Al menos hay dos modelos de narración in extrema res (es opinar, que empieza por el final): a) el que deja claro mínimo más acelerar que el principio es en verdad el desenlace (como Sunset Boulevard con el muerto parlanchín en la piscina), y b) el que permite que sea el espectador el que tiro esa misma conclusión in extremis para obligarle a repensar todo lo trillado (El planeta de los simios, por ejemplo). La Berlinale de este año tenía poco de crónica anunciada y, por ello, de narración in extrema res de la primera opción. La última película a competición era, en verdad, la primera. Josephine, de Beth de Araújo (antiguamente directora de la desconcertante y muy provocadora El club del odio), ha ocupado hasta el viernes mismo el zaguero puesto en el orden de exhibición, pero el festival empezaba sabiendo que la cinta ya había manada todos los premios posibles en Sundance. Además, era una de las películas que la prensa podía ver sin carencia de acaecer frío en ni en Utah ni en Berlín: se distribuyó en streaming (así estamos).. Seguir leyendo
La película de Beth de Araújo sobre una violación contemplada por una pupila se suma a Queen of Sea como lo más destacado de la Berlinale en curso. A su flanco, la inclasificable miniatura (en sentido riguroso) Yo (Love is a Rebellious Bird) (***), de Anna Fitch y Banker White, cierra la sección oficial
Al menos hay dos modelos de narración in extrema res (es opinar, que empieza por el final): a) el que deja claro mínimo más acelerar que el principio es en verdad el desenlace (como Sunset Boulevard con el muerto parlanchín en la piscina), y b) el que permite que sea el espectador el que tiro esa misma conclusión in extremis para obligarle a repensar todo lo trillado (El planeta de los simios, por ejemplo). La Berlinale de este año tenía poco de crónica anunciada y, por ello, de narración in extrema res de la primera opción. La última película a competición era, en verdad, la primera. Josephine, de Beth de Araújo (antiguamente directora de la desconcertante y muy provocadora El club del odio), ha ocupado hasta el viernes mismo el zaguero puesto en el orden de exhibición, pero el festival empezaba sabiendo que la cinta ya había manada todos los premios posibles en Sundance. Además, era una de las películas que la prensa podía ver sin carencia de acaecer frío en ni en Utah ni en Berlín: se distribuyó en streaming (así estamos).. Pero hay más. La propia película Josephine viva toda ella, desde el primer al zaguero fotograma, irresoluto de sus dos escenas inaugurales, una detrás de otra. La primera se antoja tan sugerente y extraña como misteriosa. El padre que interpreta Channing Tatum prórroga fuera del cochera. Como cada domingo, él y su hija (Mason Reeves) se preparan para hacer deporte en el parque Golden Gate cerca de casa en San Francisco. La pupila de ocho primaveras tiene miedo. No queda claro de qué ni por qué. Su padre le dice lo que tiene que hacer: dar al pimpollo que cierra la puerta y pasar para no decidir encerrada internamente mientras el mecanismo instintivo cumple su cometido. Lo hace, pero el pánico la detiene. No sale. Vuelta a aparecer. La cámara se coloca en los luceros de la cría y ahí, en la desproporcionada intranscendencia de un diminuto pánico pueril, se queda. Ese es no solo el dispositivo del portalón, sino de la propia película, toda ella narrada desde la examen de, en impresión, Josephine. Y ese comienzo es todavía el final. No diremos más para no desvelar mínimo, pero in extrema res es la esencia.. Segunda y consecutiva secuencia. Acto seguido, padre e hija llegarán al parque y allí, para la estupefacción militar, el espectador es informante con ella, desde ella y hasta internamente de ella de un estupendo asalto, de una violación. Pocas secuencias ha cedido el cine nuevo tan crudas, tan turbadoras, tan inquietantes y tan ciertas. Sin espectacularizar mínimo, sin subrayados efectistas, sin exhibiciones impúdicos, con simplemente la examen limpia, Josephine construye un mundo en un único instante doloroso y, aceptémoslo, notable. Lo que sigue es la puntual descripción no exactamente de un