Hace tres columnas tendí una pequeña trampa. Escribí una crítica positiva de *El día del juicio final* con un título engañoso que daba a entender que era negativa. La titulé «Poniendo peras a Spielberg», pero la mitad de esas «peras» eran, en realidad, «peras sobre peras». Cada reproche sincero que le hacía a la película iba acompañado de un contraargumento, también real, pero más mesurado. La conclusión fue positiva. Dejé claro que los hallazgos de la película eran mucho más valiosos e intrigantes que todos sus defectos aparentes.
A los lectores cinéfilos se les ha enseñado a consumir estrellas, mientras que la crítica cinematográfica adolece de falta de ideas frescas. ¿Es culpa de la tecnología o del desinterés?
Hace tres columnas tendí una pequeña trampa. Escribí una crítica positiva de *El día del juicio final* con un título engañoso que daba a entender que era negativa. La titulé «Poniendo peras a Spielberg», pero la mitad de esas «peras» eran, en realidad, «peras sobre peras». Cada reproche sincero que le hacía a la película iba acompañado de un contraargumento, también real, pero más mesurado. La conclusión fue positiva. Dejé claro que los hallazgos de la película eran mucho más valiosos e intrigantes que todos sus defectos aparentes. Por un lado me pareció interesante describir el diálogo interno que tuve los días posteriores a la proyección de El día de la revelación. Por el otro me pudo el morbo de saber de antemano lo que iba a pasar. El lector cinéfilo común ha sido adiestrado para consumir opiniones absolutas e inmediatas, adjetivos y estrellas, y todo lo demás tiene el mismo efecto en él que un silbato para perros. Esa mayoría sólo necesitó leer el título de la columna para deducir que estaba tirándole una estrella pelada a Spielberg.El otro día me quejaba de la falta de ideas que padece la crítica cinematográfica infectada por las redes sociales y la pereza intelectual de ciertos jefes de la tribu. Se me olvidó señalar que el lector que más se pronuncia no tiene la curiosidad ni el tiempo necesario para siquiera detectarlas.Si esto es un cabreo tengo que confesar que lo que lo provocó fue un email enviado a este periódico. Lo firma María, que dice tener 23 años, y en él se queja de mi desprecio hacia El día de la revelación, llegando a sospechar que tengo una inquina personal contra su director. También le parece incomprensible que valore a Almodóvar «con los mismos criterios que a un director de ciencia ficción» y se despide esperando una respuesta. Me olió raro que 300 palabras con una ortografía perfecta (mucho mejor que la mía antes de que Crispas me haga un repaso) estuviesen firmadas por una persona con una comprensión lectora tan catastrófica. No tardé en comprobar que el email estaba redactado por una IA.No confío del todo en las alarmas constantes sobre el deterioro cognitivo colectivo que estamos sufriendo de un tiempo a esta parte por culpa de las novísimas tecnologías. ¿No es la cantinela de siempre? Ahora es la IA, antes eran los videojuegos y previamente la caja tonta. Llevamos siglos intercambiando justificaciones para llamar idiotas a los que seguirán aquí cuando nosotros hayamos muerto. Pero existe un fenómeno sin precedentes que no admite duda: el desinterés cada vez ocupa más espacio, habla más alto, bloquea más vistas y escribe emails más largos.
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