La vida de Farruquito (Sevilla, 1982), probablemente el mejor bailaor flamenco del siglo, está marcada por lo ocurrido el 30 de septiembre de 2003 en su ciudad. Ese día, Juan Manuel Fernández Montoya, su verdadero nombre, atropelló a un peatón, Benjamín Olalla, saltándose un semáforo a gran velocidad y abandonando el lugar. La víctima falleció horas después y el bailarín fue condenado por homicidio imprudente y omisión del deber de socorro. Pasó 14 meses en la cárcel. Dos décadas después y con su carrera de nuevo en alza, habla por primera vez de aquello en un documental, ‘ Serás Farruquito’, que ya está en los cines.
El bailarín afronta sus últimos veinte años tras cumplir condena por homicidio imprudente: «No puedo arrancar esa página del libro de mi vida, pero una página no es todo el libro»
La vida de Farruquito (Sevilla, 1982), probablemente el mejor bailaor flamenco del siglo, está marcada por lo ocurrido el 30 de septiembre de 2003 en su ciudad. Ese día, Juan Manuel Fernández Montoya, su verdadero nombre, atropelló a un peatón, Benjamín Olalla, saltándose un semáforo a gran velocidad y abandonando el lugar. La víctima falleció horas después y el bailarín fue condenado por homicidio imprudente y omisión del deber de socorro. Pasó 14 meses en la cárcel. Dos décadas después y con su carrera de nuevo en alza, habla por primera vez de aquello en un documental, ‘ Serás Farruquito’, que ya está en los cines. . ¿Por qué ahora?. Lo primero, decir que cometí un error muy grave y que víctima sólo hay una y no soy yo. No pretendo negar aquello, pero se contaron muchas mentiras que se han convertido casi en la versión oficial porque se han seguido repitiendo desde entonces y quería aclararlas. Se dijo que yo no tenía carnet de conducir ni seguro y que había intentado culpar a mi hermano y todo eso es falso. Sí los tenía y nunca quise culpar a otro.. Pero, tras el atropello, te diste a la fuga.. Es el mayor error de mi vida, me encantaría poder volver atrás y hacerlo todo distinto, pero pasó como pasó y tengo que asumirlo. Entonces decidí callarme, pero no callé para otorgar, mi silencio no era porque fuera verdad todo lo que estaba contando. Callé porque me parecía lo que tenía que hacer en esa situación, por respeto a la víctima, porque después de hacerlo todo mal, ¿qué tenía que hablar? Tenía que callar, asumir lo que tocaba y respetar y eso fue lo que hice. Si en el documental hablo del accidente es porque creo que no puedes arrancar una página del libro de tu vida, pero tampoco creo que esa página sea todo el libro.. ¿Qué pasó?. Estamos hablando de algo que pasó hace 23 años y todavía no puedo hablar de ello en muchos momentos, me cuesta la vida y me echo a llorar. Aún me pregunto una y otra vez por qué. Por qué tomé esa decisión, por qué fui tan estúpido, por qué no me quedé, por qué tuvo que salir todo tan mal… Pero con la ayuda de Dios y de la gente que me quiere, me han ido haciendo entender poco a poco que no hay una respuesta, que hay cosas en la vida que no tienen explicación y esta fue una de ellas. No tenía sentido alguno que eso pasara, sobre todo a la víctima, no pretendo quitarme responsabilidad, pero a mí tampoco. Me he criado en un ambiente de mucha humanidad, de mucha solidaridad y meter a mi familia en una cosa así me destroza. Todavía hoy. ¿Sabes algo que me dicen y me molesta?. ¿Qué?. Que busque la parte positiva. Una cosa así no tiene ninguna parte positiva. Te dicen: «Habrás aprendido a ser mejor persona». Hostia, pues no lo sé porque yo nunca me he considerado una mala persona, nunca he querido hacer daño voluntariamente a nadie. Al final, con el paso de los años uno aprende a tener el recuerdo más en la cabeza que en el corazón