En inglés, «enthittification»; en español, «mierdificación»; y, en general, el lenguaje: la inagotable capacidad del ser humano para convertir en mierda todo lo que toca. El término lo acuñó, como es bien sabido, Cory Doctorow e ilustra con una claridad muy cruda el proceso de degradación de los servicios digitales y las plataformas en línea, desde la idealización inmaculada de una democracia global y fraternal que un día simbolizó el pozo séptico de odio, matonismo, pérdida de derechos, explotación, vigilancia y, de hecho, mierda en el que caemos hoy en día. El precio de la red narra el origen de esa deriva. En realidad, relata la segunda parte de ese viaje hacia el abismo. La primera fue narrada de forma magistral y en formato profético en el clásico contemporáneo de 2010 firmado por David Fincher, La red social. En esta nueva entrega, Aaron Sorkin, guionista de aquella película, toma las riendas (como director) y completa, como si se tratara de un presagio hecho realidad, lo que ocurrió dos décadas después de que Mark Zuckerberg creara una página web para valorar el físico de sus compañeros de universidad que, con el tiempo, mutaría en Facebook.
Aaron Sorkin ofrece una versión pálida y algo anticuada, aunque entretenida y didáctica, de *La red social*, la obra maestra de 2010 dirigida por el propio David Fincher y escrita por él mismo
En inglés, «enthittification»; en español, «mierdificación»; y, en general, el lenguaje: la inagotable capacidad del ser humano para convertir en mierda todo lo que toca. El término lo acuñó, como es bien sabido, Cory Doctorow e ilustra con una claridad muy cruda el proceso de degradación de los servicios digitales y las plataformas en línea, desde la idealización inmaculada de una democracia global y fraternal que un día simbolizó el pozo séptico de odio, matonismo, pérdida de derechos, explotación, vigilancia y, de hecho, mierda en el que caemos hoy en día. El precio de la red narra el origen de esa deriva. En realidad, relata la segunda parte de ese viaje hacia el abismo. La primera fue narrada de forma magistral y en formato profético en el clásico contemporáneo de 2010 firmado por David Fincher, La red social. En esta nueva entrega, Aaron Sorkin, guionista de aquella película, toma las riendas (como director) y completa, como si se tratara de un presagio hecho realidad, lo que ocurrió dos décadas después de que Mark Zuckerberg creara una página web para valorar el físico de sus compañeros de universidad que, con el tiempo, mutaría en Facebook. . Pese a lo tétrico del párrafo anterior, lo que ofrece Sorkin ahora es una celebración del optimismo liberal e ilustrado que define buena parte de su creación desde El Ala Oeste de la Casa Blanca a El juicio de los 7 de Chicago pasando por The Newsroom. Y lo hace con la soltura a la que nos ha acostumbrado en su reinvención de la realidad desde personajes locuazmente perfectos, moralmente marmóreos y rabiosamente atractivos. La película hace pie en eso llamado realidad. Se narra cómo el periodista del Wall Street Journal Jeff Horwitz (brillante Jeremy Allen White ), con la ayuda de la denunciante Frances Haugen (una intensa Mikey Madison), descubrió que la plataforma manipulaba el algoritmo para convertirlo en la charca ideal de grupos extremistas, bulos y rabia, mucha rabia. Todo ello mientras ocultaba a la opinión pública informes internos que relacionaban enfermedades psíquicas de jóvenes con la operativa «regular» de Instagram. Estas y otras muchas mierdas mierdificantes quedaron al descubierto en la serie de reportajes de Horwitz The Facebook Files. La película llega hasta el asalto al Capitolio y, acto seguido, al inapelable testimonio de Haugen ante el Senado Estados Unidos. Es decir, y contra lo que luego hemos conocido y sufrido, vence la verdad. Sorkin, de tanto en tanto, es así.. Comparada con la primera entrega, lo que más duele (por así decirlo) es esa falsa sensación de victoria con la que se sale del cine. En verdad, todo lo sucedido desde el triunfo descrito en la película hasta ahora mismo se antoja, como mínimo, la más fúnebre de las bromas. Definitivamente, la realidad –otra vez ella– ha refutado a El precio de la red. Lejos detener la mierdificación del primer párrafo, aquel heroico (sí, heroico) acto de denuncia es ahora mismo nada más que un accidente olvidado a poco que se levante la vista y se contemple el panorama global con los dueños de las tecnológicas convertidos en amos del mundo a la derecha del mismísimo presidente de la mayor potencia mundial.. La Red Social era una premonición perfecta que se adelantaba a su tiempo y desde una puesta en escena modélica, intrigante y envenenada de oscuridad inoculaba en el espectador la sombra de la más profunda y vívida de las sospechas. Ésta, en cambio, llega a la pantalla con el retraso de una reelección presidencial, el surgimiento explosivo de la IA y mil mierdas más en la agenda. Y eso, sin duda, lastra de manera bastante grave el espejismo, pues eso es, de Sorkin.. Por otro lado, ya se ha apuntado, la convincente y muy entretenida dirección de Sorkin, solo pendiente de unos diálogos eléctricos, no alcanza la profundidad entre iluminada y siniestra, siempre muy cerca de la revelación, que ofrecía Fincher. El director se pliega al modelo de intriga periodística más estereotipado sin el convencimiento para trascender lo que no es más que ilustración protocolaria de los hechos. Es así. Más problemas: el Zuckerberg de Jermy Strong, en su hieratismo incel, se antoja paródico comparado con la brillantez nerviosa y maquiavélica de Jesse Eisenberg en el que es su mejor papel hasta la fecha.. Pero no nos vengamos abajo. No sería justo. Lo que no se puede discutir ni a Sorkin ni a Allen White ni, sobre todo, a Mike Madison es el magnetismo, la capacidad de todos ellos por separado y de la película en su conjunto para retener la atención como si del mejor y más desvergonzado scroll se tratara. Y ya es triste reconocerlo. El precio de la red logra desde su prólogo tan aterrador como desquiciante colocar al espectador frente al espejo de la pantalla de su móvil. Y eso solo ya puntúa.. En puridad, si no estuviéramos tan mierdificados como ya estamos, lo que cuenta la cinta debería ser tomado por información ya banal. Y no es así. Todo, en sentido estricto, es nuevo por la sencilla razón de que lo hemos olvidado (el olvido, otro síntoma de la mierdificación). Con lo que ya sabemos (o deberíamos saber),¿Cómo hemos sido capaces de dejar en manos de empresas privadas y, por la conducta, de sus muy mierdas CEOs tanto nuestra vida privada como la de millones de menores como la de la propia democracia de manera irresponsable y gratuita a partes iguales? Y lo más sangrante: ¿Por qué seguimos usando Instagram, Twitter y hasta Wasup? Pero estas son otras preguntas.. Así las cosas, El precio de la red acaba por ofrecer un pálido, en exceso ortodoxo y algo anticuado, aunque entretenido y muy didáctico, remedo de La Red Social, pero, dado nuestro nivel de mierdificación, bienvenida sea.. –. Director: Aaron Sorkin. Intérpretes: Mikey Madison, Jeremy Allen White, Jeremy Strong. Duración: 112 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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