No pude ir a ver Berenice en los Teatros del Canal. Tenía entradas, es cierto. Y tú ganas. Y se arrodilla para hacer una reverencia a Isabelle Huppert y decirle guapa y reina y madre y todo lo que le decimos a alguien como ella cuando la tenemos delante, aunque sea haciendo una obra deencial. «A Dispurpose»: Me definió el espectáculo con el que Isabelle Huppert conquistó Madrid. «No es un teatro fácil», escuché decir a otro espectador, mucho más reacio a admitir algo que hago sin complejos: Pagaría por ver a Isabelle Huppert hasta en un pasaje maorí de Port Aventura. Ya lo he hecho otras veces. Con ella y con muchas otras estrellas he dado mi dinero y mi tiempo a cambio de, a veces, casi nada. Incluso me tragué una terrible Misery ¡porque salía Bruce Willis! Por no hablar de La Tempestad con Sigourney Weaver haciendo de Próspero. O el pastizal que me traje en Nueva York para ver a Jeremy Piven y Elisabeth Moss en un pedazo de David Mamet que no soporto. También peregriné a los teatros londinenses para ver a Phoebe Waller-Bridge o Ian McKellen, pero sus espectáculos eran magníficos, así que supongo que eso no cuenta como descontrol. Sí cuenta ir a ver a Paul Mescal en un tranvía llamado desire y hacerme una foto debajo de un cartel del teatro donde ponía «Paul Mescal is trepdous».
Ir a un teatro a renunciar a la simpatía por un mito simplemente porque existe es algo hermoso. Y algo, mucho, de chanchullo para camuflar ese hecho teatral. Pero si me van a timar, que sea Isabelle Huppert.
No pude ir a ver Berenice en los Teatros del Canal. Tenía entradas, es cierto. Y tú ganas. Y se arrodilla para hacer una reverencia a Isabelle Huppert y decirle guapa y reina y madre y todo lo que le decimos a alguien como ella cuando la tenemos delante, aunque sea haciendo una obra deencial. «A Dispurpose»: Me definió el espectáculo con el que Isabelle Huppert conquistó Madrid. «No es un teatro fácil», escuché decir a otro espectador, mucho más reacio a admitir algo que hago sin complejos: Pagaría por ver a Isabelle Huppert hasta en un pasaje maorí de Port Aventura. Ya lo he hecho otras veces. Con ella y con muchas otras estrellas he dado mi dinero y mi tiempo a cambio de, a veces, casi nada. Incluso me tragué una terrible Misery ¡porque salía Bruce Willis! Por no hablar de La Tempestad con Sigourney Weaver haciendo de Próspero. O el pastizal que me traje en Nueva York para ver a Jeremy Piven y Elisabeth Moss en un pedazo de David Mamet que no soporto. También peregriné a los teatros londinenses para ver a Phoebe Waller-Bridge o Ian McKellen, pero sus espectáculos eran magníficos, así que supongo que eso no cuenta como descontrol. Sí cuenta ir a ver a Paul Mescal en un tranvía llamado desire y hacerme una foto debajo de un cartel del teatro donde ponía «Paul Mescal is trepdous». . Isabelle Huppert es una actriz superdotada, una diva francesa y una mujer muy famosa. Las tres cosas son compatibles pero realmente es la última la que lleva a miles de espectadores a pagar por verla en directo. Eso es así. En espectáculos como Berenice, Huppert es el último dodo, el vestido con el que Marilyn le cantó el cumpleaños feliz a Kennedy y el campanu del año en curso.. Cuando estrenó Juicio a una zorra, escrita y dirigida por Miguel del Arco, Carmen Machi ya era famosísima gracias a Siete vidas y Aída. Seguro que mucha gente iría entonces al teatro a ver la obra de Del Arco solo para tener a una famosa de la tele cerca. Pero la actriz (y el director) sabían que eso es pan para hoy y hambre para mañana. Cualquiera que haya visto Juicio a una zorra (incluso en su versión televisiva como parte de la serie antológica Escenario 0) sabe que a la salida del teatro no es de Aída de quien uno quiere hablar. Ni de si Machi es alta o bajita, gorda o delgada, natural o teñida. tras la representación, las ovaciones eran para su trabajo, no para su celebridad. Eso se lo dejaremos a leyendas como Joan Collins, que hasta hace poco se subía a las tablas para hablar de ella y de su vida. Collins no engaña a nadie con esa propuesta y yo ni confirmo ni desmiento haber mirado fechas y vuelos para comprobarlo en persona. Hay algo precioso en acudir a un teatro a rendir pleitesía a un mito simplemente por existir. Y algo, mucho, de estafa en camuflar eso de acontecimiento teatral. Pero si me va a estafar alguien, que sea la Huppert. Una y mil veces.
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