Mudarse con o sin libros: esa es la cuestión. Afortunadamente, ahora mismo no me enfrento a ello, pero he vivido una especie de ejercicio de empaquetar y desempaquetar una biblioteca familiar bastante grande. Tres personas muy aficionadas a la lectura que han ido acumulando libros y más libros durante muchos años. Son muchísimos libros, la gran mayoría novelas. Solo una enorme y preciosa colección de clásicos griegos da señales de no haber sido leída demasiado. ¿El resto? Casi todo. Yo mismo, mientras traslado cientos de ejemplares de una habitación a otra, pierdo el tiempo ojeando las lomos y las cubiertas. Algunos títulos los recuerdo perfectamente. De otros, nada. Y más de uno lo he vuelto a comprar (¿y a leer? ) años más tarde, sin saber que ya lo había hecho antes.
Mis años 90 fueron muy lectores, ya ves. Muy pocas de esas lecturas forman parte, al menos conscientemente, de mi educación cultural y sentimental. No me queda nada en el interior.
Mudarse con o sin libros: esa es la cuestión. Afortunadamente, ahora mismo no me enfrento a ello, pero he vivido una especie de ejercicio de empaquetar y desempaquetar una biblioteca familiar bastante grande. Tres personas muy aficionadas a la lectura que han ido acumulando libros y más libros durante muchos años. Son muchísimos libros, la gran mayoría novelas. Solo una enorme y preciosa colección de clásicos griegos da señales de no haber sido leída demasiado. ¿El resto? Casi todo. Yo mismo, mientras traslado cientos de ejemplares de una habitación a otra, pierdo el tiempo ojeando las lomos y las cubiertas. Algunos títulos los recuerdo perfectamente. De otros, nada. Y más de uno lo he vuelto a comprar (¿y a leer? ) años más tarde, sin saber que ya lo había hecho antes. . ¿Adónde van a parar los libros que leemos, si ni siquiera nos dejan huella? Además de a mis lumbares, quiero decir. Los años de peso muerto no me han dado un culo legendario, pero sí me han salvado, estoy seguro, de la lumbalgia mientras traslado de una estancia a otra kilos de Gala, Palahniuk, Murakami, Auster y Bukowski.. Mis años 90 fueron muy lectores, ya ven. Clásicos leí los justos, pero los libros del momento, de cada momento, los tengo casi todos. Muy pocos de ellos forman parte, al menos conscientemente, de mi educación cultural y sentimental. De la mayoría no queda nada en mí. De otros recuerdo hasta dónde los compré. O dónde los leí. Generación X, de Coupland, en un viaje en tren interminable a Valladolid; La vieja sirena, (ese tostonazo) de José Luis Sampedro, al borde la piscina donde trabajaba como socorrista. Aquel verano fue literariamente muy intenso: de El turista accidental (fan absoluto de Anne Tyler desde entonces) hasta Garras de astracán, de Terenci, pasando por una traducción horrible de Dune.. Billy Wilder bromeaba con que los retrasos de Marilyn Monroe durante el rodaje de Con faldas y a la loco le sirvieron para leer Guerra y Paz. Mil y muchas páginas tiene la edición que acabo de mover de un estante a otro. Yo, al borde de aquella piscina de quiero-y-no-puedos, no llegué a tanto.. Peor habría sido sí leer entonces la obra maestra de Tolstói y que no me hubiera dejado ninguna huella. No sé a ustedes, pero a mí me pasa: cero poso dejó en mí el Ulises (y sí, lo terminé), no tengo nada que decir sobre Volverás a Región y tampoco sobre Las amistades peligrosas, que venero en cualquier formato excepto en el original literario, una cosa epistolar que lleva atragantándoseme desde que lo llevé como lectura a un campamento de verano. Porque yo era ese niño. Aquel mismo verano, en otro campamento, me castigaron teniendo que leer en voz alta un capítulo entero de La sonrisa etrusca. Sampedro de nuevo. Le cogí tanto asco.. Sé que mi cabeza ha hecho sitio para María Pombo y Marvel borrando a Juan Valera y Guy de Maupassant. Es lo que hay. Mientras le quito el polvo a Bel Ami asumo que, también para mí, Quevedo es el de Quédate.
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