El sábado vi cantar a Nick Cave, justo dos días después de que se cumplieran 40 años de la muerte de mi padre. Guardo muy pocos recuerdos, pero no pasa ni un solo día sin que pensemos en ello. El duelo tiene la capacidad de crecer y prolongarse en el tiempo. No se trata solo de dolor y recuerdo; es también la conexión humana la que permite a los vivos seguir viviendo con nuestros difuntos. A quienes amamos.
El duelo requiere dedicación y una pausa en estos días de ritmos acelerados y fomento de la productividad. Es, ante todo, una forma de seguir adelante.
El sábado vi cantar a Nick Cave, justo dos días después de que se cumplieran 40 años de la muerte de mi padre. Guardo muy pocos recuerdos, pero no pasa ni un solo día sin que pensemos en ello. El duelo tiene la capacidad de crecer y prolongarse en el tiempo. No se trata solo de dolor y recuerdo; es también la conexión humana la que permite a los vivos seguir viviendo con nuestros difuntos. A quienes amamos. ¿Cómo es posible vivir el duelo hoy, en una sociedad de ritmos comprimidos, donde aquello que no sirve, con suerte, se adorna y, con frecuencia, se desprecia o se ignora? El duelo carece de productividad, de utilidad aparente y, sin embargo, es imprescindible. Exige dedicación, pausa y una suspensión del tiempo que en nuestra época parece haberse convertido en una distopía de plataforma.Quizá todo empezó cuando alguien reconoció por primera vez la fisonomía de la muerte y sintió la necesidad de quedarse junto al cuerpo. De velarle, sosteniendo una luz para acompañarle, y de empezar a dar forma, espesor y rugosidad sentimental a una ausencia que se volverá palpable para siempre. El duelo es, ante todo, un modo de permanencia.Después llegó el lenguaje y transformó esa permanencia en recuerdo; le hemos atribuido a la muerte un significado que la naturaleza no sabía ni que existía. En este mundo líquido que nos acoge, la muerte sigue siendo la prueba sólida de que nuestra materia se disuelve.En los últimos tiempos ha habido cierta glorificación cultural a su alrededor. Se ha consolidado como un tema que nos interpela profundamente. La literatura ha sido un lugar propicio para explorar un proceso tan íntimo y complejo. Pienso en dos libros estupendos como Reliquia (Anagrama, 2025), de Pol Guasch, o en En la naturaleza las cosas crecen de Yiyun Li (Chai Editora).Y está la música, esa oración que ayuda a liberar el dolor. Eso fue lo que celebró Nick Cave el sábado en el Mad Cool. Celebrar, en el sentido más antiguo y metafísico de la palabra. Cave perdió a dos de sus hijos: Arthur, en 2015, y Jethro, en 2022. Desde entonces, buena parte de su obra ha sido una conversación sobre la potencia inagotable del duelo.Mientras la noria giraba y millones de luces inundaban el recinto con un aire festivo, Nick Cave aullaba al cielo intentando abrir una grieta en lo inexpugnable. Su voz hizo temblar el escenario y, también a quienes le escuchábamos cantar Joy, una canción sobre la alegría del alivio, sobre esa decisión espiritual de aceptar la pérdida. Permanecer. Y permanecimos todos allí, acompañando a Nick Cave en el suyo.
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