acuerda de ellos. Son la prueba de que la lucha colectiva sirve para algo».

 

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