Una batalla tras otra ha recibido el premio a mejor película del año y el de mejor director en los premios Oscar 2026 y se ha consagrado como la triunfadora del año. En total ha recibido seis premios.. Seguir leyendo
Los premios Oscar 2026 han consagrado a Una batalla tras otra, aunque han concedido premios importantes a Los pecadores (Sinners) y Frankenstein. La española Sirat se queda sin premio
La redención de Paul Thomas Anderson gracias a Una batalla tras otra, la sorpresa de récord de Los pecadores (Sinners) o la más triunfal de las derrotas de Sirat. Que cada uno elija su propia aventura. La publicación número 98 de los premios Oscar cumplió con lo esperado y, de la mano de una ropa mortecina y despolitizada hasta la vergüenza, otorgó a cada uno lo suyo, dejando a todo el mundo tan contento como moderadamente orgulloso.. Primero, Hollywood exorcizó el olvidó histórico al que somete a Paul Thomas Anderson, el más admirado de sus alumnos desde que hace 28 abriles le nominara por primera vez por Boggie Nights.. Segundo, ese mismo Hollywood, siempre empeñado en encontrar la piedra filosofal de un cine de autor capaz de ascender al más amplio de los públicos, honró a la fortuna de la temporada con 16 nominaciones a los Oscar 2026 que no es otra que el director Ryan Coogler, autor de la más sorprendente y alegre película de vampiros de ningún modo rodada.. Y tercero, Sirat no ganó frente a la niveladora de Valor sentimental, ni Laia Casanovas, Yasmina Praderas y Amanda Villavieja –que perdieron frente a la ruidosa F1– hicieron historia como el primer equipo de sonidistas íntegramente formado por mujeres. Pero ahí quedó su marca, su educación y su voluntad explosiva. Para siempre.. Digamos que, a su modo, Una batalla tras otra tiene mucho de punto de arribada, de recapitulación de una filmografía entera siempre tan cerca de la tragedia como del más tarambana disparate. El destino, la casualidad o la deducción, según se mire, ha hecho que la aclimatación de la neurótica, desquiciada e imprevisible novelística Vineland de Thomas Pynchon haya sido estrenada en el momento más neurótico, desquiciado e imprevisible de los últimos tiempos. Es aseverar, la película llega a tiempo y lo hace con aspecto de manifiesto. Y por ello o por lo que sea, era el momento de pagar culpas, perdonar olvidos y ojear lo obvio.. Paul Thomas Anderson y su película no solo ganaron en los Oscar 2026, sino que hasta curaron una vieja y profunda herida. Que Una batalla tras otra, encima, sea una sátira esencialmente política que retrata la paranoia de una extrema derecha racista, xenófoba y conspiranoica no hace más que sumar el don de la oportunidad a un palmarés adaptado. Eso sí, todo ello enmarcado en la pavorosa contradicción de una ropa incomprensiblemente blanca, apolítica y hasta cargante.Solo Javier Bardem con un terminante «No a la guerra» se atrevió a romper el estruendoso silencio por falta cómplice de todos. Triste.. Pero a lo que íbamos, ocho veces hasta este año había sido nominado Paul Thomas Anderson de forma directa en calidad de argumentista o director. Tres de sus películas anteriores a Una batalla tras otra habían entrado encima en la final como mejor producción del año. Y pese a ello, pese a la clamorosa unanimidad que concita a su paso cada uno de sus trabajos, las vitrinas de su casa en el Valle de San Fernando de California lucían ordenadas y, lo más visible, completamente limpias de polvo y de Oscar alguno. Hasta la amanecida del domingo. Desde mucho antiguamente de los Globos de Oro, todo parecía indicar que era el momento de que Hollywood saldará sus cuentas pendientes con el postrer gran heredero de la tradición más genuinamente saco. Desde el arte eléctrico de sus primeros trabajos a la contención expresiva y siempre dinámica de las películas posteriores a Pozos de avidez (2007), su cine se ha caracterizado por ser un compendio, ampliación y crítica de la mejor tradición de narradores de los traumas de la sociedad estadounidense desde los abriles 70 a ahora mismo. Discípulo del caos orgánico de Robert Altman y siempre muy cerca de los laberintos psicológicos de unos personajes ‘scorsesianos’ por obsesivos y coléricos, su cine se ha empeñado de forma tenaz en radiografiar cada una de las contradicciones de un capitalismo esencialmente cruel y, en propósito, contradictorio.. Para Una batalla tras otra fueron en total seis premios Oscar. Y buena parte de ellas vinieron acompañadas de nueva. Se llevó el primer Oscar de la historia en la categoría de casting para Cassandra Kulukundis, cuando todo indicaba que el privilegiado era Los pecadores, y Sean Penn honró el que es su tercer Oscar con su ritual y sonora marcha. Nunca va. Era uno de los premios seguros y morapio de la mano de una segura no presencia. Cuando llegó el premio al guion adaptado, Paul Thomas Anderson brilló. «Siento el desastre de mundo que os dejamos», dijo en relato a sus hijos «Sois la generación destinada a cambiarlo», concluyó en