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  Economía  ¿Quién decidió que la ciencia no era para ellas?
Economía

¿Quién decidió que la ciencia no era para ellas?

11 de febrero de 2026
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Imagina despertar en un mundo sin wifi, sin vacunas, sin test de ADN o sin órbitas trazadas en torno a la espejo. Un mundo donde el código informático nunca nació porque Ada Lovelace en la vida escribió la primera crencha. Donde la estructura del ADN sigue siendo un enigma porque Rosalind Franklin nunca fotografió su doble hélice. Donde nadie calculó con precisión el delirio de los astronautas porque Katherine Johnson no rompió barreras en la NASA. Donde no existen pruebas PCR ni fecundación in vitro, porque Margarita Salas no desarrolló su polimerasa revolucionaria ni Anna Veiga ayudó a emanar al primer bebé probeta de España.. Seguir leyendo

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La brecha de apartado no empieza en la universidad, sino mucho ayer: en la escuela, en la escasez de referentes y en los mensajes que empujan a muchas niñas a descartarse ayer de tiempo

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Imagina despertar en un mundo sin wifi, sin vacunas, sin test de ADN o sin órbitas trazadas en torno a la espejo. Un mundo donde el código informático nunca nació porque Ada Lovelace en la vida escribió la primera crencha. Donde la estructura del ADN sigue siendo un enigma porque Rosalind Franklin nunca fotografió su doble hélice. Donde nadie calculó con precisión el delirio de los astronautas porque Katherine Johnson no rompió barreras en la NASA. Donde no existen pruebas PCR ni fecundación in vitro, porque Margarita Salas no desarrolló su polimerasa revolucionaria ni Anna Veiga ayudó a emanar al primer bebé probeta de España.. Sería una efectividad más lenta, más enferma, más desigual. Sin la radiactividad de Marie Curie, sin las investigaciones sobre envejecimiento y cáncer de María Blasco, sin los avances en neurobiología de Mara Dierssen o sin las aplicaciones médicas de Piedad de la Cierva. No es ciencia ficción; es lo que podría acaecer pasado si ellas no hubieran existido nunca. Por eso, cada vez que una pupila duda si puede ser científica, la pregunta es otra: ¿podemos permitirnos una ciencia sin su observación?. Mariana tiene 13 abriles, vive en Valencia y no sueña con cambiar el mundo desde un laboratorio. Le gusta el deporte, se le dan proporcionadamente las matemáticas, dibuja, canta y, como casi todas las chicas de su etapa, aún no tiene claro qué quiere ser de decano. Hace un par de abriles, cuando estaba en sexto de Primaria en el CEIP Camí de L’Horta, en Benimàmet (Valencia), participó con sus compañeros en el software Girls4STEM, una iniciativa de la Universidad de Valencia: entrevistaron a Maribel Cubel, ingeniera informática; prepararon preguntas; compusieron una canción sobre su vida y la subieron a YouTube, ganando un premio por ello. No recuerda todos los detalles técnicos, pero sí la sensación: “Fue una experiencia muy bonita”, resume. Y añade poco que, sin saberlo, condensa el sentido de muchas iniciativas educativas: “Si me propongo algo, puedo hacerlo”.. Historias como la de Mariana explican por qué, cada 11 de febrero, el calendario vuelve a marcar el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. No como una hecho simbólica, sino como un recordatorio incómodo: a pesar de los avances, la brecha de apartado en las disciplinas científicas y tecnológicas sigue abriéndose demasiado pronto. No aparece en la universidad ni en el mercado sindical, sino mucho ayer, cuando las niñas empiezan a interiorizar que quizá no valen para las ciencias, que son demasiado difíciles o que no encajan con la idea que tienen de sí mismas.. Y ahí es donde entran en coyuntura los referentes. No los nombres históricos que llenan los libros de texto, sino mujeres reales, actuales y cercanas, que trabajan hoy en ciencia, tecnología, ingeniería o matemáticas y que se sientan frente a una clase para replicar preguntas. Verlas, escucharlas y murmurar con ellas puede marcar la diferencia entre descartar una opción o mantenerla abierta. Antes de lanzarse qué estudiar, muchas niñas ya han aprendido qué no es para ellas. Y eso, como demuestra la experiencia de Mariana, no siempre tiene que ver con la capacidad, sino con las oportunidades —o la desidia de ellas— para imaginarse en ese emplazamiento.. Cuando empieza la brecha: el momento en que