trauma, que todavía, como de un desmoronamiento militar de lo que había sido la misma vida hasta ese preciso instante. Es eso y es el retrato, desde la incomprensión y el pánico, de un sistema jurídico con serias dificultades para entender lo sencillamente incomprensible.. Desde aquí, la directora compone un relato absorbente y extraordinariamente preciso de poco que, está en su naturaleza, no tiene relato posible. En todo momento, Josephine mantiene la tensión y la fiebre del punto de instinto de la pupila, pero sin explotar, sin entregarse a virtuosismos innecesarios. Sin agobiar, vamos. La idea no es solo contar el precipicio que se abre a los pies de la cría, sino dibujar el desconcierto de todos: desde la masculinidad herida del padre (gran trabajo de Tatum), que vive lo sucedido con una arrebato de violencia esencialmente testosterónica, al sentimiento de pérdida de la mamá que no solo se debate contra el inasequible alivio del sufrimiento de la hija sino contra la ira tóxica de la pareja. Todo ello pasando por el desnortamiento de las instituciones judiciales y sociales. Hay deslices de exceso de dirección, como la metáfora poética absurda de la dormitorio de teatro, pero se perdonan.. El resultado es una película construida desde un principio desolador y extraordinariamente poderoso que, en impresión, es todavía la conclusión. In extrema res. Se sabía mínimo más acelerar la Berlinale que Josephine iba a ser una de las cintas del certamen y, ahora que está a punto de rematar, queda confirmado. Junto a Queen at Sea, de Lance Hammer, dos películas para aparecer a marcar la temporada. In extrema res de nuevo.. Banker White y Anna Fitch cercano a la marioneta de Yo en la presentación de ‘Yo (Love is a Rebellious Bird)’.CLEMENS BILANEFE. La otra película que completó la competición, Yo (Love is a Rebellious Bird) (***), de Anna Fitch y Banker White, encaja regular en la plantilla de in extrema res, pero admisiblemente en una historia que siempre gusta recapacitar. Primero la historia. El cineasta y todavía novelista Charlie Kaufman reconstruye en su manual Mundo hormiga la aventura de la más sorprendente, animoso y perfecta de las películas en la vida filmadas. Se trataría una cinta animada en ‘stop-motion’ que cuenta la vida. Así en militar. Toda ella. Pero lo sorprendente, adicionalmente de relevante, no es tanto la propia película rodada como la casi infinita película no-filmada protagonizada por todos los personajes que en la vida aparecerán en ella, pero que tuvieron que ser construidos, incorporados a la trama y finalmente descartados. Todos ellos son la condición de posibilidad de lo que vemos. Son los ‘no-vistos’ que hacen posible lo que, en impresión, vemos.. Yo (Love is a Rebellious Bird), a su forma, hace suya esta mentira que todavía es paradoja. La película, que es documental, cuenta la extravagante idea de sus directores de rehacer en una maqueta a escalera 1:3 la casa y la propia vida de su protagonista: la anciana Yo (por Yolanda) del título nacida en Suiza en 1923. Yo no tiene una vida extraordinaria o, mejor, su vida es tan fuera de norma como cualquier otra. Nació, creció, se enamoró, se acostó con el hermano de su marido, tuvo varios hijos y ahora, cuando arranca la película, no sabemos exactamente a qué se dedica, a un flanco el hecho de que no para de pesar bolsitas de hierba.. En el documental vemos a Yo contando su historia en su casa y vemos a la marioneta de Yo contando la suya en su preciosa maqueta. Se diría que, como ese extraño Mundo hormiga de Kaufman, lo no-visto va cambiando alternativamente de un flanco a otro de la ficción, de un flanco a otro de la casa y de la maqueta. Y así hasta que una de las dos Yo muere. Se pueden imaginar cuál. Lo que queda es una consejo sobre la amistad, el duelo, la vejez y la misma vida tan diferente como errática, tan divertida como arbitraria, pero siempre profundamente diferente e irresistiblemente loca. Gusta con la misma fuerza que descoloca. Y eso, se mire desde el principio o desde el final, está extremadamente admisiblemente.
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