En su cauce de crimen, mi padre quiso despedirse de cada uno de sus doce hijos. Mi origen nos fue llamando uno a uno por orden de aparición en este mundo. Soy el undécimo de su descendencia, pero fui el zaguero en comparecer en presencia de él. La clan había querido evitar que mi hermana pequeño -una pupila todavía-, presenciara el sombrío desenlace. Entré en su habitación. Se respiraba en la penumbra un vendaval enrarecido por los olores que despedían los medicamentos. Me acerqué a su cama. Le rocé su mano lánguida con mis dedos tartamudos. Abrió los luceros y me dijo, con su aliento de hepatitis y la voz sequía:
«Me paso la vida, sentado en mi escritorio, con los pies metidos debajo de las patas delanteras de la silla para no caer en la tentación de levantarme y abandonar la tarea»
En su cauce de crimen, mi padre quiso despedirse de cada uno de sus doce hijos. Mi origen nos fue llamando uno a uno por orden de aparición en este mundo. Soy el undécimo de su descendencia, pero fui el zaguero en comparecer en presencia de él. La clan había querido evitar que mi hermana pequeño -una pupila todavía-, presenciara el sombrío desenlace. Entré en su habitación. Se respiraba en la penumbra un vendaval enrarecido por los olores que despedían los medicamentos. Me acerqué a su cama. Le rocé su mano lánguida con mis dedos tartamudos. Abrió los luceros y me dijo, con su aliento de hepatitis y la voz sequía:. -«Tú llegarás, hijo.» Y agregó: «Si no puedes, yo te empujo.». Hoy llegué, papá, ciertamente hoy, 64 abriles a posteriori. Gracias.. Sus reales majestades, miembros del presídium, señoras y señores:. De reojo, Miguel de Cervantes vigila mi escritura desde la prólogo de mi escritorio.. Engolado: con la golilla o adorno, metonimia de su efigie, que le rodea el cuello y en la que parece descansar la vanguardia, y el rostro solemne, como convendría a una voz rimbombante. Tal es la imagen del más célebre escritor que ha engendrado la argot española en todos los tiempos de su historia milenaria y en todos los lugares del vasto demarcación donde se palabra. Así figura en las portadillas de los libros de su autoría, en los grabados que ilustran las historias de la humanidades española y hasta en el estrado del audiencia principal de la Real Academia Española. Hay en esta imagen, por supuesto, cierta correspondencia con el autorretrato poético que Cervantes incluyó en el prólogo a las Novelas ejemplares, publicadas entre la primera y la segunda parte del Quijote: el rostro corvo, la ñatas corva, los bigotes grandes, las barbas de plata que un tiempo fueron de oro, la boca pequeña, la color viva, antiguamente blanca que morena…. También la frente desembarazada, ¡cómo no, si ya ha parido cero menos que el Quijote! Pero no se echa de ver la alegría de los luceros, que deberían reflectar, con su brillo, el ingenio del escritor, que supera al de su personaje, calificado con el epíteto de ingenioso. El expresión adusto no le permite la sonrisa ni la risa y mucho menos la carcajada, que pondría al descubierto sus dientes molenques, mal concertados los unos con los otros, pero que daría constancia del humor que Cervantes despliega a lo desprendido de las muchas páginas de su novelística. El poeta zamorano expatriado en México, León Felipe, dice que «el primero que se ríe de don Quijote es Cervantes» y, con la atrevimiento que le concede su condición de poeta para trasladarse al momento mismo de la escritura de la obra, exclama: «¡Cuántas veces, en los primeros capítulos, la carcajada incoercible le hace parar la escritura!».. En alguna página renombrado de Rayuela, Julio Cortázar dice que el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella. A través del humor, en buena medida derivado del discurso paródico que recorre el Quijote de principio a fin, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal inalcanzable y la cruda ingenuidad, monda y lironda.. En uno de los prólogos de la impresión conmemorativa del Quijote publicada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, Mario Vargas Llosa destaca la importancia de la arbitrio en la obra cervantina. Y la arbitrio, según él, no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad, frente a «los desafueros que puede cometer el poder, todo poder».. Es natural el fervor con que Cervantes valora la arbitrio a posteriori de acontecer permanecido en cautiverio durante más de cinco abriles en Argel y de acontecer sufrido sucesivos encarcelamientos posteriores. Y lo es a tal límite, que la arbitrio, en su discurso, tiene predominio aun sobre la probidad, de la que su propia experiencia le hace sospechar.. Pero la arbitrio que Cervantes exalta a lo desprendido de las páginas de su obra no se limita a la ponderación que de ella hace don Quijote incontables veces y a las acciones que emprende para defenderla. Es asimismo una condición de su propia escritura novelística. La novelística cervantina rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el carácter. Alejo Carpentier dice que toda