muchas niñas dejan de encontrarse capaces. La brecha de apartado en las ciencias no aparece de chiste ni se manifiesta, de entrada, en forma de decisiones académicas. No empieza cuando hay que designar carrera y ni siquiera cuando toca optar por un bachillerato u otro. Empieza ayer, mucho ayer, en edades en las que aún no se deje de afición pero sí de autoestima, de expectativas y de la idea —a veces invisible— de quién encaja y quién no en determinados ámbitos del conocimiento.. La evidencia científica lleva abriles señalando ese punto de inflexión. A partir de los seis u ocho abriles, muchas niñas comienzan a percibirse a sí mismas como menos capaces para las ciencias, especialmente para aquellas disciplinas asociadas al esfuerzo intelectual, la conceptualización o el error. No es una cuestión de resultados académicos —ya que las niñas suelen rendir igual o mejor—, sino de cómo interpretan esos resultados y de lo que esperan de sí mismas.. “Lo que muestran los estudios es que, a partir de esa edad, muchas niñas empiezan a pensar que no son lo suficientemente inteligentes para determinadas áreas, especialmente las matemáticas y las ingenierías”, explica Silvia Rueda, coordinadora del software Girls4STEM. “A eso se suma una idea muy arraigada socialmente: que la ciencia es difícil, que es solo para personas brillantes y que equivocarse es una señal de que no vales. Esa combinación genera una ansiedad enorme, que en las niñas es mayor que en los niños, y hace que se vayan alejando de esos ámbitos incluso antes de planteárselos como una opción real”.. Jóvenes adolescentes llevan a parte un prueba de química pegado a su profesora.Unaihuiziphotography (Getty Images). Ese alejamiento temprano no suele ser consciente. No hay una renuncia explícita, sino un exclusión silencioso que se va consolidando con el tiempo. Cuando llega el momento de designar, muchas decisiones ya están tomadas sin haberse verbalizado nunca.. Desde la experiencia institucional, Alicia Izquierdo, concejala del Ayuntamiento de Málaga y responsable del tesina Leadingirls, lo observa con claridad en el trabajo con adolescentes: “Las niñas tienen un nivel de autoexigencia mucho más alto. Cuando se enfrentan por primera vez a una asignatura científica y no les sale perfecta a la primera, tienden a interpretar que no son buenas en eso. Los chicos, en cambio, suelen tolerar mejor el error y continúan”, señala la munícipe, que todavía es ingeniera de Telecomunicaciones. “Por eso insistimos tanto en que el problema no es la falta de interés, sino cómo interiorizan el fallo y cómo se les ha enseñado a leerlo”.. Ese mecanismo explica por qué muchas chicas se sienten más cómodas en disciplinas donde el propósito es inmediato y visible, como las ciencias de la vitalidad o el ámbito social, y más ajenas a otras áreas científicas o tecnológicas cuyo impacto cuesta más identificar a primera panorámica. No porque no les atraigan, sino porque no encuentran en ellas un emplazamiento en el que reconocerse.. “Cuando no ves a nadie que se parezca a ti, que tenga una vida normal y que se dedique a esto, es muy difícil imaginarte ahí”, apunta Rueda. “Si los únicos referentes que aparecen son figuras extraordinarias, casi míticas, el mensaje implícito es: ella sí, pero tú no. Por eso es tan importante llegar antes de que esa idea se solidifique y poner delante referentes reales, cercanos, personas normales que hacen ciencia y tecnología en su día a día”.. La brecha, por consiguiente, no se construye solo con estereotipos explícitos, sino con pequeños mensajes acumulados: quién levanta la mano en clase, a quién se anima a seguir insistiendo, cómo se explica el error o qué modelos se visibilizan y cuáles no. Cuando esas señales se repiten, el beneficio de votación se estrecha sin que nadie lo perciba.. “Si las niñas y los niños crecieran sin esos prejuicios y sesgos, lo lógico sería que encontráramos una distribución mucho más equilibrada en las profesiones científicas y tecnológicas”, resume Rueda. “No se trata de imponer vocaciones, sino de eliminar las barreras que hacen que muchas niñas ni siquiera se planteen esas opciones como posibles”.. Percibir la magnitud del problema pasa, en cualquier caso, por comprender que no se prostitución de una percepción aislada ni de un problema nave. A escalera universal, las mujeres representan solo cerca de de un tercio del personal investigador y aproximadamente una chale parte de los empleos STEM en los países más industrializados. La