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  Cultura  Verónica Echegui, hasta el último aliento
Cultura

Verónica Echegui, hasta el último aliento

25 de agosto de 2025
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Su último trabajo se titula A muerte y, contra lo que pudiera parecer por el título absurdamente premonitorio, era una comedia romántica. Pero no una cualquiera. En verdad, la serie de Dani de la Orden se hacía fuerte en los contrastes, en la paradoja de una risa que se hiela en el momento exacto en el que es imposible distinguir una carcajada de un abismo. De la mano de Joan Amargós, Verónica Echegui conseguía una vez más su especialidad como creadora, como intérprete, como actriz enamorada de los precipicios. Se trataba de emocionar, pero desde ese espacio consciente y plenamente iluminado que acompaña a la reflexión. Verónica Echegui era una actriz trágica, desmedida y furiosa, pero con una mirada transparente que, a poco que uno se despistara, hacía sonreír. De puro desaliento, de purísima tristeza o de simple placer. Fue un filósofo, que no un comediante, el que dijo aquello de que reír ayuda a pensar desde lo alto. La risa pone distancia con los hechos y, a su modo, los desnuda en toda su crudeza por la irrenunciable vocación al ridículo o, dado el caso, a la crueldad que siempre secunda a la realidad. La realidad es demasiado absurda para tomársela en serio. Y ahora mismo, más. Infinitamente más.. Seguir leyendo

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La actriz labró una carrera tan coherente como arriesgada y siempre entregada hasta más allá de lo razonable

  

Su último trabajo se titula A muerte y, contra lo que pudiera parecer por el título absurdamente premonitorio, era una comedia romántica. Pero no una cualquiera. En verdad, la serie de Dani de la Orden se hacía fuerte en los contrastes, en la paradoja de una risa que se hiela en el momento exacto en el que es imposible distinguir una carcajada de un abismo. De la mano de Joan Amargós, Verónica Echegui conseguía una vez más su especialidad como creadora, como intérprete, como actriz enamorada de los precipicios. Se trataba de emocionar, pero desde ese espacio consciente y plenamente iluminado que acompaña a la reflexión. Verónica Echegui era una actriz trágica, desmedida y furiosa, pero con una mirada transparente que, a poco que uno se despistara, hacía sonreír. De puro desaliento, de purísima tristeza o de simple placer. Fue un filósofo, que no un comediante, el que dijo aquello de que reír ayuda a pensar desde lo alto. La risa pone distancia con los hechos y, a su modo, los desnuda en toda su crudeza por la irrenunciable vocación al ridículo o, dado el caso, a la crueldad que siempre secunda a la realidad. La realidad es demasiado absurda para tomársela en serio. Y ahora mismo, más. Infinitamente más.. En una de las últimas entrevistas que concedió con el mismo espíritu con el que actuaba, hasta el último aliento, Verónica se reconocía más mayor, más madura, más consciente, más Verónica. «Recuerdo haber escuchado a Carmen Maura decir que lo mejor es no tener expectativas e ir día a día. Mi caso siempre ha sido el contrario. Desde pequeña lo quería todo y mi meta era ser la mejor actriz del planeta y ganar un Oscar. Con el tiempo he ido ganando en humildad. Es una carrera complicada y ya sólo el hecho de trabajar es todo un arte. Había idealizado eso del cine. Mi pasión ahora mismo es actuar y contar historias», decía como el que confiesa el mayor de los secretos. No es que hubiera renunciado a nada. Al revés, simplemente se aceptaba con todas las consecuencias, que, a su modo, es la manera más olímpica, sana y plena de quererlo todo. Su muerte, tan joven, tan salvaje y tan perfecta, dota a sus palabras de un nuevo sentido. Más profundo, más Verónica.. Repasar su filmografía se antoja un ejercicio de riesgo. Desde el primer fotograma en Soy la Juani (2006), donde Bigas Luna (otra vez él) la descubría al mundo pura y poligonera, hasta el último enamorada del infortunio propio y ajena en A muerte, ella siempre estuvo ahí entregada a romper el equilibrio. Cuando debutó como guionista y directora en el cortometraje Tótem Loba quedó confirmado que su actitud ante la cámara era exactamente la misma que detrás de ella. Aquella era una película ajena a cualquier amago de descanso, siempre al límite de todas las fuerzas. La historia de una joven en las fiestas de un pueblo navegaba en lo que se tardaba en parpadear entre el estruendo divertido a un paso de la algarabía y el grito ahogado, mudo y terrible. Era celebración y pura pesadilla. Comedia y terror. Y lo era sin solución de continuidad y sin apenas un instante de duda. Se diría que pocos de sus trabajos definen tan bien y de manera tan justa a Verónica, a la Verónica actriz, a la Verónica excesiva de Explota, explota (Nacho Álvarez, 2020) y a la Verónica introspectiva, rebelde y misteriosa de Katmandú, un espejo en el cielo (Icíar Bollaín, 2011). De un extremo a otro, hasta el último aliento, en el momento exacto en el que una sonrisa anuncia la mayor de las tragedias.. Verónica se enorgullecía de ser lo que quería ser. Y no tanto por despecho o soberbia como por pura coherencia, por pura Verónica. Se negaba a sentirse víctima de nada. «Tengo claro que las carreras se eligen. Me llegan proyectos y decides el que quieres hacer», decía por aquello de dejarse a sí misma antes que a los demás las cosas claras. En el mismo año era capaz de entregarse al riesgo sin red del cine crudo de L’Ofrena (Ventura Durall, 2020) y a la ironía desbocada y también libre de prejuicios de Orígenes secretos (David Galán Galindo, 2020). Y todo ello plenamente consciente de la divertida seriedad de todo, de la responsabilidad de su trabajo. «El audiovisual está ahí para entretener. Pero puedes aprender gracias a él. Se quiera o no, el cine tiene una función educativa. Ofrece modelos. Y por ello es importante que retrate de manera justa todo el espectro de personajes de los que es capaz la sociedad. Durante mucho tiempo el cine ha retratado de forma sesgada la realidad femenina», comentaba comprometida, íntegra y, ya se ha dicho, perfecta.. La noticia llegó a los medios en la puerta de un cine, en la proyección para la prensa de una película de estreno cercano. Y ya nada tuvo sentido. Todo se antojó banal. La muerte lo unifica todo, todo lo vuelve irrelevante. Hasta el ritual cruel de los obituarios, los homenajes, los reconocimientos apresurados. Y sin embargo, el trabajo de Verónica Echegui, como ella misma, se resiste a ser laminado por las frases hechas. La visceralidad demostrada en películas como El patio de mi cárcel (Belén Macías, 2008) o el hieratismo resplandeciente e intenso de La mitad de Óscar (Manuel Martín Cuenca, 2010) o el dulce amargor de Seis puntos sobre Emma (Roberto Pérez Toledo, 2011) o el don de lenguas exhibido en El libro del amor (Analeine Cal y Mayor, 2022), hacen de ella la actriz que siempre se mantuvo a salvo. Da lo mismo la película, da lo mismo el juicio que ella mereciera, Verónica siempre merecía comentario por separado. Trágica, desmedida, furiosa, divertida, contradictoria, plena, perfecta. Hasta el último aliento.

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