Mentir no siempre es malo, a pesar de la mala fama que tiene. Spinoza, por ejemplo, admitió que, para mantener el orden social, a veces es prudente recurrir al atajo que facilita una mentira como la religión —por lo tanto, piadosa— en lugar del camino tormentoso y largo que puede suponer para algunos el camino de la razón. La afirmación resulta algo condescendiente, pero no dista mucho de lo que Platón consideraba mentiras nobles para velar por el bien común dentro de la comunidad. Pero, en realidad, lo interesante de una mentira es muy básico: es el placer tenso que provoca la posibilidad de ser descubierto y, en el supuesto engañado, la explosión de alegría al desenmascarar al mentiroso. Ese es el sentido del thriller: anteponer al espectador un conjunto de espejos en los que la ficción, por definición un engaño, se convierte en el engaño de un engaño. Todo ello a la espera de que el propio espectador dé con la verdad de la mentira o la mentira de cualquier verdad. Suena laberíntico y, de hecho, de eso se trata: de perderse.
El director de «Comanchería» lleva a cabo otro atraco con recursos de infarto que se precipita hacia un final en el que quedan las moralejas.
Mentir no siempre es malo, a pesar de la mala fama que tiene. Spinoza, por ejemplo, admitió que, para mantener el orden social, a veces es prudente recurrir al atajo que facilita una mentira como la religión —por lo tanto, piadosa— en lugar del camino tormentoso y largo que puede suponer para algunos el camino de la razón. La afirmación resulta algo condescendiente, pero no dista mucho de lo que Platón consideraba mentiras nobles para velar por el bien común dentro de la comunidad. Pero, en realidad, lo interesante de una mentira es muy básico: es el placer tenso que provoca la posibilidad de ser descubierto y, en el supuesto engañado, la explosión de alegría al desenmascarar al mentiroso. Ese es el sentido del thriller: anteponer al espectador un conjunto de espejos en los que la ficción, por definición un engaño, se convierte en el engaño de un engaño. Todo ello a la espera de que el propio espectador dé con la verdad de la mentira o la mentira de cualquier verdad. Suena laberíntico y, de hecho, de eso se trata: de perderse. . El director David Mackenzie es un consumado experto en la materia. Tiempo atrás nos dejó helados (o con el culo torcido, que dicen por ahí) con Comanchería, un western febril de atracos más o menos perfectos, mucho polvo e infinidad de embustes. Quería que mordiéramos la bala y así lo hicimos. Lo que propone ahora en Cuenta atrás es una especie de revisión de su plan maestro. Hay menos ambiente de western y muchas más mentiras, pero las reglas son las mismas. Una bomba de la Segunda Guerra Mundial aparece en el centro de Londres. Detonarla exige vaciar una parte la ciudad. Es decir, pocos momentos tan propicios para robar lo inrobable. Pero para que las cosas salgan bien muchos tienen que ser los engañados. Pero muchos, empezando, claro está, por los propios espectadores.. A un ritmo entre acelerado y solo febril, Cuenta atrás avanza por la retina al galope. Aquí no respira nadie. La música de Tony Doogan guía los pasos a un montaje esencialmente robusto, cuando no demoledor. Mackenzie explota la rareza de una ciudad detenida en el asombro de su más íntimo vacío con una energía desusada. Digamos que la primera mitad de la cinta se antoja una de esas mentiras que, independientemente de su utilidad social, resultan imprescindibles. El problema viene luego, cuando el director, fiel a la poética de perdedores con estilo en la que milita su filmografía, ensaya un giro moral tan forzado como escandalosamente pueril. El olor a testosterona de garrafa acaba por malbaratar el más que deslumbrante arranque. Y así, la brillante mentira inicial queda al descubierto como simplemente eso: una simple mentira. Lo peor de una mentira es que lo parezca.. —. Director: David Mackenzie. Intérpretes: Aaron Taylor-Johnson, Theo James, Sam Worthington. Duración: 98 minutos. Nacionalidad: Reino Unido.
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