Cómo no me van a intimidar desde el cine con juicios. Cada vez que voy al cine, estoy condenado a pasar de contrabando algo de ingeniería inversa. Por inalcanzable que sea la obra, me pongo a hacer dibujos con un palo en la arena, calculando el camino que habría tenido que seguir para llegar al mismo sitio o a una imitación que pudiera encontrar. Las buenas películas de juicios son como las buenas películas de deportes, te arrastran emocionalmente sin obligarte a entender las reglas del juego. Otra cosa es escribirlas, claro. A ver de dónde saco la confianza y la disciplina para plantear uno sin que se note que soy un garabato.
Pizza Movies, de Carlo Padial, es la conclusión de que el cine español de culto ha alcanzado una constancia y diversidad sin parangón fuera de nuestras fronteras. Pongámonos serios.
Cómo no me van a intimidar desde el cine con juicios. Cada vez que voy al cine, estoy condenado a pasar de contrabando algo de ingeniería inversa. Por inalcanzable que sea la obra, me pongo a hacer dibujos con un palo en la arena, calculando el camino que habría tenido que seguir para llegar al mismo sitio o a una imitación que pudiera encontrar. Las buenas películas de juicios son como las buenas películas de deportes, te arrastran emocionalmente sin obligarte a entender las reglas del juego. Otra cosa es escribirlas, claro. A ver de dónde saco la confianza y la disciplina para plantear uno sin que se note que soy un garabato. . Si me preguntas hoy mismo, mi escena de juicio favorita de la historia del cinematógrafo es la que vemos en Pizza Movies, de Carlo Padial, en la que a la jueza la llaman «señor juicio» y «su señorita». Es como si nos obligaran a describir el clímax de Veredicto Final en cinco minutos mientras volvemos de una boda y alguien adaptara el resultado en la escena climática de una comedia familiar respetando todos nuestros errores.. Cuando nos dicen que un autor de culto ha hecho una película para todos los públicos nos suelen engañar. En la mayoría de los casos hay un público que se queda fuera… el que ama el cine de culto. Padial y los suyos han hecho algo nuevo, una película universal sobre el triunfo del amor contra el desgaste vital en tiempos de precariedad económica, pero sin apartar a un lado las osadías de Mi loco Erasmus (2012) o su magazine Go, Ibiza, go. Sí, es cine underground para ver en familia.. No sé si esta hazaña hubiese sido posible sin su pareja protagonista. Lo de Berto Romero ya lo sabíamos, es la única estrella de su calibre que conserva la inventiva y sentido de la aventura de un debutante. Pero Judit Martín es una sorpresa tan gorda que todavía me pitan los oídos, una comediante con ese aliento caótico que aparece con la frecuencia de un cometa y que echamos de menos desde Luis Ciges.. Pizza Movies también sirve para ponerse serios. La veteranía de Padial, junto a la de Juan Cavestany, Pablo Hernando, Lorena Iglesias, Julián Genisson, Álvaro Carmona, Burnin Percebes, Enrique Buleo, Rodrigo Cortés, Ion de Sosa, Eugenio Mira, Velasco Broca y más son la constatación de que el cine español de culto ha alcanzado una constancia y diversidad sin parangón fuera de nuestras fronteras.. Es hora de pedirle a la prensa y la crítica que dejen de repetir sistemáticamente adjetivos como «surrealista», «kafkiano» o «friqui» para referirse al cine patrio más allá de las demandas comerciales y festivaleras. Que desarrolle un discurso propio más allá del suelo asfaltado, donde también se puede y se debe hacer bandera. Como dijo Millán Salcedo, «España no acaba donde empieza el mar, hay barcas para seguir».
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