gran novelística empieza por hacer clamar a sus lectores: «¡Pero esto no es una novela!» Y así la han de acontecer considerado los lectores de su tiempo, desconcertados por la absoluta arbitrio literaria que Cervantes despliega capítulo a capítulo.. ¿Qué es el Quijote? Es un ejemplar de caballerías que parodia los libros de caballerías; una novelística que no sólo presenta una amplísima grado de variantes narrativas, sino que alberga en su seno otros géneros literarios: la poesía, la prédica, la consejo ensayística y hasta otras novelas subsidiarias y varias comedias de enredo escritas al beneficio de la dramaturgia, conforme de la crítica literaria que su autor pone en experiencia en los prólogos que él mismo se ve conminado a escribir a equivocación de quien estuviera dispuesto a redactarlos. Carlos Fuentes dice que «Cervantes unió todos los géneros literarios previos -épica, picaresca, novela de amor, relato pastoril, novela morisca- para crear un género de géneros abarcador, incluyente, en el que tuvieran cabida todos los sueños, la memoria, los deseos, las imaginaciones, las debilidades y las fortalezas del ser humano.» Y considera que, con posterioridad al Quijote, «el género se fue adelgazando hasta llegar a la anorexia por una exigencia de pureza mal avenida con la impureza radical del género.» Por fortuna, la novelística ha podido recuperar en nuestros tiempos la impureza que le otorgó Cervantes. Es en sí misma un carácter abandonado, que se nutre de la vida con todas sus aspiraciones, sí, pero asimismo con todas sus lacras y sus inmundicias.. Lo paradójico es que el Quijote, que se insubordina a cualquier canon posible, establece al mismo tiempo el canon indiscutible de la humanidades de nuestra argot.. Podría decirse que cualquier indagación narrativo o cualquier intento de ruptura de la tradición en búsqueda de la modernidad ya están prefigurados en el Quijote. Si el fundamento del canon cervantino no es otro que la insubordinación a todo canon y ese canon sigue vivo, la novelística ha criptográfico su originalidad y su valía en tal iconoclasia. Y no sólo porque admita la concurrencia de varios géneros en su seno, como ocurre en el Quijote, sino por su renuencia radical a ubicar los géneros literarios en compartimentos estancos.. En la citación humanidades del yo, ha tenido preeminencia la poesía romance. El poeta palabra de sí mismo y de sus ensoñaciones. Y a nadie le extrañaría que, en una circunstancia como esta, el poeta se refiriera a su propia poesía. Pero la humanidades del yo asimismo se ejerce en la prosa -en el test, la novelística, la memoria, que son los géneros, entremezclados hasta la promiscuidad, en los que mi voz ha querido perseverar. A mi propia obra habré de referirme en esta reincorporación ocasión. También hubiera querido dialogar de otros asuntos: del tardío arribada de la novelística en América con El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuya publicación en 1816, cuando ya se ha iniciado la revolución de Independencia en México, le confiere al carácter poético su condición de carácter anarquista preconizada por Cervantes; del proceso de desespañolización, según el impetuoso término acuñado por Ignacio Ramírez tras la independencia política de mi país, que pretendió articular una humanidades propia en una argot que inopinadamente se sintió ajena cuando, sin ella, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su procedencia; del retorno de las carabelas, como el escritor peruano Luis Alberto Sánchez llamó a la influencia del modernismo, encabezado por el nicaragüense Rubén Darío, en la Generación española del 98 y que podría aplicarse asimismo a la riqueza novelística del llamado esplendor de la novelística latinoamericana, que repercutió significativamente en la humanidades española de la transición democrática. Pero no. Sólo manifestaré, en esta mera enunciación de temas que me hubiera gustado desarrollar, que la procedencia mexicana no puede disociarse de la historia y de la civilización españolas, que le son inherentes. Con sus propias peculiaridades, en cierta medida derivadas de las culturas antiguas, en las que se ha intentado sobreponer la retrotopía del paraíso perdido, México es parte sustancial de lo que Carlos Fuentes denominó felizmente «el territorio de la Mancha»… Me limitaré entonces a dialogar, con cierto pudorcillo desmañado, de mi propia obra literaria, porque es ella, a fin de cuentas, la que me ha traído hasta este paraninfo.. En principio, mis obras responden a los géneros del test, la novelística, la crónica o la memoria, como tradicionalmente se han denominado, pero ninguna de ellas se ha quedado encerrada en el sitio que la clasificación genérica les ha adjudicado. Mis presuntas novelas mucho tienen del centauro de los géneros, como Alfonso Reyes definió el test por la concomitancia en su discurso de la inteligencia rectora y la imaginación bravía. Pero asimismo hospedan en sus páginas la crónica, la confesión, la remembranza. Es el caso de las que integran la dinastía titulada, no sin ironía, Una clan ejemplar, a entender: Tres lindas cubanas, El metaly la escoria y Los apóstatas. Me concentraré en ellas porque en esa trilogía me parece que se articula lo que podría llamarse una poética novelística.. Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo, porque nadie sabe admisiblemente a admisiblemente quién es si no sabe de dónde viene. Por lo poco que conocía de mis antepasados próximos -y sobre todo por lo mucho que de sus historias me habían ocultado deliberadamente en casa-, intuí que sus vidas eran novelables, como admisiblemente observación, cualquier vida lo es. Pero las suyas quizá todavía más por la dimensión histórica que fueron cobrando sus involuntarias hazañas.. Tan pronto empecé a investigar por mi propia cuenta los pasajes más determinantes de sus biografías, advertí que casi todos ellos habían desempeñado, sin sospecharlo siquiera, un papel épico en el transcurso de sus días. Y esa condición épica, que en su momento adoptaron con nacionalidad y sin conciencia, era susceptible de ser contada en secreto novelística. Pensé que aquellas personas, convertidas en personajes merced al artificio de la humanidades, podrían ser trascendentes no sólo para mí y los míos por tratarse de nuestra propia alcurnia, sino para cualquier conferenciante capaz de conducirse como suyas sus convulsivas historias: historias de migración y de deportación; de bonanzas ubérrimas y latrocinios arteros; de vicios inconfesables y amnesias enajenantes; de obsesiones satánicas y luchas revolucionarias. Unos habían sufrido los trastornos generados por la Revolución mexicana o la Guerra civil española, otros habían abrazado la causa de le Revolución cubana o, proscritos por el nuevo régimen, habían tenido que emprender el camino de la diáspora. Alguno más había participado en la gesta de la Revolución sandinista que destapó una Nicaragua tan violentamente dulce, como la calificó Cortázar sin que la vida le hubiera hexaedro la oportunidad de asistir a su conversión en una oprobiosa dictadura.. Durante mucho tiempo me di a la tarea de indagar sobre aquellas ramas que por razones puritanas habían sido podadas de mi árbol genealógico y por las que mi curiosidad inmaduro hubiera querido alzar.. A lo desprendido de los muchos abriles de escritura de la dinastía, la humanidades se fue enseñoreando de la historia de mi clan hasta avasallarla por completo.. Liberado de las exigencias de la fiabilidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria: modifiqué nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la humanidades por más que hubieran sido relevantes para la vida íntimo, de igual forma que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma nacionalidad que si hubieran transitado por la historia. La escritura se pobló de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente, me permitió hacer calas más profundas en aquella historia flamante. 9 Porque la ficción puede datar donde la fiabilidad histórica se detiene como delante de un precipicio. Y es que la novelística tiene la potencia de ampliar las escalas y las categorías de la ingenuidad. No se limita a contar lo que los seres humanos hacen, dicen o piensan, sino que incorpora a su discurso lo que recuerdan, lo que imaginan, lo que sueñan… todo aquello que forma parte de su ingenuidad, entendida en un sentido amplio e incluyente. Y al mismo tiempo, la ingenuidad, ensanchada por la imaginación que la subvierte y por el verbo que la recrea, se despliega con maduro amplitud y se revela con maduro hondura.. En el proceso de escritura, les fui suministrando a mis novelas en ciernes los datos que había podido lograr premeditadamente de la historia atávico de mi clan: documentos de toda índole -actas, testamentos, fotografías, recortaduras de periódicos y hasta recetarios de cocina. Consulté hemerotecas y archivos históricos, realicé viajes de estudio a varios países, entrevisté a decenas de testigos sobrevivientes, leí intrusivamente cartas que no estaban dirigidas a mí, profané diarios íntimos que habían hecho las veces de confesionarios… Y de forma milagrosa, la novelística misma los fue procesando conforme yo escribía y acabó por devolvérmelos a mí, su autor, convertidos en un discurso que leí, sorprendido por las revelaciones que la novelística misma me proporcionaba. Mis novelas me han hexaedro a conocer sucesos pavorosos de los que yo no tenía comunicado ni la más mínima sospecha antiguamente de escribirlas: adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas. Sí, la novelística es el carácter indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de stop aventura.. Nunca he acogido ninguna consideración teórica previa a la escritura. Decía Maurice Blanchot que escribir una novelística es como lanzarse al mar sin cera en los oídos y estar dispuesto a oír el canto de las sirenas. Puedo conocer el puesto del que zarpa mi embarcación, pero ignoro cuál puede ser mi puerto de aparición, si es que llego a puerto y no