la que se antoja otra forma de contar la película. Luego llegaron el montaje para Andy Jurgensen y los demás: director y película. Hollywood se hizo perdonar por fin.. Y no allí de Paul Thomas Anderson, Los pecadores (Sinners), de Ryan Coogler. Sus cuatro Oscar sobre 16 posibilidades la convierten en puridad en la auténtica protagonista si no de la ropa ni de la publicación 98 de los Oscar, sí de la temporada. Desde su estreno, la reinvención del cine de vampiros que su director completa desde una leída tan íntima como contagiosa del alma misma del blues, del blues del Delta, no ha hecho otra cosa que quebrantar expectativas. Sin cumplir el bautizo de festival alguno y sin grandes alardes publicitarios, la película fue arrojada a la cartelera con poca o ninguna fe por parte de su productora. Pero la evidencia de un cine tan íntimo como espectacular, tétrico cuando quiere y siempre radiante por falta, se impuso. Como se impuso su protagonista en papel doble Michael B. Jordan. Como se impuso la deslumbrante lado sonora de Ludwig Göransson en el que es su tercer y merecidísimo Oscar. Como se volvió a imponer la fotografía tenebrista de Autumn Durald Arkapaw, la primera mujer en imponerse en esta categoría. La pertinente y hasta necesaria memoria de las víctimas del racismo en tiempos de revival antiinmigración racista hizo el resto. Con Los pecadores, su director completa un círculo virtuoso que va desde la creación furiosamente independiente de Fruitvale Station al blockbuster de Black Panther hasta ascender a la perfecta confluencia de una visión personal para la más amplia de las audiencias, una película única con, ya se ha dicho, el récord de nominaciones hasta la momento.. De los premios importantes, los gordos, los recordados, solo uno se escapó al dictado de las batallas y los vampiros y fue, cómo no, Jessie Buckley por su demoledor derroche desde cualquier punto de panorama en Hamnet, de Chloé Zhao. Era tan evidente el premio que el tiempo sobre el ambiente de la actriz se vivió no como una sorpresa sino como un prólogo al premio final, que era que, en propósito, la ceremonia acababa por fin. Acababa la ropa y la larguísima y pesadísima temporda de premios.. Fiel a los pronósticos, las quinielas y las casas de apuestas, todo a la vez, Frankenstein, de Guillermo del Toro, se hizo con casi todos los premios que señalan al cine como creador de sombra y sueño, como trampantojo, ilusión y maravilla. Desde el diseño de producción de Tamar Deverell y Shane Vieau, al maquillaje y peluquería de Mike Hill, Jordan Samuel y Cliona Furey pasado por el vestuario de Kate Hawley, todo fue suyo en la perfecta construcción del monstruo. Le faltaron los bienes especiales, pero, de momento, ese sigue siendo patrimonio exclusivo del equipo de Avatar: Fuego y ceniza, de James Cameron, encabezado por Joe Letteri, Richard Baneham, Eric Saindom y Daniel Barrett.. Por lo demás, que Amy Madigan (o, mejor y para siempre, la tía Gladys) se llevara el premio como mejor actriz de reparto por su estridente y bello trabajo en Weapons, de Zach Cregger, resultó, como poco, emocionante. Y una bonita sorpresa con la que la incertidumbre tuvo a acertadamente despuntar. Fue nominada en 1985 por La vida puede continuar, de Bud Yorkin, cuando se negó a aplaudir a Elia Kazan por su feo papel de delator, y ha hato 40 abriles luego con su terrorífico, icónico y muy virulento papel cara blanca en la otra película de terror de la incertidumbre. Por lo demás, que el premio al mejor cortometraje documental lo compartieran en igualada The singers y Two People Exchanging Saliva recordó que lo raro no es solo cosa de los Goya. Es más, es la sexta vez que sucede. Por lo demás, que Las guerreras k-pop, de Chris Appelhans y Maggie Kang, ganarán como película animada del año y por la canción Golden son cosas que pasan. Por lo demás, que Barbra Streisand le cantara a Robert Redford fue bello. Extraño, pero bello. Por lo demás, ¡qué turrón de ceremonia!. La insistencia en los chistes pensados casi exclusivamente para ser retuiteados, la constante llamamiento al sentimentalismo en cualesquiera de sus formas o los diálogos inapetentes a dúo adaptado antiguamente de la entrega de cada Oscar hicieron que la ropa se debatiera entre lo cursi y lo cargante sin opciones intermedias. Llama la atención que una nómina de nominados envenenada de denuncia legítima contra el racismo, la chovinismo, la dictadura o sencillamente la refriega, escasamente diera para unos discursos de agradecimiento descafeinados, sosos y, lo peor, temerosos de no se sabe exactamente quién. ¿O sí se sabe? Solo el equipo del documental Mr. Nobody contra Putin, de los checos David Borenstein y Pavel Ilyich Talankin, se atrevió a susurrar contra las oligarquías que secuestran la democracia, contra la deriva autoritaria de según que gobiernos… pero, claro, era Putin, que no, por ejemplo, Trump. Menos mal que nos queda Javier Bardem.
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