En poco menos de una semana, la directora de la Berlinale, Tricia Tuttle, ha pasado de censora a censurada, de verdugo (o víctima) a víctima, de amenaza a la libertad de expresión a garante del mismo derecho fundamental. De heroína a villana. De este modo, el jueves por la mañana el consejo de administración que gestiona la Berlinale (dependiente del gobierno alemán que, a través del Ministerio de Cultura, financia el certamen) se reunió de forma extraordinaria para decidir su futuro. Es decir, despedirla o no. De momento, el veredicto ha sido aplazado. «Las discusiones sobre la dirección de la Berlinale continuarán en los próximos días entre la directora, Tricia Tuttle, y el consejo de supervisión», fue el escueto comunicado. Seguir leyendo
El Ministerio de Cultura se reúne con la directora, Tricia Tuttle, para estudiar su continuidad en el cargo después de que uno de los premiados acusara al Gobierno alemán de complicidad con el genocidio de Gaza
Tricia Tuttle, directora de la Berlinale, ha pasado de censora a censurada, de víctima a verdugo, de amenaza a la libertad de expresión a garante del mismo derecho fundamental en poco menos de una semana. Del malo a la heroína. De esta forma, el jueves por la mañana el consejo de administración que gestiona la Berlinale (dependiente del Gobierno alemán que, a través del Ministerio de Cultura, financia el certamen) se reunió de forma extraordinaria para decidir su futuro. Es decir, despedirla o no. De momento, el veredicto ha sido aplazado. «Las discusiones sobre la dirección de la Berlinale continuarán en los próximos días entre la directora, Tricia Tuttle, y el consejo de supervisión», fue el escueto comunicado. Se le acusa de permitir que uno de los directores argelino-palestinos premiados, Abdallah Al-Khatib, actuara en la gala de clausura del festival con una bandera palestina para recibir el premio a la mejor ópera premium de Crónicas desde el asedio (Chronicles from the siege), y de acusar directamente al gobierno alemán de ser cómplice del genocidio del ejército israelí en Gaza. Sus palabras, como se supo después, provocaron que el ministro alemán de Medio Ambiente, el socialdemócrata Carsten Schneider, abandonara la ceremonia con gesto airado. Y no sólo eso, en la lista de acusaciones (hay varias) también aparece que la directora se dejó fotografiar con el mismo director desde antes del día de la presentación de la película, el 15 de febrero. En la imagen reaparece la bandera palestina y la cineasta aparece ataviada con el tradicional pañuelo palestino, o kufiya. A todo esto hay que añadir las intervenciones de tres de los premiados durante la gala, todas en la misma dirección: tanto Marie-Rose Osta, cuyo cortometraje Someday a Child ganó el Oso de Oro, como la ganadora del mejor guión por Nina Roza, la canadiense Geneviève Dulude-de Celles, pasando por la ganadora del Gran Premio del Jurado Emin Alper (Salvation), todas denunciaron lo que está ocurriendo en Gaza y todas señalaron al mismo culpable. Lo irónico del asunto es que si por algo se ha distinguido Tricia Tuttle desde que llegó al cargo el año pasado es por su firme voluntad de apartar cualquier manifestación política del escenario del Berlinale Palast y, a toda prisa, de la propia programación. Llegó a la dirección en 2025, un año después de que el documental No Other Land, de Yuval Abraham y Basel Adra, se convirtiera en la piedra de todos los escándalos con el encendido discurso de los directores de la película, que más tarde ganó el Oscar. Entonces, fue llamado a la gala y a lo que escuchó de directamente antisemita. Su primer y más obvio paso fue programar una serie de películas protagonizadas por la versión israelí de los atentados terroristas desde el 7 de octubre hasta el año siguiente, el mismo día en que Tuttle debutó en el puesto. El debate continuaría este año en su totalidad. Primero fue el presidente del jurado Wim Wenders quien aprovechó la propia rueda de prensa del jurado para advertir -e incluso avisar- de la necesidad de «dejar la política fuera» en las declaraciones de los cineastas. Después fue la escritora Arundhati Roy, invitada a presentar In Which Annie Gives It Those Ones, serie de la que es guionista y actriz, la que anunció su renuncia al certamen. La ahora cuestionada Tricia Tuttle respondió a este gesto con una carta abierta en la que volvía a insistir en las palabras de Wenders y subrayaba que, más allá de lo que digan los cineastas, lo importante es que las películas hablen y se manifiesten. Todo ello para protestar contra la presión de los medios de comunicación empeñados en que los creadores se manifiesten constantemente sobre cuestiones ajenas a su obra. En otras palabras, Tricia Tuttle no quería problemas. No contenta con todo lo anterior, durante la gala de clausura del sábado, la directora ahora en cuestión se reservó un largo espacio para repetir con otras palabras lo que ya había dejado por escrito. Además, el propio Abdallah Al-Khatib no dudó, antes de acusar al gobierno alemán, en poner en la cara de la directora su desconcierto y su forzada neutralidad. Y ahí, la ironía, acusados de censores los unos y de propagandistas los otros. Nada más conocerse la existencia de la reunión del jueves, diversos escenarios del cine alemán y europeo se manifestaron y enviaron más cartas de apoyo al director. Además, nombres del panorama internacional, desde Tilda Swinton a Sean Baker pasando por Kleber Mendonça Filho o Radu Jude, no han dudado en defender a Tuttle con su firma. Tanto la academia de cine alemana como la europea dejaron clara su postura: «Como cineastas seguimos con profunda preocupación los actuales debates en torno a la Berlinale y la propuesta de despedir a Tricia Tuttle», escribió la academia de cine alemana en una carta abierta. Las críticas recientes se han centrado en declaraciones hechas desde el escenario. Ninguna procedía de la propia dirección del festival, sino de cineastas invitados. Un festival internacional de cine no es un instrumento diplomático, es un espacio cultural democrático que merece protección. Su fuerza reside en su capacidad para acoger diferentes perspectivas y dar visibilidad a una pluralidad de voces», se lee. «Todas las polémicas no son más que una prueba de la relevancia cultural y social de la Berlinale», dijo Tuttle desde el escenario el pasado sábado. Y ahí están.
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