La inmigración se aborda casi invariablemente desde los parámetros occidentales. No se trata, es decir, de una historia occidental de conquista o liberación, sino más bien de ausencia. O de humillación. Todo tiene que ver con la idea de la frontera que se amplía o del horizonte al que, de hecho, se llega. Al ampliar la visión, la historia del pensamiento ha convertido históricamente el límite en una lectura esencialmente negativa. La idea es siempre discernir lo cognoscible de lo meramente opinable, lo que se puede decir de lo que solo admite ser mostrado, lo significativo de lo que carece de sentido. Y eso es igual para Platón que para el primer Wittgenstein. La razón siempre quiere ser plenamente consciente de su frontera, de las condiciones de validez que hacen que una proposición sea verdadera. El western tradicional, a su manera, es una refutación vitalista, irracional y aventurera de esa vieja creencia coercitiva. En ella, el límite no es un muro de demarcación, sino una ventana a lo nuevo, que no es desconocido. Digamos que los relatos sobre la inmigración toman este mismo patrón y le dan la vuelta. Para mal. La frontera es el espacio del peligro y, tal vez, de la muerte. Lo que espera al otro lado no es la conquista, sino justo lo contrario: la explotación y, como ya se ha dicho, la ausencia.
Diego Luna aparece en la novela de Brenda Navarro para contar una historia sobre la identidad al margen de los temas y las frases hechas
La inmigración se aborda casi invariablemente desde los parámetros occidentales. No se trata, es decir, de una historia occidental de conquista o liberación, sino más bien de ausencia. O de humillación. Todo tiene que ver con la idea de la frontera que se amplía o del horizonte al que, de hecho, se llega. Al ampliar la visión, la historia del pensamiento ha convertido históricamente el límite en una lectura esencialmente negativa. La idea es siempre discernir lo cognoscible de lo meramente opinable, lo que se puede decir de lo que solo admite ser mostrado, lo significativo de lo que carece de sentido. Y eso es igual para Platón que para el primer Wittgenstein. La razón siempre quiere ser plenamente consciente de su frontera, de las condiciones de validez que hacen que una proposición sea verdadera. El western tradicional, a su manera, es una refutación vitalista, irracional y aventurera de esa vieja creencia coercitiva. En ella, el límite no es un muro de demarcación, sino una ventana a lo nuevo, que no es desconocido. Digamos que los relatos sobre la inmigración toman este mismo patrón y le dan la vuelta. Para mal. La frontera es el espacio del peligro y, tal vez, de la muerte. Lo que espera al otro lado no es la conquista, sino justo lo contrario: la explotación y, como ya se ha dicho, la ausencia. . Diego Luna, que no en balde lleva años en la piel de un forajido como Andor, propone en la que es su tercera película como director una nueva lectura de siempre el mismo argumento. En realidad, la interpretación de la película está ya en la novela de Brenda Navarro que adapta. Ahora, la frontera se ha dejado atrás. Y lo que encuentra nuestra heroína no es ni la conquista feliz del cowboy ni el vaciamiento del emigrante. Todo es mucho más confuso. Y ahí, por contradictorio que parezca, la claridad, además de novedad, del planteamiento.. Ceniza en la boca cuenta la historia de Lucila, a la que da vida con una contundencia desusada Anna Díaz. Ella es una joven con apenas 21 años convertida desde hace demasiado en madre improvisada de su hermano pequeño. Mientras la madre de los dos, la de verdad, peleaba por construir una vida en Madrid, la protagonista asumió en México una vida que no le correspondía y perdió otra que era, en verdad y por edad, la suya. Cuando finalmente los tres se reencuentren en España, son muchas las cuentas pendientes. Una busca una identidad demasiado tiempo extraviada; otra se empeña en reconstruir una herida demasiado tiempo abierta y el último es incapaz de entender porque todo, incluido el tiempo, es siempre demasiado. Lucila huirá de su casa, de su madre, de su hermano y de Madrid. Irá a Barcelona. Lo que encontrará allí deja pocas opciones al consuelo y ninguna a la sorpresa: alquileres imposibles, trabajos mal pagados y la constante sensación de no pertenecer a ningún lugar. La frontera, en efecto, no está delante ni detrás. No es una aspiración ni un resentimiento. La frontera está dentro, es la propia identidad, y supura.. Luna ordena la película de forma tan correcta como, hasta cierto punto, sorprendente. Su idea es no dejarse arrastrar ni por los tópicos ni por las frases hechas. Y a ello se aplica con una voluntad tan férrea como, por momentos, quizá exagerada. De hecho, si algo es criticable en Ceniza en la boca tiene que ver con empeño de contarlo todo (lo que le sucede a todos y cada uno de los personajes tanto en México como en España) a pinceladas tan bruscas que, por momentos, más parecen brochazos. Sea como sea, el resultado es una película tan cálida como amarga capaz de mirar con ojos nuevos y desde dentro la historia, la nuestra, de siempre.. —. Director: Diego Luna. Intérpretes: Anna Díaz, Adriana Paz, Irene Escolar. Duración: 97 minutos. Nacionalidad: México.
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