brecha no es anecdótica ni estructural, y se reproduce con patrones muy similares en contextos distintos. Cuando una pupila empieza a dudar de si la ciencia es para ella, no lo hace en el malogrado, sino adentro de un sistema que lleva décadas empujando en la misma dirección.. El poder de los referentes (y por qué Marie Curie no pespunte). La importancia de ascender a tiempo explica todavía por qué muchas de las iniciativas que tratan de aminorar la brecha de apartado en la ciencia ponen el foco no tanto en los contenidos como en las personas. En mostrar quién está detrás de la albornoz, del cálculo o del laboratorio. No se prostitución solo de explicar qué es la ciencia, sino quién puede hacerla hoy, porque la partida de referentes no es neutra: todavía educa, aunque sea en silencio.. “Cuando una niña entrevista a una científica, cambia la mirada”, esgrime Rueda. “Deja de ver la ciencia como algo abstracto o inaccesible y empieza a entender que hay personas normales y corrientes que se dedican a esto; mujeres que tienen una vida parecida a la suya, con aficiones, dudas y trayectorias no lineales. Eso rompe de golpe muchas ideas preconcebidas”. En el caso de Girls4STEM, ese contacto no es pasivo: son las propias alumnas quienes preparan las preguntas, investigan previamente el perfil de la profesional que van a conocer y construyen luego un relato sobre su trabajo. “No es una charla que escuchan y olvidan al día siguiente. Es un proceso que se alarga en el aula y que implica también al profesorado y a las familias”, explica.. Aquí, la diferencia entre escuchar y participar es esencia. No solo para suscitar interés, sino para cambiar la forma en que las niñas se relacionan con el error, con la dificultad y con la idea de excelencia. “Si el único modelo que conocen es el de la científica excepcional, la que parece haber nacido sabiendo, el mensaje implícito es muy excluyente”, apunta Rueda. “En cambio, cuando conocen a alguien que les cuenta que dudó, que se equivocó, que no lo tuvo claro desde el principio, la ciencia deja de parecer un club reservado para unas pocas”.. Ese mismo enfoque es el que inspira Leadingirls, el software impulsado desde el Ayuntamiento de Málaga que conecta a chicas de secundaria, bachillerato y formación profesional con empresas y profesionales del ámbito tecnológico y irrefutable. Desde esa experiencia, Izquierdo insiste en que el problema no es la desidia de capacidad, sino la dificultad para identificar el sentido de determinadas disciplinas: “Muchas chicas se mueven por propósito. Necesitan ver para qué sirve lo que están aprendiendo, qué impacto real tiene en la vida de las personas”, explica. “La tecnología y la investigación se han contado durante mucho tiempo como algo frío, abstracto e incluso aislado de la sociedad. Y eso aleja”.. En los talleres de Leadingirls, ese propósito se hace visible a través de ejemplos concretos, desde ciberseguridad hasta inteligencia industrial, robótica, efectividad potencial o plan tecnológico. “Cuando entienden que la tecnología mejora la vida de las personas, que tiene una aplicación social clara, el interés aparece”, señala Izquierdo. “Y también es importante que vean que no tienen que renunciar a ninguna parte de su identidad para dedicarse a esto. Que se puede ser científica, ingeniera o tecnóloga sin dejar de ser quien eres”.. La cercanía, el contexto y la riqueza de los modelos que sirven como referentes importan tanto como los contenidos. Porque, ayer de designar qué estudiar, muchas niñas ya han aprendido a cerrar opciones. Y revertir ese exclusión temprano pasa, en gran medida, por ampliar el imaginario de lo posible. No diciéndoles qué deben ser, sino mostrándoles todo lo que podrían ascender a ser. Mostrar quién hace ciencia hoy y cómo lo hace no garantiza elecciones futuras, pero sí evita descartes tempranos. Y eso, cuando hablamos de brecha de apartado, ya es mucho.. Una novato doble en ciberseguridad, pegado a unos servidores informáticos.Tetra Images (Getty Images/Tetra images RF). Cuando la tecnología todavía va de cuidar. Una de las razones por las que muchas chicas se alejan de la tecnología tiene menos que ver con la dificultad existente de estas disciplinas que con la imagen que se proyecta de ellas. Durante abriles, profesiones como la informática, la ciberseguridad o la ingeniería se han contado desde un imaginario ceñido: solitarias, frías, abstractas o desconectadas de la vida cotidiana. Un relato que no solo es inexacto, sino que deja fuera a quienes buscan en su trabajo un sentido social claro.. “Durante mucho tiempo, la ciberseguridad se ha contado muy mal”, explica Ángela García, técnica del teléfono 017 del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE). “Se ha asociado a la figura del encapuchado vestido de negro, encerrado en su cuarto, sin vida social. ¿Cómo van a imaginarse ahí las niñas cuando sean mayores?”