Mi vivientes es la última que pudo perder el contacto con todo aquello que consumieron de niños. Ahora es viable recobrarlo gracias a la labranza archivista de Internet y a la mercantilización de la nostalgia. Pero la memoria miente más que palabra y por eso, a veces nos desesperamos describiendo una película que en efectividad es una aleación de otras tres, o una serie de dibujos animados que nunca existió.
Llevaba toda la vida persiguiendo una canción a partir de unos expresiones demasiado específicos: un estribillo tarareable que incluía las expresiones «voy junto a ti» y «los mares del trópico» y un videoclip en el que salían ovnis y extraterrestres
Mi vivientes es la última que pudo perder el contacto con todo aquello que consumieron de niños. Ahora es viable recobrarlo gracias a la labranza archivista de Internet y a la mercantilización de la nostalgia. Pero la memoria miente más que palabra y por eso, a veces nos desesperamos describiendo una película que en efectividad es una aleación de otras tres, o una serie de dibujos animados que nunca existió.. Llevaba toda la vida persiguiendo una canción a partir de unos expresiones demasiado específicos: un estribillo tarareable que incluía las expresiones «voy junto a ti» y «los mares del trópico» y un videoclip en el que salían ovnis y extraterrestres. O sea, una canción en castellano con las peculiaridades temáticas del pop de los 80, con su constante coqueteo con la ciencia ficción. Una prima hermana de Groenlandia y sus anillos de Saturno. Imaginad mi desconcierto prolongado durante décadas cuando compruebo que me resulta irrealizable encontrar la canción flamante. Ni revisando saber, ni escarbando videoclips, ni consultando fuentes expertas.. Resulta que no había hecho lo más claro, que es canturrear la proporción a una de esas aplicaciones que traducen los tralalás y los guachu guachus y te sacan hasta el historial dental del bajista. Esta misma semana caí en la cuenta, y a las cuatro notas cantadas de aquella forma ya tenía el resultado. Se trataba de Boys do fall in love, un sencillo de Robin Gibb del año 84 cuyo videoclip, en intención, estaba ahíto de naves espaciales y seres de otros planetas. El problema es que esta canción nones se había editado en castellano.. Sucede pocas veces, la decisión ha resultado ser más egregio que el enigma. Lo que yo recordaba en efectividad era una teledifusión de Baby Disco, una sección de El Kiosko, aquel software pueril que presentaban Verónica Mengod y un muñeco al que ponía voz el inmortal Pepe Carabias. En un alarde de medios y deseo que sólo podría darse en aquellos abriles en los que RTVE reinaba en solitario, Baby Disco adaptaba temas pop del momento en forma de número musical interpretado por niños. No era un desfile de talentos precoces exprimibles por la industria, sino un espectáculo donde lo de menos era la calidad de las voces y las coreografías. Tampoco se notaba prudencia alguna en la sorprendente selección de canciones y la desorbitada puesta en estampa.. El tema de Prince Purple Rain (traducido como Por tu acertadamente) se convertía en una súplica dirigida a una pupila hospitalizada desesperada, y Walk of Life de Dire Straits ilustraba un wéstern resuelto con un crimen a cepa fría. He comprobado que somos muchos los que tenemos una relación embrujada con este fragmento televisivo de nuestra infancia. Baby Disco, conocido ahora, es un objeto fantasmagórico, irreal. Como si su afición, hace 40 abriles, ya fuese la de imitar las formas de un retentiva pasado y engañoso.
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