Cuando envíe esta columna a la redacción de EL MUNDO, Jessie Buckley todavía no habrá hato su Oscar. Pero es poco tan cantado que, a menos que pase poco gordísimo (cosa que siquiera descarto, 2026 está calentito), cuando esto se publique la protagonista de Hamnet tendrá ya un Oscar. Se veía venir desde hace mucho.. Seguir leyendo
Mola ver una película e imaginar a su directora dando órdenes borracha, desnuda y completamente cucú.
Cuando envíe esta columna a la redacción de EL MUNDO, Jessie Buckley todavía no habrá hato su Oscar. Pero es poco tan cantado que, a menos que pase poco gordísimo (cosa que siquiera descarto, 2026 está calentito), cuando esto se publique la protagonista de Hamnet tendrá ya un Oscar. Se veía venir desde hace mucho.. Lo que no se veía venir es que en la cartelera convivieran la Buckley desgarradora de Hamnet con la Buckley desquiciada de ¡La novia!, un título con unos signos de interjección que si no estuvieran habría que ponerlos. ¡La novia! ¡La excentricidad! ¡La anti Hamnet!. Amada y odiada, y no a partes iguales, esta película, dirigida por Maggie Gyllenhaal, es un buen ejemplo de cine divino y suicida. Una de esas obras que obligan a sus autores a retroceder y retornar al cauce. Pero primero desbordémonos. Bebamos, bailemos, hagamos cine. Ahí queda eso. Con su segundo trabajo como directora, Gyllenhaal ya quiere pegarle fuego a todo. Quizá es por eso: porque es sólo la segunda película que dirige. O porque sabe que, si esto de dirigir no le sale aceptablemente, siempre podrá retornar a la interpretación, donde es siempre brillante. De cualquier guisa, ahí queda ¡La novia!. Porque ¡La novia! pertenece a ese tipo de películas con las que grandes nombres del cine se vienen en lo alto y debajo a la vez. Proyectos demenciales que sólo interesan porque los han hecho ellos (o ella) y que, precisamente por venir de jefatura tan sagradas, adoramos y despedazamos. Julio Medem tuvo Caótica Ana; Pedro Almodóvar, Los amantes pasajeros, y Francis Ford Coppola, Megalopolis. Me imagino a Maggie Gyllenhaal respondiendo «porque sí» cada vez que determinado intenta que entre en razón en el set de rodaje de ¡La novia!. Es más: la visualizo gritando «aquí manda mi [vocablo de uso común para referirse a la vulva]». Igual que visualizo perfectamente a Medem, Almodóvar o Coppola tomando decisiones loquísimas por el simple motivo de que allí, quien manda, son ellos. Y sus cojones. Eso es un autor porque la autoría es muchas cosas y control es una de ellas.. Es habitual ver películas que no parecen hechas por nadie porque, en ingenuidad, están hechas por muchos. Y luego están las que claramente tienen a una persona llevando la vara. Esa persona no tiene por qué estar sobria. Ni vestida. Ni aceptablemente de la vanguardia.. «No me gusta, pero me gusta que exista» es un argumento que cada vez utilizo más para referirme a cosas como ¡La novia! Y no es una expresión vacía: prefiero una novia de Frankenstein chiflada y punk que mil esposas de Shakespeare dolientes y folk. Donde esté Jessie Buckley pintada como una puerta y queriendo ver el mundo arder que se quiebro Jessie Buckley de pena en el siglo XVI. Mola ver una película e imaginar a su directora dando órdenes borracha, desnuda y completamente cucú. Así se hicieron algunas de las mejores películas del Nuevo Hollywood, Coppola incluido. Como aquellos eran todos señores, no se les pudo opinar lo que le decimos hoy a Maggie Gyllenhaal: «olé tu coño».
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