Roman se reunió con el Papa por la mañana en el Hotel Wellington y habló con Dios por la tarde. A las 20. 05, clavó una estocada en el encuentro que acabó con el importante victorino —el más destacado de toda la corrida— y desató una emoción incontenible en ambos patios y, por tanto, una espléndida Gran Puerta.
Espléndida Gran Puerta para el torero valenciano tras una emotiva faena con el toro más destacado de una corrida de Victorino en tierra de nadie
Roman se reunió con el Papa por la mañana en el Hotel Wellington y habló con Dios por la tarde. A las 20. 05, Roman clavó una estocada en la corrida que sentó el decisivo victorín, el más destacado de la jornada, y despertó una emoción sin igual en ambos pabellones y, por consiguiente, ante una magnífica Puerta Grande. El público ya había puesto en ese clímax la última serie de derechas sin ayuda, o natural con la mano derecha, que realmente coronó todo lo que había sucedido antes. En otras palabras, una faena sellada con la sinceridad, la conexión y la astucia de Román, que conectó, transmitió y entendió al toro, tanto en su exclusiva tanda de derechas —no se le concedió lo mismo en la única tanda de izquierdas— como en la necesaria media distancia entre tandas. Todo esto me ofreció el cálculo de una oreja con fuerza, como ha ocurrido tantas veces con el claro y simpático torero valenciano en Madrid, pero fueron dos —nunca había desmontado al mismo toro en su abundante currículum en Madrid, ni en su única Gran Puerta de 2017—, porque no todos los días se encuentra uno al Papa y se habla con Dios por la tarde. Las protestas contra el toro a la salida se convirtieron en aplausos en su salida. Fue este Gallarete, el toro más destacado, quiero decir, de una corrida seria pero desigual —incluso dos de los tres cinchicanos (el tercero y el quinto) fueron abucheados— y, en general, decepcionante, en tierra de nadie por su falta de casta y bravura, para lo que se espera de Victorino. La sexta puerta de la masa fue malinterpretada por la muleta. Román se acortó, eternizándose con la espada. Mientras tanto, los chavales esperaban para subirlo a hombros y desguazarle el traje de torero, como los pequeños delincuentes en que se convierten cada vez que entra por la puerta grande. Había abierto la corrida con una larga y honesta veleta, de gran humillación desde que salió, muy comedida también desde entonces, pero siempre apuntando hacia una embestida contada. Independientemente de su estado actual, varios factores jugaron en su contra, entre ellos un liderazgo demasiado abundante en capotazos. Unos 200, hablando en términos hiperbólicos. Siempre fue el victorioso con más recorrido por su mano izquierda, pero Morenito de Aranda tardó mucho en cogerlo: fue la mejor serie de un trabajo muy ajetreado, con el toro acortando cada vez más la estocada, hasta que no pasó. No era un mal toro, un ejemplar llamado Cobradyos —de la familia de los Cobradiezus— con buenas cualidades. Sin embargo, Morenito, que también lo remató con una estocada, ha mantenido una continuidad en el grosor de este San Isidro. Su suerte también estuvo en tierra de nadie. Si el toro que abrió la plaza podía parecer complejo, sin serlo tanto, el siguiente toro sí que puso las cosas en su sitio de verdadera complejidad: no se desenganchaba, miraba con enormidad, haciendo hilo, incansable en venir siempre sin marcharse nunca. Fernando Adrián demostró una determinación y una preparación extraordinarias ante ese victorino que habría dejado sin aliento a cualquiera, tan difícil. Incluso lo golpeó con la mayor naturalidad entre la incomprensión. Una gran estocada, tan acertada como el brindis por Cayetana Álvarez de Toledo, puso fin a una faena sufrida e incomprendida. La salida del quinto, protestada —aún sin terminar—, no pudo ser más fortuita; tuvo un empuje insípido y la faena, por contagio, no dijo nada. A las 21:20, sacaban a Román por la Puerta Grande, pasando por el rudo donde un toro de Baltasar Ibán lo sangró en su día y por la frontera donde se quedó tantas veces. Eso es lo que hay que hablar con Dios. LAS VENTAS. Sábado, 6 de junio de 2026. Última de la feria. Sin entradas. Toros de Victorino Martín, tres cinquizos —el 3. º, el 4. º y el 5. º—, bien presentados en conjunto (el 3. º y el 5. º con menos de uno), destacó el importante 3. º por la pitón derecha, bueno y discontinuo el 4. º, complejo el 2. º, sin empuje pero humillante el 1. º, flojo el 5. º, incomprendido el 6. º, carente de bravura en su conjunto. Lo siento. Medio tumbado y dos descalzos. Atención (silencio), bajista Amonestación (silencio). . Farming Adrián, de verde bote y oro. Estocada (silencio), estocada y estocada pasada y tres descalzos. Amonestación (silencio). . ROMAN, DE CELESTE Y ORO. Tiene cuatro pinchazos, un pinchazo profundo y pelo (silencio), lo cual es algo contradictorio (oído).
Noticias de la cultura
