«Soy el gay de la banda». Con estas palabras, el vocalista Rob Halford se presentó para, a continuación, agradecer la entrada de Judas Priest, su grupo y hasta su misma vida, en el Varhalla reservado a los guerreros inmortales del rock, es decir, el Hall of Fame. Y allí, en primera fila, Bruce Springsteen se rompía las manos para aplaudir en medio. Se demuestra una vez más que la mejor manera de bloquear un desprecio, un insulto, una broma o un agravio es comprar la patente. Y éste es sólo un ejemplo, el último de todos ya que aparece al final, con el que el documental recientemente presentado en la Berlinale The Ballad of Judas Priest deja claro que nadie se ríe tanto y de una forma tan consciente del heavy metal como los propios metaleros. Y Springsteen. De hecho, cada una de las gloriosas ocasiones de la ya mítica cinta de Rob Reiner This is Spinal Tap (desde el volumen al 11 hasta la facilidad de los baterías para ahogarse en el vómito propio y ajeno) son citadas, recordadas y celebradas en la película dirigida a cuatro manos por Sam Dunn y uno de los mayores fans de Judas Priest, a saber, el músico, activista y cofundador de Rage Against the Machine Tom Morello. «Qué placer poder hacer un documental de mi banda favorita, que me convirtió en lo que soy, y al mismo tiempo luchar contra el fascismo», dijo este último en la presentación por aquello de despejar dudas. Seguir leyendo
The Ballad of Judas Priest (* * *), de Sam Dunn y Tom Morello, completa un recorrido por la banda que no descubre nada, sino lo que hace con cariño, respeto y devoción al mito
«Soy el gay de la banda». Con estas palabras, el vocalista Rob Halford se presentaba para, a continuación, agradecer la entrada de Judas Priest, su grupo y hasta su misma vida, en el Varhalla reservado a los guerreros inmortales del rock, es decir, el Hall of Fame. Y allí, en primera fila, Bruce Springsteen se rompía las manos para aplaudir en medio. Se demuestra una vez más que la mejor manera de bloquear un desprecio, un insulto, una broma o un agravio es comprar la patente. Y este es sólo un ejemplo, el último de todos ya que aparece al final, con el que el documental recientemente presentado en la Berlinale The Ballad of Judas Priest deja claro que nadie se ríe tanto y de una forma tan consciente del heavy metal como los propios metaleros. Y Springsteen. De hecho, cada una de las gloriosas ocasiones de la ya mítica cinta de Rob Reiner This is Spinal Tap (desde el volumen al 11 hasta la facilidad de los baterías para ahogarse en el vómito propio y ajeno) son citadas, recordadas y celebradas en la película dirigida a cuatro manos por Sam Dunn y uno de los mayores fans de Judas Priest, a saber, el músico, activista y cofundador de Rage Against the Machine Tom Morello. «Qué placer poder hacer un documental de mi banda favorita, que me convirtió en lo que soy, y al mismo tiempo luchar contra el fascismo», dijo este último en la presentación por aquello de despejar dudas. Pero, evidentemente, no se trata de una comedia, ni de una metacomedia, ni de una contracomedia. Eso puede ser todo por añadidura, pero no es la fuerza ni el propósito de La balada de Judas Priest. La cinta es ante todo equilibrio y acto de justicia. Es extremadamente personal y, como dice Morello, esencialmente político. En el relato de uno de los grupos más influyentes, míticos y fundamentales -y por tanto parodiados- de la historia del rock, más que un homenaje es un ejercicio de humildad. La película repasa su vida con todas y cada una de sus crisis: desde los tormentos, adicciones y paseos al borde del abismo de Halford hasta su posterior y ya célebre salida del armario, sin olvidar hechos más luctuosos como el Parkinson de su guitarrista Glenn Tipton o el surrealista juicio (también político) en el que se acusó a la banda inductora a través del lenguaje subliminal de sus cartas del suicidio en 1989 de dos jóvenes en Sparks, Nevada. The Ballad of Judas Priest es un resumen, una toma de conciencia y un glorioso disparate. Todo a la vez. . No en el cubo, uno de sus directores, Dunn, lleva toda una vida entregada a la reivindicación de lo que durante mucho tiempo despreció. Su película Metal: A Headbanger’s Journey (2005) fue pionera en enseñar a los no iniciados que detrás de la decoración