Sabemos que el fin del mundo está cerca prácticamente desde los orígenes de la humanidad. Fue para organizarse y empezar a plantar cereales, cuidar del ganado, construir fortalezas y dejar de vivir de la recolección de frutos y la caza de insectos, y ya han aparecido las primeras narraciones sobre el tema. Que si se diluía nada menos que lo universal, que si una plaga tras otra, que si una invasión imprevista de los pueblos del mar. . . Es cierto que las historias son cada vez menos fantásticas y que los datos que las respaldan son irrefutables, pero su encanto no reside tanto en su mayor o menor capacidad predictiva como en su evidente poder catártico. Hay algo casi curativo (o incluso salvador) en escuchar la historia de un mundo que agoniza mientras devoramos un gran paquete de palomitas. Estas historias no sirven, en realidad, como advertencias ni para prevenir nada, ni para hacernos tomar nota o empezar, por fin, a separar la basura como es debido (el vidrio no es vidrio, por cierto); su encanto e incluso su utilidad residen más bien en el refugio psicológico que buscan, como simulaciones que son. Saber que son otros quienes sufren y que, además, ni siquiera sufren porque son actores, refuerza nuestra autoestima y vuelve a demostrar que la estupidez asumida con orgullo relaja mucho.
En un ejercicio cinematográfico errático, desenfocado e increíblemente cursi, Ridley Scott presenta su propia versión indescriptible del fin del mundo.
Sabemos que el fin del mundo está cerca prácticamente desde los orígenes de la humanidad. Fue para organizarse y empezar a plantar cereales, cuidar del ganado, construir fortalezas y dejar de vivir de la recolección de frutos y la caza de insectos, y ya han aparecido las primeras narraciones sobre el tema. Que si se diluía nada menos que lo universal, que si una plaga tras otra, que si una invasión imprevista de los pueblos del mar. . . Es cierto que las historias son cada vez menos fantásticas y que los datos que las respaldan son irrefutables, pero su encanto no reside tanto en su mayor o menor capacidad predictiva como en su evidente poder catártico. Hay algo casi curativo (o incluso salvador) en escuchar la historia de un mundo que agoniza mientras devoramos un gran paquete de palomitas. Estas historias no sirven, en realidad, como advertencias ni para prevenir nada, ni para hacernos tomar nota o empezar, por fin, a separar la basura como es debido (el vidrio no es vidrio, por cierto); su encanto e incluso su utilidad residen más bien en el refugio psicológico que buscan, como simulaciones que son. Saber que son otros quienes sufren y que, además, ni siquiera sufren porque son actores, refuerza nuestra autoestima y vuelve a demostrar que la estupidez asumida con orgullo relaja mucho. . Valga el párrafo precedente para entender cómo y por qué un director (pongamos Ridley Scott) puede pasar en los últimos años de la debacle napoleónica (Napoleón) a la caída del imperio romano (Gladiator II) —con parada en el derrumbe de la alta costura (La casa Gucci)— hasta llegar el final de todo. La constelación del perro, en efecto, es eso. Es como si el director de viejas obras maestras como Los duelistas o esas tres que todos tenemos en mente viviera entregado últimamente a ejercer de cuñado máximo. No será porque no nos ha avisado. El argumento es, si se quiere, sencillo. Terrible, pero simple. El mundo ha sido asolado por un virus fatal y los pocos supervivientes que quedan en una civilización en ruinas salen adelante como pueden. Unos se hacen salvajes; otros, caníbales; otros más vuelven al principio de todo, y los últimos recuerdan con añoranza los viejos tiempos. El protagonista (Jacob Elordi) es de estos últimos, un tipo sensible que vuela en avioneta a la búsqueda de un mundo no mejor, pero sí bueno.. Scott es un director que siempre se ha distinguido por quererlo todo. Su cine es difícil de definir porque sencillamente ninguna definición le es ajena. Él lo puede todo. Son ya muchos años en el oficio. Así la cosas, el Apocalipsis según el director de Blade Runner es a la vez una película de terror, otra de zombis, un drama romántico, un western, un thriller, una reflexión de aire metafísico sobre lo que pudimos ser y no somos, una comedia disparatada con unos frikis antropófagos caracterizados de drag-queen en un bar estadounidense de los años 50 (por cierto, lo mejor y más sorprendente de la cinta) y, por qué no, dos huevos duros. Pero muy duros.. El problema, que lo hay y bastante grande, reside en que La constelación del perro no es nada de lo anterior de manera plena y, por decirlo así, de forma unificada, sino que lo es de manera alterna. Unas veces es una cosa, otras, otra. Por momentos, se tiene la impresión de asistir a una sucesión de cortometrajes con bonitas estampas de los Dolomitas (allí fue rodada) entre medias, sin que algo tan básico como el ritmo, la tensión dramática o el simple interés hagan acto de presencia. Todo discurre como un patchwork o puzzle de películas anteriores y vistas hace relativamente muy poco sin aportar nada más que el afán globalizador en un ejercicio de cine errático, sin foco y muy cursi.. Sí, llega el Apocalipsis. Pero tranquilos, habrá más y ninguno de ellos evitará lo peor. Que también está ahí, muy cerca.. —. Director: Ridley Scott. Intérpretes: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce, Allison Janney. Duración: 112 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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