El primer mundo ha entrado en una fase de cronicización de un estado depresivo y alienante que erosiona los niveles de motivación de los estratos más amplios de la sociedad: la idea de la felicidad como objetivo supremo de la vida (la conjunción del equilibrio espiritual con las aspiraciones materiales y de estatus) ha pasado a percibirse como una mentira vulgar que tanto el sistema económico como las instituciones políticas utilizan para distraer a los sujetos de un pensamiento angustioso: el sufrimiento persiste y soportarlo es una moneda existencial ineludible y sin referencia. Esta caída del velo de la «buena ignorancia» supone un riesgo para la disciplina de los ciudadanos, tanto en su dedicación al trabajo como en su disposición al consumo, pero también un factor que impide albergar la esperanza de que el futuro traiga una vida mejor y fomente el deseo de contribuir a la innovación social y a la solidaridad con un flujo de energía libidinal sostenible. Seguir leyendo
La incertidumbre ya no es algo que aparece y desaparece, sino que se ha convertido en un factor estructural
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El primer mundo ha entrado en una fase de cronificación de un estado depresivo y alienante que reduce los niveles de motivación de los estratos más amplios de la sociedad: el concepto de la felicidad como objetivo último de la vida (la conjunción del equilibrio espiritual con las aspiraciones materiales y de estatus) ha pasado a considerarse una mentira vulgar que el sistema económico y las instituciones políticas utilizan para distraer a los sujetos de un pensamiento inquietante: el sufrimiento persiste y perdura; es una moneda existencial ineludible y sin referencia Esta caída del velo de la «buena ignorancia» supone un riesgo para la disciplina de los ciudadanos, tanto en su dedicación al trabajo como en su disposición al consumo, pero también un factor que obstaculiza el cultivo de la esperanza de que el futuro traiga una vida mejor y fomenta el deseo de contribuir a la innovación social y a la solidaridad con un flujo sostenible de energía libidinal. Este diagnóstico se basa en dos elementos de referencia. El primero es cuantitativo y se basa en un prestigioso informe de la Universidad de Míchigan que analiza el índice de confianza de los consumidores estadounidenses. Tras ocho décadas de mediciones, el pasado mes de mayo se registró el índice más bajo desde 1952. Las familias estadounidenses con bajos ingresos están preocupadas, pero también las de altos ingresos. Los estudiantes y los jubilados se muestran pesimistas. Los votantes rurales y urbanos están insatisfechos. La gente está preocupada por el presente y el futuro, tanto por su propia situación como por la de sus vecinos. Entre los votantes demócratas, el 94 % califica la economía como mala, una visión negativa que coincide con la percepción del 55 % de los votantes republicanos. Por lo tanto, la sociedad parece estar expresando uno de los niveles más profundos de pesimismo económico jamás registrados, a pesar de que prácticamente todos los ciudadanos que quieren trabajar encuentran empleo y el mercado bursátil está al alza. En términos estadísticos, y a pesar de la crisis inflacionista, la renta real disponible de los estadounidenses se encuentra en máximos históricos y la desigualdad se ha reducido tras un largo período en el que los ingresos de los trabajadores con salarios más bajos crecieron más rápido que los de los más ricos. Entonces, ¿por qué la gente ha dejado de creer que la economía pueda ir bien e incluso ha perdido la voluntad racional de admitirlo cuando realmente va bien? Este sentimiento oscurantista podría resultar más difícil de resolver que una recesión real y podría causar un daño irreparable a la legitimidad democrática. En este sentido, la analista económica Annie Lowrey, experta en políticas de renta básica universal y autora del libro «Give People Money». Cómo una Renta Básica Universal Acabaría con la Pobreza, Revolucionaría el Trabajo y Transformaría el Mundo, ha codificado esta tendencia fatalista como una evolución del ciclo de la «vibración» (vibedecisión) hacia la «permacesión» (permacession). El primero se explica por el hecho de que la confianza en el funcionamiento de la economía y en las oportunidades de ascenso social queda condicionada por vibraciones efímeras o sensaciones temporales (dependientes de la casualidad de los acontecimientos y limitadas por el nihilismo moral imperante) que transforman el rostro con el que sonríes o condenas el destino. Ahora bien, en opinión de Lowrey, estaría entrando en su evolución más radical: la vibración, como síntoma de incertidumbre, deja de