de chupitos, tachuelas y loas a Satán había y no sólo una comunidad de gente entregada a la causa (da lo mismo) sino el corazón mismo de una revuelta siempre pendiente. No olvides que Judas Priest nació martirizado por el humo y la explotación del Black Country. No lo olvides, el tema Breaking the Law era un himno contra el thatcherismo. El cineasta se ha dedicado a hacer un recorrido ilustrado y exhaustivo por bandas como Rush, Iron Maiden, Alice Cooper y ahora Judas Priest. «En nuestra primera película, clavamos la bandera en el suelo y dijimos que Black Sabbath creó el sonido del heavy metal. Pero Judas Priest fue la primera banda que realmente creó la idea de una identidad y una comunidad de heavy metal. Lo convirtieron en una cuestión de formar parte de una tribu, tanto dentro como fuera del escenario. Y eso era algo nuevo», comenta a modo de presentación. Toda la intención de The Ballad of Judas Priest es abrir la mirada, ampliar la perspectiva, implicar a los no creyentes de esta comunión de cuero y riffs imposibles con dos guitarras alineadas en paralelo. El documental comienza con el actor y líder de Tenacious D, Jack Black, recitando, que no cantando, directamente a la cámara la letra de la canción You Got Another Thing Comin: «Una vida, la viviré al máximo. . . Estoy en la cima mientras la música esté alta». A continuación, además de momentos estelares sobre el escenario, se entrelazan entrevistas del pasado con otras del presente. Y de vez en cuando, aparece un grupo de músicos alrededor de una mesa. Son cinco que reflexionan sobre lo que ven y lo que ellos mismos eran cuando descubrieron a Judas Priest. No todos son, en sentido estricto, de la tribu, pero todos, desde posiciones quizá antagónicas, comparten su liturgia. Y ahí aparecen junto al propio Morello, Darryl McDaniels de Run-DMC, Scott Ian de Anthrax, el líder de Smashing Pumpkins Billy Corgan y Lzzy Hale de Halesturm. Uno de los temas estrella de debate es el supuesto machismo de un universo sudoroso y áspero también capaz del más alto agudo masculino. «Mi primera reacción fue pensar que algo iba a explotar. Temí por él y temí por la banda. Y entonces sucedió algo increíble. . . nada», dice Corgan sobre el momento exacto en que Halford salió del armario. Lo que ocurrió que se suponía que era la noticia más increíble en la historia del rock para el propio director fue que «reveló que la comunidad del metal es mucho más abierta de lo que la gente de fuera piensa. » Para el propio Halford fue todo menos un paso fácil y mucho menos obvio. Incluso se diría que el verdadero corazón de la película es la lucha contra sí mismo del líder de la banda entre la soledad, el alcohol y las clínicas de desintoxicación. Todo esto es suavizado con éxito por una fuerza tan destructiva como la fama. Durante décadas, Halford ofreció en sacrificio a sus amigos, fans, dinero y al mundo, un mundo abrumadoramente masculino y salvajemente heteronormativo. «No voy a despertarme heterosexual porque me bebí mi homosexualidad», llegó a declarar no hace mucho. La película repasa éxitos, canciones, conciertos, separaciones, reposiciones, alivios de una pila tras otra y visitas al tocador con el debido rigor y devoción. Y mientras, desvela el recuerdo renovado del ridículo juicio (antecedente de muchas de las guerras culturales actuales) en el que se les acusó de colisionar la inexistente expresión «Do it» (Hazlo) en el tema Better By You, Better Than Me, un mensaje que supuestamente habría empujado a James Vance, de 20 años, y a Ray Belknap, de 18, a descerrajarse unos cuantos tiros en la cabeza tras emborracharse y escuchar el disco Painkiller. Y mientras, sorprende la bonhomía de Ian Hill, calienta la lucha desigual de Glenn Tipton contra la enfermedad, enamora a K. K. Downing su elegancia y su cuerpo de látigo, y abruma el fino sentido del humor después de tantas batallas del verdadero protagonista de todo esto, Rob Halford. Mientras tanto, visita Judas Priest. No es un documental que haga nada nuevo, pero lo que hace con cariño, respeto y devoción. «Tal y como está el mundo, la música es más importante que nunca. Hay que dar cobijo a la gente de la ansiedad que genera el mundo», concluye Halford y le creemos.
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