Durante siglos, la riqueza de los países se medía por los recursos naturales que poseían. Más tarde, por su capacidad industrial. Después, por su acceso a la tecnología y al conocimiento. Hoy entramos en una nueva etapa: las naciones más prósperas serán aquellas capaces de generar más años de vida saludable para sus ciudadanos. Seguir leyendo
El patrimonio de los países también se medirá por su capacidad para generar más años de vida saludable
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Durante siglos, la riqueza de los países se medía por los recursos naturales que poseían. Más adelante, por su capacidad para producir bienes industriales. Después, por su acceso a la tecnología y al conocimiento. Hoy entramos en una nueva etapa: las naciones más prósperas serán aquellas capaces de generar más años de vida saludable para sus ciudadanos. Puede parecer una afirmación relacionada con la salud, pero en realidad es una cuestión económica. Cuando una sociedad vive más tiempo y goza de mejor salud, aumenta su productividad, reduce los costes asociados a la enfermedad, prolonga la vida laboral y refuerza la cohesión social. La salud ya no es exclusivamente una consecuencia del desarrollo económico, sino que se está convirtiendo en una de sus principales causas. Por lo tanto, resulta cada vez más difícil separar las políticas sanitarias de las políticas industriales, científicas o de competitividad. Cuando un país apuesta por la investigación biomédica, no se limita a financiar la búsqueda de nuevos medicamentos. Se trata de una inversión en uno de los elementos más importantes de cualquier economía moderna: la capacidad de las personas para hacer realidad plenamente sus proyectos de vida. Los grandes avances biomédicos de las últimas décadas han transformado enfermedades que antes suponían una sentencia de muerte en patologías compatibles con una vida plena. Detrás de cada innovación hay una historia humana: un paciente que se recupera, una familia que recupera la esperanza, una persona que gana años de autonomía o evita una discapacidad irreversible. Sin embargo, el debate público sigue abordando a menudo la innovación sanitaria desde una lógica puramente presupuestaria. Cuando la verdadera pregunta debería ser cuánto cuesta no contar con una innovación, nos preguntamos cuánto. ¿Cuál es el coste de un cáncer diagnosticado demasiado tarde? ¿Cuál es el impacto económico de una enfermedad neurodegenerativa que obliga a abandonar prematuramente el mercado laboral? ¿Qué beneficio supone para la sociedad que miles de personas puedan vivir de forma independiente durante años gracias a terapias de vanguardia? La innovación biomédica es una de las pocas inversiones capaces de generar beneficios simultáneamente en tres ámbitos: sanitario, social y económico. A nivel mundial, la innovación se ha convertido también en un factor estratégico. A medida que Estados Unidos y China aceleran sus inversiones en ciencia y tecnología, Europa corre el riesgo de perder posiciones en una carrera cuyo resultado determinará en gran medida la prosperidad futura del continente. Una apuesta estratégica. La cuestión ya no es solo dónde se descubrirá el próximo medicamento revolucionario. Se trata también de dónde se crearán los puestos de trabajo altamente cualificados, dónde se desarrollarán las capacidades industriales más avanzadas y dónde se concentrará el conocimiento científico que marcará las próximas décadas. España se encuentra en una posición privilegiada para desempeñar un papel relevante en esta transformación. Nuestro país lidera la investigación clínica en Europa, cuenta con un ecosistema científico de primer nivel y dispone de una industria farmacéutica innovadora que genera empleo, exportaciones y capacidad productiva. Pero las ventajas competitivas no son permanentes. Hay que potenciarlas. . La competencia internacional por atraer la investigación biomédica existe actualmente. Los proyectos, las inversiones y el talento fluyen hacia aquellos entornos que ofrecen estabilidad, previsibilidad y una visión estratégica a largo plazo. Por ello, es esencial crear marcos normativos que no solo garanticen la sostenibilidad de los sistemas sanitarios, sino que también promuevan la investigación, faciliten la incorporación de la innovación y refuercen la capacidad de Europa para competir en el nuevo escenario internacional. La historia económica demuestra que las naciones que lideran las grandes transformaciones tecnológicas son también las que generan los mayores niveles de bienestar. La revolución biomédica no será una excepción. . Al fin y al cabo, la pregunta que debemos plantearnos como sociedad no es cuánto estamos dispuestos a gastar en innovación sanitaria. La verdadera pregunta es qué futuro queremos construir. Porque la nueva riqueza de las naciones ya no se mide únicamente en términos de producto interior bruto, infraestructuras o capacidad industrial. También se mide en años de vida ganados, en calidad de vida recuperada y en oportunidades creadas para millones de personas. Y no hay inversión más rentable que esa. . Manuel Zafra es presidente de Merck en España.
