No empieza con una explosión, empieza con un regreso. Roman Carruthers viaja a Jefferson Run, la ciudad que dejó atrás, en El rey de las cenizas, el nuevo libro de S. A. Cosby, para salvar el negocio familiar y, sin saberlo, enfrentarse a los problemas que nunca resolvió. Es un movimiento clásico de la literatura norteamericana, sí, pero Cosby lo lleva a un terreno más oscuro: el de la herencia emocional, la culpa y la violencia como legado. Seguir leyendo
Como en gran parte de su obra, S. A. Cosby centra su nueva novela en la masculinidad y su relación con el silencio emocional. «En la sociedad americana, te obligan a ser fuerte, a ser duro, y a no mostrar debilidad».
No empieza con una explosión, sino con un retorno. En El rey de las cenizas, la nueva novela de S. A. Cosby, Roman Carruthers regresa a Jefferson Run, la ciudad que dejó atrás, para salvar el negocio familiar y, sin saberlo, enfrentarse a todo lo que nunca resolvió. Es un movimiento clásico de la literatura norteamericana, sí, pero Cosby lo lleva a un terreno más oscuro: el de la herencia emocional, la culpa y la violencia como legado. El corazón simbólico de la novela es un crematorio, un escenario tan insólito como profundamente coherente con el universo del autor. Cosby no lo eligió al azar. «Trabajé en el servicio funerario aquí en Estados Unidos. Sólo era ayudante, pero he estado rodeado de todo eso, llámese como se llame». Hay una fascinación que es a la vez poética y narrativa: «No es sólo destrucción, sino cambio y recuperación». El fuego también funciona como herramienta criminal, pero sobre todo como medida moral: «Quería mostrar hasta dónde está dispuesto a llegar el protagonista, Roman, para salvar a su familia». Roman es sin duda el protagonista más engañoso de Cosby. No es físicamente imponente, no responde al arquetipo del «tipo duro» de sus novelas anteriores. «Quería escribir un personaje con futuro, inteligente, dirigido», explica el autor. Roman es alguien que ha triunfado materialmente pero «está roto por dentro». El vacío tiene un origen claro: «Su madre desapareció cuando él era adolescente y hay un enorme sentimiento de culpa, de pérdida, de dolor que intenta llenar ganando todo el dinero que puede». La ambición no es aquí una vía de escape, sino otra forma de negación. Este dolor no resuelto atraviesa toda la novela y se manifiesta en la imposibilidad de escapar de su ciudad de origen. «Es un lugar difícil de abandonar, pero aún más difícil de dejar atrás», dice Cosby. Volver significa enfrentarse a una infancia traumática, a una reputación familiar marcada por la sospecha y a secretos que nadie ha sabido nombrar. La tragedia no nace de un gran error, sino de una acumulación de silencio. Como en gran parte de su obra, Cosby se centra en la masculinidad y su relación con el silencio emocional. «Especialmente en la sociedad estadounidense, te obligan a ser fuerte, a ser duro, a no mostrar debilidad», afirma. El resultado es una generación de hombres incapaces de verbalizar el dolor: «No eran malos hombres, no eran malas personas, pero no tenían las herramientas para articular lo que sentían, así que a veces simplemente actuaban». Frente a ellos, el personaje de Neveah encarna otra posibilidad: la de nombrar el conflicto y apoyar a la familia cuando todo amenaza con desmoronarse. . La violencia, en ese contexto, nunca es ornamental. Cosby afirma: «Siempre intento que la violencia importe». No es gratuita ni espectacular, sino consecuencia de decisiones morales extremas. En El rey de las cenizas, cada acto violento empuja a Roman un paso más lejos de sí mismo, hasta que la novela se convierte en una tragedia moderna. «Éste ha sido el primer libro que no me ha hecho sentir triunfante al final», confiesa. «Las últimas 30 páginas son probablemente las más difíciles que he escrito en mi vida». «La nostalgia confederada es una gilipollez. El sur no se rebeló para luchar por su libertad, sino porque no quería renunciar a sus esclavos». Ese pesimismo conecta con una visión crítica de los Estados Unidos contemporáneos. Jefferson Run no es sólo un escenario, sino «la manifestación física de la mentira del sueño americano». Una ciudad real, explica Cosby, destruida por la desindustrialización, donde la promesa de que el esfuerzo garantiza una vida digna se revela falsa. «La América que imaginas sólo existe para algunas personas», afirma. Gentificación, abandono institucional y violencia aparecen como síntomas de una misma fractura. Cosby escribe desde el sur y contra su crítica, en medio de un contexto convulso para Estados Unidos. «Es una mierda», dice sobre la nostalgia confederada. «El sur no se rebeló porque luchaba por la libertad. El sur se rebeló porque no quería renunciar a sus esclavos». Como escritor negro sureño, reivindica el derecho a contar ese territorio sin edulcorar: «Este lugar nos pertenece igual que al resto». El reconocimiento internacional de Stephen King a Barack Obam- no ha alterado su brújula. «Es simplemente surrealista», dice. Para alguien que creció en la pobreza, ese apoyo es motivo de orgullo, no de complacencia. Afirma que lo único que busca es que sus historias gusten. Tampoco tiene en cuenta su acogida fuera de Estados Unidos. En España, donde no es la primera vez que publica pero sigue siendo un autor por descubrir para el público, Cosby se muestra curioso y cauto: «Siempre me sorprende que alguien de fuera de Estados Unidos llegue a mis libros». Lo que tiene claro es lo que quiere dejar en quien lo lea. En el fondo, El rey de las cenizas no trabaja sin una convicción básica: el problema no es la ausencia de amor, sino la incapacidad de expresarlo. «Puedes querer a alguien, querer a tu familia, pero si no te comunicas con ellos es un amor perdido», añade. Una verdad elemental, incómoda y devastadora, tan básica y tan complicada.
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