En sentido estricto, una película sólo es un remake (o, por tener en cuenta a la RAE, nueva versión) cuando es mala, es decir, cuando nada tiene que aportar o decir del original más allá del cambio de actores, de decorados y de colores. Mi querida señora (2026) no es tanto remake de la película (ya obra maestra) de José Luis Borau de 1972 como actualización, ampliación o, apurando, separación. Y, a pesar de su ligera proclividad por la sobreexigencia, muy brillante. Diríase que la motivación y el sentido de la nueva adaptación firmada por Fernando González Molina según el guión de Alana S. Portero, que reescribe el original de Boreu y el propio Jaime de Armiñán, se acerca al esfuerzo no tanto por corregir -que un poco también- como por hacer justicia y, si es preciso, ampliar el significado. Por lo demás, la intersexualidad, que en la película original era casi invisibilizada o utilizada simplemente como metáfora de un inminente cambio político en una dictadura que se resistía, es ahora protagonista y, a su manera, también metáfora de otra revolución por venir: la del derrumbe de un heteropatriarcado, masculino, violento y cercano que también se niega a desaparecer. Dictadura por dictadura. Y como bandera de este cambio, la actriz, ella misma intersexual, Elisabeth Martínez. . Seguir leyendo
Retomando la mítica película de José Luis Borau de 1972, la directora, Alana S. Portero y Elisabeth Martnez, para resucitar el sentido y la profundidad de una revolución que llegaría a acabar con todas las dictaduras.
En sentido estricto, una película sólo es un remake (o, por tener en cuenta a la RAE, nueva versión) cuando es mala, es decir, cuando nada tiene que aportar o decir del original más allá del cambio de actores, de decorados y de colores. Mi querida señora (2026) no es tanto remake de la película (ya obra maestra) de José Luis Borau de 1972 como actualización, ampliación o, apurando, separación. Y, a pesar de su ligera proclividad por la sobreexigencia, muy brillante. Diríase que la motivación y el sentido de la nueva adaptación firmada por Fernando González Molina según el guión de Alana S. Portero, que reescribe el original de Boreu y el propio Jaime de Armiñán, se acerca al esfuerzo no tanto por corregir -que un poco también- como por hacer justicia y, si es preciso, ampliar el significado. Por lo demás, la intersexualidad, que en la película original era casi invisibilizada o utilizada simplemente como metáfora de un inminente cambio político en una dictadura que se resistía, es ahora protagonista y, a su manera, también metáfora de otra revolución por venir: la del derrumbe de un heteropatriarcado, masculino, violento y cercano que también se niega a desaparecer. Dictadura por dictadura. Y como bandera de este cambio, la actriz, ella misma intersexual, Elisabeth Martínez. . Como reconoce el director, la película, presentada recientemente en el Festival de Málaga, surge de repente «en un momento en el que el elogio de lo diferente, de lo distinto, se convierte en algo revolucionario y significativo». El argumento que la justifica es ése y, radicalmente, su protagonista. El hecho de que ella misma sea, como se ha dicho, intersexual (i. e. El hecho de que ella misma sea, como se ha dicho, intersexual (es decir, una mujer joven nacida con características sexuales biológicas que no encajan en las típicas definiciones binarias de hombre o mujer) no se debe a un exceso de celo por evitar acusaciones de apropiación. La nueva Mi querida señora quería y eligió a una actriz intersexual por varias razones: por desvelar una realidad siempre oculta, por discutir en su radicalidad el concepto mismo de género y por simple decoración o buena educación. La actriz intersexual Elizabeth Martin, protagonista de ‘ Mi querida señorita’. EUROPA PRESS. No habría tenido sentido en ningún otro caso. La idea era hacer una película profundamente no binaria cuyo sentido último es mostrar que cada uno debe poder decidir libremente lo que es sin impedir que, pasado el tiempo, pueda elegir lo contrario. Un actor o una actriz suplantando a una persona intersexual como lo hizo en su momento José Luis Vázquez (y al que, por cierto, doblaron) lo hubiera cambiado todo. Lo que hizo Borau tenía sentido y era heroico en su contexto y en su época, ahora sería imposible», dijo el director. Elizabeth Martínez tiene razón. Lo hace por sí mismo como protagonista y por lo que es. «Somos personas», dice Martínez, «que podemos vivir una vida feliz sin que nadie sepa nada de nuestra condición. Nadie sabrá nunca nada si no cuentas esto a nadie y tomas estas pastillas, te lo dicen los propios médicos. Pausa. «Constantemente me preguntan qué se siente al ser la primera actriz intersexual protagonista y, sinceramente, no creo que sea así, simplemente las que vinieron antes no lo dijeron». Elizabeth dice, para muchos de los que la conocen, Mi querida señora va a significar una especia de salida del armario. Ella misma hace sólo dos años contactó con una asociación para dar con cobijo, explicación, fuerza y respuesta a muchas de sus dudas. Aunque reconoce que ha vivido toda su vida a los 26 años, y que ha compartido algunas de sus experiencias, algunas de ellas cercanas al acoso, con su personaje. «Solía decir que nunca aspiré a ser la más guapa y eso es porque en el instituto me dejaron muy claro que no era de las más guapas. Pero lo mismo que he vivido yo lo han vivido amigas. Tiene que ver más con la presión sobre cómo tenemos que ser las mujeres en general que con otra cosa». Y es en esta última frase donde, a su manera, muestra la intención y el propósito de la película de González de Molina. «Las personas intersexuales son las personas que pasan por la raya. En cierto modo, somos nosotros los que exponemos algo obvio que niega el patrón heteronormativo que dice esto es un hombre y esto, una mujer sin el menor amago de duda. Nadie pertenece realmente a esos extremos. Habrá tres personas que nunca hayan dudado. Pero todo el mundo tiene dudas sobre su cuerpo, todo el mundo duda de si sus genitales son como deberían ser», confiesa Elisabeth como manifiesto. El director Fernando González Molina posa con Los Javis, productores de ‘ Mi querida señorita’, en el Festival de Málaga. EFE. Digamos que la nueva lectura (que no remake) se hace fuerte en esa duda que, de alguna manera, es heredera directa del impulso revolucionario y creativo que anima la cinta original. La nueva Mi querida señora vive y se alimenta de la posibilidad, que también es un derecho, de no tener las cosas claras y, dos pasos más allá, de trasladar las ansias de libertad individual de la protagonista a todos sin excepción: intersexuales, monosexuales, bisexuales, políticos furibundos, RAE (o RAO, por aquello de no ofender), mediopensionistas frenéticos, aprendices de wokista o, en su caso, antidespiertos de nuevo cuño, rojos, rojillos y morenos a secas. Todos sin excepción. . Puede que sea el excesivo rigor en las explicaciones lo que, en gran parte, vence a una película que, como argumento propio, exigía más libertad, menos esquematismo, nada de ese didactismo que, a veces, entorpece la visión y la narración. El personaje del cura gay que interpreta Paco León no sólo es excesivo, sino que es lo irrelevante, lo irreal puro. Pero toda esa tendencia al exceso se compensa con una visceralidad, claridad y emoción tan crudas como sencillamente bellas. Al final, el riesgo y la voluntad de, con respeto y hasta devoción, releer a los clásicos sin caer, ya se ha dicho, en la imposición del remake, de releer la cinta de Boreu desde sus fracturas, porque es desde ahí, desde cada una de sus grietas, desde donde se ve la luz, la luz del futuro. Así es.
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