En los primeros dos mil, el cine de terror francés se ganó un nombre propio. «Nouvelle extrémité française»: así se acordó llamar a la corriente a la que pertenecían películas como *La Horda* (2009), *Al interior* (2007), *Calvary* (2004), Frontera(s) (2007), Alta tensión (2003) y la joya de la corona, Martyrs (2008). Por una vez, había surgido en Europa una corriente que, además de ofrecer una contrapartida autoritaria al cine comercial anglosajón, se atrevía a subir la apuesta al servir al público, ávido de café, una taza y media. Bajo los efectos de la ola expansiva de las locuras vanguardistas de Gaspar Noé, Francia nos bombardeó con películas en las que la sangre era más real que nunca, la violencia y la crueldad parecían recién salidas de un laboratorio y competían entre sí por conseguir la clasificación X en el menor tiempo posible. Curiosamente, el fenómeno se diluyó pronto y rápidamente. La mayoría de los autores que protagonizaron esta ola hicieron un pacto con Hollywood y su producción posterior se conformó con alcanzar la fuerza de la vida.
La última entrega de «Infernal Possession» no solo apela a la nostalgia y hace un guiño al pasado, sino que también dota a la saga de una creatividad formal a años luz por encima de la media.
En los primeros dos mil, el cine de terror francés se ganó un nombre propio. «Nouvelle extrémité française»: así se acordó llamar a la corriente a la que pertenecían películas como *La Horda* (2009), *Al interior* (2007), *Calvary* (2004), Frontera(s) (2007), Alta tensión (2003) y la joya de la corona, Martyrs (2008). Por una vez, había surgido en Europa una corriente que, además de ofrecer una contrapartida autoritaria al cine comercial anglosajón, se atrevía a subir la apuesta al servir al público, ávido de café, una taza y media. Bajo los efectos de la ola expansiva de las locuras vanguardistas de Gaspar Noé, Francia nos bombardeó con películas en las que la sangre era más real que nunca, la violencia y la crueldad parecían recién salidas de un laboratorio y competían entre sí por conseguir la clasificación X en el menor tiempo posible. Curiosamente, el fenómeno se diluyó pronto y rápidamente. La mayoría de los autores que protagonizaron esta ola hicieron un pacto con Hollywood y su producción posterior se conformó con alcanzar la fuerza de la vida. Quién me iba a decir que Posesión Infernal: En llamas, dirigida por Sébastien Vacinek, fuera tan, pero tan francesa, y que la fiesta que resucita en sus entrañas fuera aquella de hace 20 años. Ser escogido por Bruce Campbell, Robert Tapert y Sam Raimi para darle vuelta y vuelta a su legado debería ser una tarea fácil, hablamos de una serie de películas en las que todo vale. Pero el presente, del que somos culpables todos, exige que hasta el divertimento más bruto exhiba temas, personajes con dilemas y hondura dramática, aunque sea de mentiras. Peor todavía, se le exige a toda película heredera de un imperio que sea generosa con los guiños al pasado y todas esos sonajeros de la nostalgia que generan confort y sentimiento de comunidad entre los espectadores de garrafón. Posesión Infernal: En llamas no sólo resuelve esas dos papeletas con una inteligencia a la que no estamos acostumbrados, es que además Vacinek añade lo que nadie exige hoy, y es el auténtico corazón de la saga: una creatividad formal a años luz por encima de la media.Después de Backrooms y Obsesión, con Robert Eggers y Zach Cregger a la vuelta de la esquina y el ojo puesto en Carlota Pereda, ¿estamos viviendo una edad de oro? Las películas de 100 millones de presupuesto rodadas contra una pantalla verde están perdiendo relevancia y, por primera vez en demasiados años, el público está celebrando la originalidad, la personalidad y la capacidad de sorpresa de un cine sin estrellas ni reclamos baratos. Como sucedió en los 70 y 90 con el cine negro. ¿Nos creemos que estamos ante un fenómeno o hay que esperar a que alguien le ponga nombre franchute?
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