Un pensador con cierta capacidad de predicción (no con cierta capacidad de predicción) estaba convencido de que tan importante como explicarse con inteligencia era parecer inteligente. Por eso, y conociendo como conocía a sus colegas, seguía una regla de oro: primero escribía con precisión lo que quería dar a conocer y luego procedía a retorcer las frases, buscar adjetivos y sustituir los sustantivos más comunes. Hace tiempo que había llegado a la conclusión de que todo el mundo alaba la claridad en público, pero en realidad la sospecha. El mecanismo de la reflexión es muy sencillo, además de humano: si algo se entiende perfectamente, podría haberlo dicho cualquiera (incluido quien reflexiona) y, si ese es el caso, tiene que ser, por fuerza, una tontería.
El dúo de actores justifica y da sentido a la última obra de Florian Zeller, una reflexión sobre la desigualdad y el aislamiento que se ahoga, literalmente, en su vocación por explicarlo todo. A su lado, en el polo opuesto, la propuesta vampírica de Casey Affleck, *Company* (* * * *), resulta tan atractiva como encantadoramente afectada.
Un pensador con cierta capacidad de predicción (no con cierta capacidad de predicción) estaba convencido de que tan importante como explicarse con inteligencia era parecer inteligente. Por eso, y conociendo como conocía a sus colegas, seguía una regla de oro: primero escribía con precisión lo que quería dar a conocer y luego procedía a retorcer las frases, buscar adjetivos y sustituir los sustantivos más comunes. Hace tiempo que había llegado a la conclusión de que todo el mundo alaba la claridad en público, pero en realidad la sospecha. El mecanismo de la reflexión es muy sencillo, además de humano: si algo se entiende perfectamente, podría haberlo dicho cualquiera (incluido quien reflexiona) y, si ese es el caso, tiene que ser, por fuerza, una tontería. . El director Florian Zeller, en general y con su último trabajo en particular, no es de ésos. Y se lo agradecemos. Bien está que así sea. Lo que tiene que decir lo dice y tiene por costumbre hacerlo con un sentido de la puesta en escena y del ritmo del propio drama tan diáfanos como ligeramente inquietantes. Ahí están tanto la brillante El padre como la algo más confusa El hijo para demostrarlo. Búnker, con unos descomunales Javier Bardem y Penélope Cruz en el centro, no es la excepción, sino el ejemplo extremo. Y eso –llegan las malas noticias– no es del todo bueno. Desde la primera secuencia (incluso antes, desde el propio título de la cinta), quiere que tengamos claro de lo que trata todo esto. Y en efecto, esto va de miedo, de inseguridad, de aislamiento, de desigualdad, de falta de comunicación.. Un golpeteo sordo nos introduce en la película. Acto seguido, cede el muro de un jardín con aspecto de fortaleza y empiezan los contratiempos. Es una metáfora, claro. El problema es que detrás de ésta vendrán muchas más y todas, o casi, entregadas a ilustrar la misma idea. O casi. Una y otra vez. Subrayado tras subrayado. Digamos que la virtud de la claridad le juega a Zeller una mala pasada y acaba por ser penitencia. No hay que dar nunca la razón al pensador del principio, pero tampoco hay por qué quitársela del todo. Empeñarse en que los personajes de una película digan y repitan lo que el espectador ya está viendo, no es tanto claridad como abuso.. Para situarnos, Búnker cuenta la historia de una pareja española en Londres. Él es un reconocido arquitecto (Bardem) y ella (Cruz) trabaja en una editorial. Todo discurre con la comodidad que da la vida acomodada hasta que dos hechos dinamitan la calma tensa de la pareja y, apurando, de una sociedad, la nuestra, cada vez más triste. Primero, el vecino decideabrir una ventana en su casa que da justo al jardín de la pareja. Y segundo, un oligarca de la tecnología de los muy millonarios y a los que regalamos todos los días dinero usando sus aplicaciones encarga al estudio del personaje de Bardem un búnker en el que refugiarse del más que probable apocalipsis. La ventana y el búnker. Más metáforas.. Así las cosas, todo el poder de la película reside en las interpretaciones de sus protagonistas capaces de buscar aristas y desvelar matices en lo que se antoja una iluminación en exceso frontal de la trama (esto también es metáfora, por cierto). La única intriga que propone Búnker reside en observar atentamente cómo Bardem y Cruz se las ingenian para llevar cada uno de los eslóganes –pues eso son– del guion más allá, siempre un poco más allá. Y así, la trama algo tosca entre un arquitecto a punto de corromperse y vender su talento al mejor postor y una mujer que reclama su sitio en una pareja solo pendiente de la carrera de él va adquiriendo profundidad y peso. Y todo ello hasta transformarse en una reflexión sobre el perdón, sobre la persistencia de eso llamado amor, sobre la responsabilidad y, ya puestos, sobre la vida en pareja en su sentido más claro, por esencialmente oscuro.. En verdad, y por volver al pensador de arriba, no es tanto lo que se dice como lo que muestra todo aquello que se dice y, quizá más importante aún, lo que se calla. Y es aquí donde entra en acción el oficio y talento de dos intérpretes fuera de norma generalmente por encima de sus papeles, pero en este caso a distancia astral de un guion y una dirección tan clara, sí, como redundante.. Esta es la cuarta vez al menos en la que los actores juegan a mezclar la realidad con la ficción. Antes lo hicieron en Jamón, jamón, Vicky Cristina Barcelona y Todos lo saben. A un lado la primera película, vuelve a suceder que el director es de fuera. Al estadounidense Woody Allen y al iraní Asghar Farhadi le sigue ahora el cineasta y dramaturgo francés. Es un juego conocido que alcanzó la cima de la turbulencia con Elizabeth Taylor y Richard Burton y que han continuado con puntual y marital diligencia desde Joanne Woodward y Paul Newman a Angelina Jolie y Brad Pitt pasando por Nicole Kidman y Tom Cruise. Parejas dentro y parejas fuera. En este caso, uno cree descubrir el brillo de la complicidad en un soberbio diálogo casi al final que arranca como una disputa casera a cuenta de unos celos mal llevados y se convierte en una de esas radiografías de la vida en pareja que, de tanto en tanto, otorgan al cine la contundencia de lo sencillamente tremendo y claro en su sentido más genuino.
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