Trabajar mientras se estudia suele presentarse como una buena idea: permite adquirir experiencia, desarrollar habilidades y, en el mejor de los casos, empezar a labrarse un currículum antes incluso de terminar la carrera. Pero esa imagen solo muestra una parte de la historia, ya que dos estudiantes pueden compaginar la universidad y el trabajo durante cuatro años y llegar a situaciones completamente diferentes. Mientras que uno transforma esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en terminar sus estudios, encadena contratos precarios que poco o nada tienen que ver con su formación y acaba atrapado en un trabajo del que le resultará difícil salir. Muchas veces, la diferencia no radica en el esfuerzo que cada uno realiza, sino en las circunstancias que le han llevado a vivir esa situación. Seguir leyendo
Compaginar los estudios universitarios con el trabajo no siempre da los mismos resultados. El número de horas trabajadas, el número de horas trabajadas y la situación económica pueden afectar a la trayectoria profesional de una persona o provocar que aumenten las desigualdades.
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Compaginar los estudios con el trabajo suele presentarse como una buena idea: te permite adquirir experiencia, desarrollar habilidades y, en el mejor de los casos, empezar a construir un currículum antes incluso de terminar la carrera. Pero esa imagen solo cuenta una parte de la historia, porque dos estudiantes pueden compaginar la universidad y el trabajo durante cuatro años y acabar en situaciones completamente diferentes. Mientras que uno convierte esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en graduarse, encadena contratos precarios con poco o nada que ver con su formación y acaba atrapado en un trabajo del que le cuesta salir. Muchas veces, la diferencia no radica en el esfuerzo que cada uno realiza, sino en las condiciones de que dispone cada uno. Aunque España sigue estando muy por detrás de otros países europeos, según Eurostat, el 16 % de los jóvenes españoles de entre 15 y 29 años compagina estudios y trabajo, frente a una media del 25, 4 % en la Unión Europea, una tendencia que va ganando terreno. ¿Trabajar perjudica el rendimiento académico o mejora la empleabilidad? Se trata de un debate que tradicionalmente se ha planteado en términos casi binarios. La realidad es que no hay una respuesta clara, ya que, dependiendo de cómo se haga (el tipo de empleo, las horas trabajadas o incluso la situación económica de cada joven), puede suponer una oportunidad educativa extraordinaria. . . o una trampa que agrava las desigualdades. Cuando el trabajo forma parte de la vida del estudiante durante años, compaginar los estudios con el trabajo se consideraba, sobre todo, una forma de pagar la matrícula, ayudar en casa o adquirir algo de experiencia antes de terminar la carrera. Sin embargo, una breve aclaración: cada vez son más los investigadores que analizan el empleo universitario como un espacio en el que también se aprende. «La universidad puede recrear muchas situaciones de aprendizaje, pero nunca podrá reproducir toda la complejidad de un contexto profesional real. Cuando un estudiante trabaja —y especialmente cuando ese trabajo está relacionado con lo que está estudiando— se enfrenta a problemas, toma decisiones y aprende a relacionarse con otras personas, a trabajar en equipo, a gestionar conflictos o a organizar su tiempo. En cierto modo, el aula se amplía y el entorno profesional pasa a formar parte del propio proceso de aprendizaje», explica Lourdes Guàrdia, profesora de Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación en la Universidad Oberta de Cataluña (UOC). Sin embargo, Guàrdia introduce un matiz importante, ya que ese potencial no surge automáticamente por el mero hecho de tener un trabajo: «Cuando el trabajo está relacionado con los estudios, el impacto se multiplica porque el estudiante puede vincular continuamente la teoría con la práctica. El aula se detiene