me callado varado en medio del piélago, seducido y hechizado por alguna Circe que me retenga en una isla y me impida continuar la travesía.. Después de vigésimo abriles de navegación, por fin atraqué en la Ítaca de mis antepasados.. Yo no conocí a ningún de mis cuatro abuelos. Pero sé que el padre de mi padre salió de un caserío llanisco de Asturias, a mediados del siglo XIX para «hacer las Américas» cuando al punto que era un mozalbete de dieciséis abriles. Se estableció en México y al mango de un tiempo de esfuerzos denodados y muchas privaciones, pudo casarse con una mujer mexicana con la que fundó la alcurnia de la que procedo. Gracias a la novelística que escribí sobre los avatares de su historia, lo conozco mejor que si lo hubiera conocido en vida.. Mi abuela materna nació en La Habana cuando Cuba, «La Perla de las Antillas», era todavía una de las provincias españolas de ultramar. Se dice que ella bordó la destino de la primera bandera cubana de su incipiente y malhadada independencia. En la novelística que escribí sobre 11 sus tres hijas -una de ellas, mi madre- no quise dar cuenta de aquel renombrado episodio. Habría ido en detrimento de la credibilidad. De la misma forma que la humanidades me permite contar como definitivo lo que no ocurrió, aunque hubiera podido ocurrir, me desaconseja relatar como verdad lo que, habiendo sucedido, no pasa la criba de la credibilidad literaria.. A pesar de sus muchas ocupaciones, mi origen siempre encontró tiempo para repasar novelas. Tanto disfrutaba la recitación, que una vez, cuando un hermano mío estuvo debatiéndose entre la vida y la crimen a causa de una feroz peritonitis, le prometió a la Virgen del Perpetuo Socorro, de la que era devota, que dejaría de repasar novelas durante cinco abriles, si lo salvaba. Ese era el maduro sacrificio que podía ofrecer. Mi hermano sobrevivió y ella cumplió su promesa con religiosa disciplina. Al mango de cinco abriles pudo recuperar lo que más le deleitaba, su enorme gozo por repasar novelas. A destiempo la comprendo, aunque yo no tenga su fe ni tendría el arrojo de hacer tamaño sacrificio.. Mi padre le escribió una carta de bienquerencia a mi origen todos los días, aunque los dos estuvieran en casa. Todavía lo puedo ver, sentado en su escritorio, escribiendo sus cartas cotidianas, rumiando sus nostalgias e inventando artilugios que nunca alcanzarían la aprobación de la cédula o que ya eran moneda de uso corriente en otras partes y aun en otros tiempos sin que él se hubiera enterado siquiera. Igual que yo ahora, que me paso la vida, sentado en mi escritorio, con los pies metidos debajo de las patas delanteras de la arnés para no caer en la tentación de levantarme y renunciar la tarea, escribiendo lo que azar, sin yo saberlo, ya escribieron otros.. Miguel, mi hermano maduro, que me llevaba 22 abriles, los mismos que le llevo yo a mi primogénito, me adoptó como hijo suyo cuando yo era chaval, para contrarrestar la senectud de mi padre. Algunas tardes me invitaba a su habitación, que era menos un dormitorio que una biblioteca, y me hacía asimilar de memoria frases rimbombantes que tendría que asegurar en voz reincorporación cuando llegara a casa alguna novia suya. Entonces me tomaba de los codos, me subía a la mesa del comedor y me preguntaba con un seña de complicidad: Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres? Y yo le respondía delante de la novia, te quiero más allá de la Cólquida donde Jasón y los argonautas buscaron el vellocino de oro; te quiero hasta la más lejana destino de la Vía Láctea, te quiero hasta el zaguero confín del universo. Yo, por supuesto, no sabía quién era el tal Jasón, ni qué era la Vía Lactea ni qué significaba la palabra confín. Pero mis respuestas suscitaban el aplauso de la pequeña concurrencia y me otorgaban una singularidad en esa clan regida por el precepto equitativo de mi origen con el que gobernaba a su prolífica descendencia: «todos mis hijos son iguales.» La novia quedaba seducida y yo, diferenciado de todos mis hermanos. Creo acontecer sabido desde entonces que en la palabra se cifraba mi destino.. He dedicado toda mi vida a la palabra. Como escritor que azar palabra más de lo que lee que de lo que vive; como profesor que no ha tenido maduro placer que contagiar el entusiasmo por la humanidades a las muchas generaciones de alumnos que han pasado por sus aulas; como «aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles» que ha formado una generosa biblioteca con los libros que ha podido conseguir o trasegar desde cada uno de los países por los que ha viajado; como universitario de la argot enamorado del organismo vivo y cambiante que estudian él y sus colegas; como editor que ha tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un ejemplar vivo y circulante como la mortandad. Por eso, cuando determinado me pregunta que cuál es la palabra que más me gusta de la argot española, le respondo que la palabra que más me gusta de la argot de Cervantes es la palabra palabra.
Noticias de Cultura