. La efectividad, subraya, es muy distinta. “La ciberseguridad va de ayudar, de prevenir, de proteger a las personas que están al otro lado de la pantalla. Cuando entienden eso, el interés aparece de forma natural”.. Esa idea conecta directamente con lo que observan muchas de las iniciativas educativas centradas en vocaciones STEM: no es que falte curiosidad, sino jerga. Falta explicar para qué sirve la tecnología y a quién beneficia. En el servicio Tu Ayuda en Ciberseguridad, recuerda García, esa dimensión humana es central: “No solo resolvemos incidentes técnicos, sino que acompañamos, orientamos y nos ponemos en el lugar del usuario. Muchas veces el problema no es la tecnología, sino si la persona va a entenderla y utilizarla correctamente. Esa mirada marca la diferencia”.. También su propio itinerario profesional ayuda a desmontar estereotipos. “Siempre me gustaron las matemáticas, pero también necesitaba desarrollar una parte creativa. Durante mucho tiempo pensé que, al especializarme en ciberseguridad, estaba renunciando a eso”, cuenta. Y terminó por descubrir calibrado lo contrario: un campo en el que conviven rigor, exploración, razonamiento y creatividad, y en el que no hay una única forma de encajar.. Ese mensaje —que la tecnología no es una caja cerrada ni un país reservado— resulta especialmente relevante en edades tempranas, cuando muchas niñas empiezan a preguntarse, como Mariana, si aquello que les despierta curiosidad “es lo suyo” o no. “La inseguridad no es una señal de que no valgan”, insiste García. “Es normal. La curiosidad ya es un punto de partida enorme. Y aquí también hay sitio para ellas”.. Cuando ascender no pespunte. Las cifras no solo describen una brecha persistente; todavía explican por qué cuesta cerrarla. Por ejemplo, aunque la presencia de mujeres en la universidad ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas, ese avance no se traduce de guisa cibernética en una decano representación en las áreas STEM más tecnológicas ni en los niveles más altos del sistema irrefutable. A medida que se avanza en la carrera investigadora o profesional, la proporción femenina se reduce, especialmente en los espacios donde se concentran el poder, el examen y la toma de decisiones.. Estos desequilibrios no solo tienen que ver con cuántas llegan, sino con qué ocurre cuando lo hacen. A ese aberración se lo conoce como Efecto Matilda: la tendencia histórica —y persistente— a invisibilizar, minimizar o atribuir a otros los logros de las mujeres científicas. No es un problema del pasado sino un sesgo que, según numerosos estudios, sigue presente en ámbitos como la autoría de artículos científicos, el llegada a financiación o el examen del mérito. Llegar no siempre significa ser panorámica; destacar no siempre garantiza ser reconocida.. Esa cara menos visible del sistema irrefutable es todavía la que retrata el documental Picture a Scientist, que pone el foco en las barreras que muchas investigadoras encuentran a lo grande de su carrera: desde la discriminación cotidiana hasta el acoso o la penalización por desbordar de los moldes establecidos. Su impacto fue precisamente ese: desmontar la idea de una meritocracia equitativo y mostrar cómo la desigualdad se reproduce incluso en entornos que se perciben como objetivos.. La brecha, en definitiva, no se cierra solo despertando vocaciones; todavía exige revisar las reglas del coyuntura cuando esas vocaciones llegan, crecen y reclaman espacio. Porque el talento está ahí desde el principio; lo que sigue fallando es el sistema que decide cuánto vale y hasta dónde puede ascender.. Formaciones recomendadas. Grado en Ingeniería Informática (VIU). Grado en Matemática Computacional (UNIR). Máster en Didáctica de las Matemáticas (Educa). Máster en Ingeniería Biomédica (Educa). Máster en Ingeniería de Sistemas Automáticos y Robóticos (Educa). Máster en Ingeniería de Sistemas de Decisión (Euroinnova). Máster en Ingeniería Matemática (Euroinnova). Máster en Investigación e Innovación Científica (Euroinnova)

 

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