En el debate público de hoy, la deuda pública nacional es casi vista como un pecado original. Se nos presenta como una carga insostenible para nuestros hijos, un lastre para el crecimiento y el síntoma de una clase política irresponsable. Cada nuevo título añadido al contador es recibido con alarmismo y amargas recriminaciones.. Seguir leyendo
Las crisis sistémicas del siglo XXI han reafirmado el papel de la deuda pública como un seguro colectivo indispensable
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En el debate público de hoy, la deuda pública nacional es casi vista como un pecado original. Se nos presenta como una carga insostenible para nuestros hijos, un lastre para el crecimiento y el síntoma de una clase política irresponsable. Cada nuevo título añadido al contador es recibido con alarmismo y amargas recriminaciones.. Desde luego esto es cierto si las perspectivas de ajuste en el presupuesto no existen y dicha carga se puede convertir en algo muy oneroso. La deuda ha destruido naciones o ha condenado a sus habitantes a la falta de servicios básicos solo porque no había recursos suficientes para satisfacerlos una vez atendidos los intereses de la misma. Recordemos a buena parte de Latinoamérica en los años ochenta.. Sin embargo, y como ya he escrito en otra ocasión, esta visión ignora sus funciones, que permiten a su vez crear un contexto positivo para el crecimiento u otras virtudes. Históricamente, sabemos, por ejemplo, que la deuda, gestionada con audacia y propósito, no es necesariamente un veneno, sino que incluso en algunas ocasiones ha podido ser el pegamento que hasta ha unido a una nación.. Y esto es porque la deuda pública unifica intereses nacionales, habiéndose convertido en una de las herramientas más poderosas en la construcción del Estado moderno. Cuando se basa en un contrato social legítimo, la deuda transforma a miles de intereses privados en un único interés nacional, obligando a las élites económicas y a los ciudadanos a apostar por la supervivencia y el éxito del Estado. Como explicaba la semana pasada, para Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, la deuda pública fue una “bendición nacional”, un vínculo que forjó la cohesión a partir del caos.. El ejemplo fundacional es, precisamente, el de Hamilton en los recién nacidos Estados Unidos. Tras la Guerra de Independencia, la joven república estaba al borde del colapso, con una moneda sin valor y una amalgama de deudas estatales y federales impagables. El plan de Hamilton, presentado en 1790, fue un movimiento de alquimia política: el nuevo gobierno federal asumiría la totalidad de las deudas de los Estados. Estos quedaban vinculados al devenir del gobierno federal. Al menos en sus inicios.. Este movimiento no fue un mero saneamiento de cuentas. Al convertir a una miríada de acreedores dispersos en tenedores de bonos federales, Hamilton creó instantáneamente una clase inversora cuya fortuna personal dependía directamente de la viabilidad del gobierno central. Comerciantes, financieros y especuladores de Boston a Charleston ahora compartían un interés primordial: que el gobierno federal tuviera el poder de recaudar impuestos y cumplir sus promesas. El interés propio se convirtió en la amalgama de la unidad nacional, “cimentando más estrechamente la unión de los Estados”.. Este modelo no era del todo nuevo. Un siglo antes, Inglaterra había experimentado su propia Revolución Financiera para financiar sus interminables guerras contra Francia. Tras la Revolución Gloriosa de 1688, que estableció la supremacía del Parlamento sobre la Corona, el gobierno pudo emitir deuda de forma creíble. La creación del Banco de Inglaterra en 1694 institucionalizó este sistema, permitiendo al Estado pedir prestado a gran escala a la emergente clase comercial. Estos inversores, a su vez, adquirieron un interés directo en la estabilidad del régimen y en el éxito de sus aventuras militares y comerciales, que eran financiadas con su propio dinero. La deuda se convirtió en los “nervios del poder”, un círculo virtuoso que financió el ascenso del Imperio Británico. Si Inglaterra se convirtió en hegemón después de la Guerra de los Siete Años, medio siglo después, no fue por su enorme armada y ejército moderno, sino por su capacidad ilimitada para financiarlos y devolver lo pedido.. Por supuesto, la deuda mal gestionada, como se ha adelantado, también puede ser un acelerador de la desintegración. La Francia del Ancien Régime es el contraejemplo perfecto. En vísperas de su revolución, la carga de deuda de Francia en relación con su economía era significativamente menor que la de Gran Bretaña. El problema no era la cantidad, como sucede muchas veces, sino la legitimidad y confianza en el deudor para devolver las deudas. El sistema fiscal francés era profundamente injusto, eximiendo a la nobleza y al clero mientras aplastaba al Tercer Estado. Sin un parlamento que garantizara el pago, la monarquía absoluta no podía ofrecer un “compromiso creíble” a sus prestamistas, lo que la obligaba a pagar intereses exorbitantes. En este contexto, cada intento de subir los impuestos para pagar la deuda no hacía más que subrayar la podredumbre del sistema, uniendo al pueblo no en apoyo del estado sino en su contra.. Esta lógica histórica resuena con fuerza en la actualidad. La respuesta de la Unión Europea a la pandemia de la covid-19 ha sido calificada, con razón, como su “momento hamiltoniano”. Frente a un shock externo que amenazaba a todos por igual, la UE acordó el fondo Next Generation EU, financiado por primera vez con la emisión de deuda común a gran escala.. Al igual que el plan de Hamilton, este movimiento crea un activo financiero compartido y vincula a los Estados miembros a un proyecto común de recuperación, centrado en objetivos estratégicos como las transiciones verde y digital. Aunque su escala es temporal y muy limitada, representa un paso crucial hacia una unión fiscal que utiliza la deuda para reforzar la cohesión en lugar de generar división, como ocurrió durante la crisis de la deuda soberana de la década anterior. Su desarrollo y crecimiento tendría muy buenas consecuencias sobre el proyecto común, entre ellos crear un objetivo común.. De manera más amplia, y aunque para muchos sea invencible, lo que muestra su incapacidad para entender el papel de este activo financiero en economías modernas, las crisis sistémicas del siglo XXI —desde el colapso financiero de 2008 hasta la pandemia— han reafirmado el papel de la deuda pública como un seguro colectivo indispensable. En ambos casos, el endeudamiento masivo de los gobiernos y las intervenciones sin precedentes de los bancos centrales, como la flexibilización cuantitativa (quantitative easing), fueron las herramientas que evitaron una catástrofe económica y social. Esta deuda, a menudo criticada, fue en realidad el precio que pagamos por la estabilidad, el coste de mantener intacto el tejido social, mientras mantenía vivos muchos balances de empresas financieras y no financieras en Occidente.. Por lo tanto, nuestros debates sobre la deuda deberían ir más allá del pánico por las cifras. Hasta cierto punto, obviamente. Deberíamos preguntarnos: ¿Para qué nos estamos endeudando? ¿Estamos invirtiendo en un futuro compartido, ya sea en infraestructura, transición energética o resiliencia ante crisis, o simplemente estamos posponiendo decisiones difíciles? ¿Y quién paga la cuenta? ¿El sistema fiscal que respalda esta deuda distribuye la carga de manera justa? Si podemos responder a estas preguntas con un sentido de propósito colectivo, descubriremos que la deuda no tiene por qué ser una carga. Puede ser, como lo fue para Hamilton y para la Gran Bretaña imperial, el vínculo que nos une.