porque, si no, no puedes seguir adelante.. ¿Aún lo percibes en la mirada de la gente?. Notas que siempre está ahí. Por fortuna, con los años se ha ido entendiendo que la gente merece una segunda oportunidad. No pretendo dar pena, por supuesto, pero tuve que arrastrar el estigma durante muchísimos años, con las puertas cerradas de todos los teatros, nadie quería contar conmigo. Eso me arruinó en todos los aspectos de mi vida, el personal, el profesional, el económico… Me hicieron seguir adelante mi familia y mis amigos, siempre me han estado repitiendo: «Juan, tú no eres lo que dice la gente». Porque llegó un momento en el que me estaba convenciendo de que era la peor persona del mundo y que una horrible decisión me definía. Todavía a veces noto que hay gente que me sigue viendo así.. ¿Lo entiendes?. Sí, lo entiendo porque lo que hice fue muy grave. No me gusta, porque creo que ya he pagado y no es justo, pero he aprendido a vivir con ello porque no pude hacer para arreglarlo en aquel entonces y no voy a poder hacer nada ahora. Sigo en mi camino intentando ayudar a todo el que puedo y demostrar que soy mucho más que un error.. ‘Serás Farruquito’. ¿Ese imperativo es bendición o condena?. No estaba obligado a serlo, sino destinado. Crecí en una familia de flamenco. El maestro Farruco es mi abuelo, mi padre era cantaor y mi madre, bailaora y yo empecé a jugar a la música porque mi gente lo hacía y yo también quería cantar, bailar, tocar… Tuve una primera experiencia increíble con cinco años, cuando me fui a Estados Unidos de gira con Farruco, Manuela Carrasco, Fernanda y Bernarda de Utrera, el tío Chocolate… Ahí me enamoré del flamenco y para mí ha sido una bendición. Fue como el niño que quiere ser futbolista y lo meten a jugar en el Madrid o en el Barça, a los cinco años yo estaba jugando con Messi. Me lo he pasado increíble en mi infancia, aprendiendo y viviendo con mis ídolos.. ¿No has soñado otras vidas?. Sí, las he soñado, pero no las he creído. Siempre me han gustado la poesía y la pintura y, de joven, tuve una época en la que quise estudiar Derecho para luchar contra las injusticias que veía alrededor, pero estaba tan enamorado de la música que no me daba tiempo a tomarme en serio otra cosa. A mí me llamaba el arte. Al levantarse por la mañana, hay gente que necesita salir a la calle a correr, otros que necesitan pensar y otros que necesitamos crear algo. Esa sensibilidad te lleva a vincularte con el arte sin querer y en mi caso fue el flamenco.. Farruquito posa para la entrevista.Javier Barbancho. ¿Qué te impulsaba?. Mi necesidad siempre ha sido expresar lo que siento cuando no me sale con palabras. Entre otras cosas porque siempre fui un niño muy tímido. No hablaba con nadie y vivía al lado de gente tan grande que me sentía muy intimidado. Todo ese sufrimiento de la timidez y de querer expresarme, pero no poder o no saber cómo, me llevó al baile. En realidad, yo quería ser cantaor, pero bailar ha sido lo que me ha permitido expresarme. Para un tímido es más fácil desconectarse del público bailando, que cantando.. Entiendo que estás a lo tuyo, en permanente movimiento, y no ves todas esas caras que te observan.. Exacto. Yo creo que por eso no canto. Por eso y porque mi padre era un gran cantaor y le tenía tanto respeto que pensaba: «¿Cómo voy a cantar yo con lo malamente que canto comparado con él?» [risas].. ¿Existe el duende o es un cliché?. El cliché es todo lo que hay alrededor del duende, pero el duende existe. Pasa como con la magia: la gente que cree en ella, cree en la de verdad y no en el truco de magia. En mi opinión, el duende no es eso a lo que queremos ponerle nombre y que nos expliquen, el duende es esa magia que viene de