ser algo que aparece y desaparece para convertirse en un factor estructural. El otro elemento que explicaría el arraigo de esta desconfianza en la conciencia colectiva de los estadounidenses tiene que ver con un proceso cognitivo que los psicólogos Martin Seligman y Steven Maier denominaron en la década de 1970 como el mecanismo de la indefensión aprendida. Esto surge cuando una persona o un colectivo aprende que no existe relación entre lo que hace y lo que ocurre después, por lo que acaba por dejar de actuar con un sentido de aspiración en situaciones laborales y de la vida personal, incluso cuando posteriormente tiene oportunidades reales de cambiar su situación. En otras palabras, cuando pasamos repetidamente por experiencias desagradables, injustas o traumáticas que no podemos controlar ni anticipar, acabaremos descubriendo que nuestras acciones no influyen en los resultados. Como resultado, cuando surgen oportunidades reales de cambiar una situación, tenderemos a dejarlas escapar. De alguna manera, el sujeto llega a la conclusión de que su sufrimiento debe ser algo habitual. En el contexto de la comunicación política contemporánea, esta formulación ofrecería una explicación de cómo la polarización emocional y la manipulación de datos conducen a un declive de la creencia de que cada uno tiene la capacidad de modificar su entorno y de que la voluntad del individuo es más fácilmente sustituida por la voluntad del otro. Si durante años los discursos que se escuchan presentan una imagen distorsionada en la que todo sale mal y el sistema está amañado por un «Estado profundo» y la corrupción empresarial, es lógico que las personas acaben interiorizando la idea de que el esfuerzo no tiene recompensa. Cuando esta percepción se consolida, la pasividad sustituye a la iniciativa y la motivación para perseguir objetivos a largo plazo se atrofia, lo que precipita la autoevaluación y la rendición ante un destino del que no se es dueño, sino esclavo. Lo que se respira en el entorno social es una forma de entender la vida en la que el mal nunca desaparece, lo que alimenta una fantasía de carácter paranoico: las masas no solo creen en una crisis económica y de valores, incluso cuando los datos objetivos la contradicen, sino que además son incapaces de percibir que las cosas mejoran o de admitir que el futuro no tiene por qué empeorar necesariamente. En el trasfondo se encuentra un nuevo ethos psiquiátrico con dos aspectos interrelacionados. Para empezar, como advierte el filósofo Éric Sadin en *El desierto de nosotros mismos. El giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial* (2025), el desinterés por la ciudadanía hace que muchas personas se acostumbren a aceptar narrativas solo cuando coinciden con sus propios puntos de vista. Por ejemplo, cuando se producen deepfakes, los hechos imaginarios adquieren de facto un halo de verosimilitud, es decir, una parte de la sociedad los asume mentalmente como verdaderos aunque sepa que son artificiales, dando por válido el lema de que decirlo es lo mismo que hacerlo: basta con saber comunicar la verdad de algo para que sea verdad, aunque no haya pruebas ni hechos reales que lo desmientan. Esta desviación psíquica representa una respuesta al sufrimiento existencial. El otro aspecto que requiere la máxima atención es comprobar si las mejoras económicas objetivas conservan su capacidad para cambiar el estado de ánimo de las diferentes clases sociales. Si los hipotéticos avances dejaran de tener impacto en el yo colectivo, el vínculo entre las buenas políticas y la valoración que hace el ciudadano de la democracia y sus instituciones dejaría de funcionar y solo estaría relacionado con la ira y un liderazgo divisivo. Los avances en la reducción de la pobreza, los accidentes de tráfico y el terrorismo, así como los descubrimientos científicos para curar enfermedades y prolongar la vida, no logran despertar entusiasmo en las sociedades avanzadas. Por lo tanto, reflexionar sobre la estupidez de nuestra época es una obligación filosófica, política y moral. Sadin esboza la metáfora de un mundo que ha dejado de ser una entidad de proporciones continentales para fragmentarse en una infinidad de islotes con personas convencidas de poseer la verdad y llenas de ira. Pero la solución no puede pasar por un exilio y la búsqueda de una orilla donde empezar de nuevo (tal y como se refleja en el mensaje antipolítico de la película «La odisea», de Christopher Nolan), sino más bien por atreverse a luchar desde los cimientos de la ciudad destruida. Alberto González Pascual es profesor asociado de la URJC, Esade y EOI, y director de cultura, desarrollo y gestión del talento de Prisa Media.
