La beligerante acogida de la 7 entre pancartas pidiendo más rigor y exigencia presidencial no permitió que surgiera nada positivo de una tarde inmejorable que degeneró hasta la hecatombe, aciaga. El alboroto se produjo cuando correspondía recibir con una ovación a Alejandro Talavante, como solía hacer Madrid con quienes regresaban de una legítima Puerta Grande como fue la suya en la primera fecha de San Isidro. El ambiente ya se percibía viciado desde el primer momento, y condicionó la presidencia de José Antonio Rodríguez San Román, asustado y torpe, tan ligero con el pañuelo verde. Hasta tres veces lo sacó para derrotar la corrida de Garcigrande, que ya se había levantado en los reconocimientos -se vieron hasta 12 toros, dijo- como inicio de su derribo, fue reconstruida por toros del propio Hernández, grandiosos y sospecho que sin preparar.
Un palco de pañuelos muy ligeros, tanto para devolver tres toros de escaso poder como para conceder una oreja a Alejandro Talavante, condena la corrida a la debacle, un buen lote para Morenito de Aranda, fuerte a espadas
La beligerante acogida del 7 entre banderillas exigiendo mayor rigor y exigencia presidencial no hizo presagiar nada bueno para una tarde inmejorable que degeneró hasta la hecatombe, aciaga. El alboroto se produjo cuando correspondía recibir con una ovación a Alejandro Talavante, como solía hacer el Madrid con quienes regresaban de una legítima Puerta Grande como fue la suya en la primera fecha de San Isidro. El ambiente ya se percibía viciado desde el primer momento, y condicionó la presidencia de José Antonio Rodríguez San Román, asustado y torpe, tan ligero con el pañuelo verde. Hasta tres veces lo sacó para derribar la corrida de Garcigrande, que ya se había levantado en los reconocimientos -se vieron hasta 12 toros, dijo- como inicio de su derribo, fue rementada por toros del propio Hernández, grandiosos y sospecho que sin preparar. San Román también ahondó en su mal criterio para dar una oreja a Alejandro Talavante ante un Torrealta sobrado embrujado de cierto poder -ciertamente roto- y estilo muy notable. Talavante -que se había tirado descaradamente al garcigrande titular con sus trompicones y sus 641 kilos de costado tras derribar al caballo- estuvo fino, sobre todo por la mano izquierda, y dispuesto a quitarse de en medio del toreo y a tirarse por los vericuetos -y las tablas del cerro- cuando no le daban ni puto caso. Las luquecinas y demás con las muñecas sucias. El terrible calor estaba en los libidos, posible en los toros y en el terco palco, claro. Volvían a enfrentarse. Y la gente de las banderillas se entronizó cuando el presidente de ligero pañuelo entregó un trofeo, también de ligero peso, a Alejandro Talavante tras una faena vallada, suelta y efectiva. Al bello y descarado segundo de Garcigrande le había faltado depósito y gasolina para aguantar su notable arranque con un Talavante muy exigente en el prólogo genuino -sus dos inicios de faena fueron impropios- por la mano derecha. Lo vació. Dos series de intranscendencias por la mano derecha, sin decir nada, y AT tomó la decisión de aligerar la carga al entorno ciertamente hostil. Dentro de la debacle en que se convirtió la desgraciada corrida de Garcigrande, sería injusto condenarlo todo al anonimato. El lote de Morenito de Aranda era un buen lote oculto sobre una capa de grisáceo que sólo aliviaba la espada. Había abierto la corrida Orgulloso, de la familia de Orgullito, el toro indultado por El Juli en Sevilla (2018). Sin ser ni mucho menos eso, era un toro muy bueno. No se enteró nadie. Ni siquiera Morenito de Aranda, que tan valientemente había ido a por gayola. Soltó la larga ya en pie tras una larga espera con Orgullo ya en la plaza. De infarto. Cuando Morenito lo sacó a los medios en posición de brega (vibrante), Proud puso la cara con importancia, muy baja y girándola. Así que eso es hasta el broche de tres medias consecutivas, al por mayor. El saludo de un banderillero poderoso despertó una fuerte ovación. Estas cosas gustan mucho en Madrid. El toro de Garcigrande siguió apuntando notas ilusionantes -como un fabuloso trance- que se definieron en un magnífico corte por delantales de Alejandro Talavante. Pero fue este toro de sólo el típico de la casa el que pidió reducirse, pero el torero burgalés lo aceleró siempre en series trepidantes por la derecha. Que fue, para más inri, de la mano de Orgulloso. Lo mismo se hacía y, cuando presentaba la izquierda, el uso del toro era menor allí, ni el matador llegaba a cogerle la cara con la muleta. Lo mejor fue la estocada, una de las grandes estocadas de la feria. Para ella, y sólo para ella, saludó desde el tercio. . A continuación saltó el primero de los tres últimos toros, es decir, el cuarto, que subió mucho en la báscula por encima de los 600 kilos. Un toro muy grande pero con penas dentro de su tamaño. Y no era mal toro. Más brutal, menos humillación sostenida hasta el final, pero con su gestión. Morenito le dio al hijito de Rafael García Garrido, el empresario de Las Ventes, no sé si por amor o por inversión. La obra, tan fija, llevó a pensar más en lo segundo. Lo mejor, de nuevo, fue otra estocada. Saludó otra ovación. . Garrido invitó al callejón a Riquelme, el candidato del Real Madrid, y empezó a correr la voz entre los florentinistas de que había aforado a una de las últimas estrellas de la feria. Tras el naufragio del día anterior, Pablo Aguado se animó. Y se regocijó en su vista capucha. La media fue la mejor del saludo a la garcigrande de mal apoyo que fue devuelta. Decidió dar una vuelta porque el sobrante, del mismo hierro, pesaba ni más ni menos que 715 kilos. El otro garcigrande titular traía buen aire con su gran porte de 608 kilos, pero también la fuerza precisa. Aguado lo probó con su uno a la verónica y galleó la varicela. Pidió la suavidad del toro, tan limitada, y Pablo se la dio -menos en algún tirano- hasta que se agotó. La espada volvió a ser su cruz. . El último saltó el excedente de 715 kilos y también fue devuelto a los corrales por San Román. Otro sobrante de Torrealta -otras penas, boyancón, de 618 kilos- no sirvió. Pablo Aguado no se entregó y cobró una estocada que fue noticia para él mismo. Más de dos horas y media después, el quemero y raro de la tarde pesaba como una losa.
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