repente a visitarte después de llamarla muchísimas veces con tu trabajo, tu disciplina, tu afición, tu respeto y tu humildad. Y ahí, de vez en cuando, aparece, pero hay que trabajar mucho. Como decía Paco de Lucía, no creo que te salga una falseta bonita pelando papas [risas].. ¿Se sobrevalora el talento?. A mí me llevan diciendo toda la vida: «Claro, es que tú lo llevas en la sangre». Coño, con llevarlo en la sangre no puedes estar 30 años bailando y haciendo espectáculos diferentes. Eso es imposible. Para mí, el talento es el trabajo. Lo que te da Dios, vamos a decirlo así, es un don y supongo que yo tengo el don de que entiendo la música, me expreso y transmito, pero el talento verdadero para mí es qué haces tú con ese don. Sin trabajo no es nada.. Antes de cumplir los 20 ya eras considerado el mejor bailaor del mundo, eras una estrella en Estados Unidos… ¿Cómo llevaste esa presión?. Eso va con la personalidad de cada uno, porque hay gente a la que le pasa la mitad de las cosas que me han pasado a mí y lo mismo se mete en un sótano y no sale nunca. Yo siempre he hecho lo mismo, en los momentos muy altos y en los muy bajos, que es centrarme en mi familia, sentirme satisfecho y orgulloso de lo que estoy haciendo en la profesión y, sobre todo, seguir aprendiendo en lo personal. Siempre he sido muy crítico conmigo mismo, casi nunca me gusto bailando. Cuando uno se centra demasiado en lo bien que lo está haciendo, deja de aprender y pierde la humildad, que es lo más importante del arte.. ¿Qué es el flamenco?. El flamenco es un pájaro que está en la playa con una pata para arriba y la otra posada, que tiene unos colores bellísimos y se siente libre, pero elige quedarse en el mismo sitio. Eso es el flamenco para mí. El flamenco no es lo que nosotros queramos que sea, es lo que es y el resto somos los que nos adaptamos a él.. ¿Hay que ser gitano para entenderlo del todo?. No, el flamenco lo puede entender cualquier persona. Hay que ser abierto de mente y el arte es de todos, pero tampoco se puede menospreciar la importancia del pueblo gitano en el origen del flamenco. Todo el mundo sabe que viene del pueblo gitano y no pasa nada por reconocerlo.. ¿Sientes que a veces no se hace?. Sí y no entiendo por qué, de verdad. Es como si yo me pongo a decir ahora que los gitanos hemos inventado los aviones. Pues no, pero la única cosa que hemos inventado los gitanos, reconocédnosla, coño [risas].. ¿Hay un punto de racismo en esto?. Hay un punto de racismo en todo, no sólo en el flamenco. En esta sociedad siempre se ha marginado un poco a las minorías y sigue pasando. El problema es la ignorancia y ahora que tenemos tantísima información en la mano, en un teléfono, la mentalidad tendría que haber evolucionado, pero no sólo no lo ha hecho sino que parece que está otra vez de moda ser racista. Es falta de sensibilidad y de experiencia. Vivir, juntarte y viajar te quita la tontería. Es absurdo menospreciar a una minoría como los gitanos por cuatro costumbres, que cada vez son menos. Nuestros abuelos sí tenían sus diferencias, pero hoy tú y yo vivimos igual. De todos modos, yo veo más clasismo que racismo porque al gitano artista que llena un teatro lo quiere todo el mundo.. Tú ahora vuelves a hacerlo, ¿has recuperado cierta felicidad?. La felicidad también es algo que se trabaja y tienes que decidir intentar serlo. Yo tengo muchísimas cosas por las cuales ser feliz. Tengo tres niños y una mujer increíble, una familia que, aunque nos tiremos de los pelos muchas veces, nos queremos siempre y tengo reconocimiento profesional. ¿Cómo no voy a ser feliz si me pasan esas cosas? Ahora bien, siempre quedará en mí una parte de tristeza y es justo que así sea.
Cultura Noticias
