A la espera, si surge, de un The Brutalist que todo lo revolucione, la competición oficial de la Mostra ha demostrado hasta el momento su buen pulso, olfato y capacidad de atracción tanto para la estrellas con sinusitis como para los autores con migrañas. Todas las enfermedades y todas las maneras de darse importancia han estado hasta el momento debidamente representadas en la presente edición. Repasamos las película que quedaron a la sombra de los grandes nombres.. Seguir leyendo
Oscurecidos por los grandes nombres de la sección oficial, la competición ha presentado hasta el momento un nivel no excelente, pero sí notable
A la espera, si surge, de un The Brutalist que todo lo revolucione, la competición oficial de la Mostra ha demostrado hasta el momento su buen pulso, olfato y capacidad de atracción tanto para la estrellas con sinusitis como para los autores con migrañas. Todas las enfermedades y todas las maneras de darse importancia han estado hasta el momento debidamente representadas en la presente edición. Repasamos las película que quedaron a la sombra de los grandes nombres.. Lo primero que uno piensa al enfrentarse a la nueva película de Park Chang-wook es en Costa Gavras. Poco tienen que ver entre ellos los dos directores, pero, al menos, comparten el gusto por el mismo tipo literatura. Sobre la novela de Donald E. Westlake que el director francés de origen griego convirtió en Arcadia en 2005, el coreano compone No other Choice. La sensibilidad y propósito de uno y otro son tan diferentes que no procede comparaciones. O sí, pero dentro de un orden. Lo que hace ahora el cineasta responsable Decision to Leave, o de Old Boy para los más mayores, es básicamente componer una comedia negra negrísima con aspiraciones a gamberra gamberrísima. A diferencia de su colega, la idea es disparar contra todo. No solo contra el capitalismo (que ya es disparar) sino contra la sociedad digital, las relaciones familiares, la hipocresía moral… Es decir, contra el capitalismo.. Un hombre decide acabar, por pura desesperación, con los rivales para un puesto de trabajo. En verdad, esa es la enseñanza, nuestro héroe (Lee Byung-hun) no hace nada más que llevar a sus últimas consecuencias lo que el mundo que nos hemos dado exige de él. Lo que sigue es tan disparatadamente cruel como, y éste es el problema, carente de ritmo, de brillo, de gracia. A Park Chang-wook, ya lo sabíamos, le funciona el registro azul oscuro casi opaco, pero no tanto el otro, el que tan bien maneja su compatriota Bong Joon-ho. Por momentos y muy al final, empiezan a cuadrar las cosas, pero se antoja un intento algo fallido.. Laszlo Nemes en la presentación de Orphan.RICCARDO ANTIMIANIEFE. Deber de ser muy complicado, además de fatigoso, empezar una carrera, cinematográfica en este caso, con una obra maestra. ¿Qué queda después por hacer? El hijo de Saúl (2005) fue saludada en su momento y en Cannes como un acontecimiento y ahí sigue. Imperturbable. Pues bien, el director húngaro Laszlo Nemes vuelve de alguna manera a la misma herida y el recuerdo de la anterior le castiga a cada paso que da. Ahora se trata de narrar la infancia doblemente martirizada de una criatura primero arrasada por el Holocausto y, después, por la arbitrariedad sangrante (en todos los sentidos) del estalinismo. La estrategia es la misma que la empleada en su debut. A un lado cualquier intento narrativo, la cámara persigue cada una de las acciones de su protagonista hasta incrustar la mirada del espectador en su misma carne. Sorprende la fiereza y el rigor, pero descorazona lo que podríamos llamar impiedad. Nemes abandona cualquier amago de objetividad, mesura o simplemente prudencia para recrearse en un catarata inacabable de brutalidades. Es impío consigo mismo, con su personaje y, por lo que nos toca a nosotros, con el espectador. Deslumbrante y feroz en muchos tramos, pero innecesariamente exhibicionista en su mayor parte. Lástima.. Imagen de Sotto le nuvole.. Ningún otro cineasta ha logrado lo que Gianfranco Rosi. Hacer que dos de sus documentales (eso son en el sentido más clásico y académico de la palabra) hayan sido premiados tanto en Berlín como en Venecia con el más alto honor. Le falta Cannes. Fuego en el mar conquistó el Oso de Oro en 2016 y Sacro Gra se hizo con el León de Oro en 2013. Sotto le nuvole (Bajos las nubes) es un ejemplo más de su labor, siempre rigurosa siempre inmisericorde, de espectador casi perfecto de la vida y, ya que estamos, de buena parte de la muerte. Esta vez, se centra en el territorio que va desde el Vesubio a Nápoles a través de las fumarolas de los Campos Flegreos. Le interesa lo escondido en la simas de una tierra abastecida de lava y ceniza, lo sumergido en el mar, lo que flota en el aire y lo que corre por las venas de un pueblo pendiente de cada temblor de la existencia y del mismo suelo.. En un acerado blanco y negro, la cámara registra con el aliento detenido lo que sucede en las clases particulares de un viejo maestro, en un barco sirio que descarga grano en el puerto, en la centralita de los bomberos, en las excavaciones de unos arqueólogos en Pompeya y Herculano… Mientras, el humo se confunde con las nubes y la vida, ya se ha dicho, con la muerte. Y así. Digamos que esta vez el objetivo buscado solo lo consigue el cineasta a medias. En su intento de trenzar narrativa, metafórica o poéticamente todo, Sotto le nuvole se pierde directamente en la fascinación de lo que mira. Habrá quien aprecie ese misticismo entre la plenitud y el simple vacío, pero, en verdad, no deja de ser la declaración de un propósito malogrado. Es bello, sí, pero una belleza demasiado consciente de sí y algo impostada.. Valerie Donzelli en la presentación de À pied d’oeuvre.ETTORE FERRARIEFE. Por completar las películas a competición, el último trabajo de Valérie Donzelli. À pied d’oeuvre (En el trabajo) es una película tan agradable en apariencia como, reconozcámoslo, pertrubadora en el fondo. Cuando no tramposa. Se cuenta la historia de un hombre dispuesto a renunciar a todo por dedicarse a su pasión: escribir. Sin duda, una decisión arriesgada, valiente y hasta loable. Para ello, está dispuesto a trabajar en lo que sea de la manera que sea y sin importarle las recriminaciones de su familia, sus amigos y la sociedad entera. Así las cosas, se apunta a una web de esas que encubren la explotación con el pretexto de la modernidad (la uberización de la economía lo llaman) y ahí que se zambulle. Todo funciona de la mano del carisma de su protagonista, Bastien Bouillon, y de una puesta en escena llamativa (mezclando la cámara subjetiva entre el tráfago de la realidad) hasta que deja de hacerlo. De repente, uno cae en la cuenta de que la pobreza no es más que el decorado por el que pasean unos personajes (los otros) como simples figurantes de una película muy francesa, muy condescendiente y, ya se ha dicho, bastante molesta.
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