El comienzo de 2026 ha vuelto a confirmar una realidad cada vez más estructural para los mercados financieros: la geopolítica sigue siendo un factor determinante. En esta ocasión, la atención se centra en Oriente Medio, donde la escalada del conflicto con Irán ha reabierto un frente de incertidumbre con implicaciones globales. Lejos de tratarse de un episodio puntual, la creciente intensidad de los acontecimientos ha incrementado notablemente el riesgo de contagio regional y ha devuelto a los inversores a un entorno de alta sensibilidad ante cualquier interrupción del suministro energético. Seguir leyendo
Protege frente a un posible deterioro económico y garantiza una rentabilidad atractiva a medio plazo
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El inicio de 2026 ha vuelto a confirmar una realidad cada vez más estructural para los mercados financieros: la geopolítica sigue siendo un factor determinante. En esta ocasión, la atención se centra en Oriente Medio, donde la escalada del conflicto con Irán ha reabierto un frente de incertidumbre con implicaciones globales. Lejos de tratarse de un episodio puntual, la creciente intensidad de los acontecimientos ha incrementado notablemente el riesgo de contagio regional y ha devuelto a los inversores a un entorno de alta sensibilidad ante cualquier interrupción del suministro energético. El principal canal de transmisión económica de este conflicto es, sin duda, el mercado energético. El Estrecho de Ormuz, por el que pasa entre el 20 y el 25% del petróleo marítimo mundial, además de una parte relevante del comercio de gas natural licuado, representa un punto crítico para la estabilidad de los precios de la energía. Cualquier interrupción prolongada en este enclave tendría consecuencias inmediatas para los costes energéticos y, por extensión, para las cadenas de suministro mundiales. Este riesgo ha empezado a reflejarse en los mercados desde finales de febrero, con el aumento de las tensiones tanto en el petróleo como en el gas. Este entorno apunta a un escenario de mayor estancamiento: menor crecimiento combinado con mayores presiones inflacionistas, un binomio especialmente complejo para los bancos centrales, que se traduce en un aumento de los tipos de interés y de las primas exigidas a los activos de riesgo. De hecho, los mercados han reaccionado rápidamente, modificando sus expectativas de política monetaria. En la eurozona, se ha pasado de anticipar ligeras bajadas de tipos a descontar en torno a tres subidas adicionales, lo que refleja la preocupación por un posible repunte de la inflación derivado del aumento de la energía. No obstante, cabe señalar que el contexto actual difiere sustancialmente del vivido en 2022 tras la invasión de Ucrania. Hoy, tanto los tipos nominales como los reales parten de niveles significativamente más elevados, mientras que la inflación se acerca al 2%, muy por debajo del entorno cercano al 6% de entonces. Además, el impulso fiscal es más limitado, lo que disminuye la posibilidad de un deterioro inesperado de las expectativas de inflación. En este sentido, aunque el BCE podría optar por subir los tipos preventivos para reforzar su credibilidad, el margen para un endurecimiento mucho más agresivo parece reducido. Además, los mercados de crédito han demostrado una gran resistencia. A pesar del aumento de la incertidumbre, los diferenciales de muchas empresas emisoras continúan en niveles comprimidos, en algunos casos incluso por debajo de los registrados antes del conflicto. Esta aparente desconexión entre el riesgo geopolítico y la valoración de los activos refleja, en parte, la búsqueda de rentabilidad por parte de los inversores en un entorno en el que los neumáticos -la rentabilidad implícita de los bonos- se han reorientado significativamente. Y es precisamente este repunte de los neumáticos lo que abre una ventana de oportunidad en la renta fija. Históricamente, los rendimientos de las carteras han estado muy correlacionados con los neumáticos de partida, lo que significa que los niveles actuales ofrecen un atractivo punto de entrada. En particular, la renta fija presenta tres ventajas clave en el entorno actual: proporciona protección frente a un posible deterioro económico, ofrece potencial de revalorización en caso de una desescalada geopolítica más rápida de lo previsto y permite asegurar rentabilidades atractivas a medio plazo. Sin embargo, posicionarse en este activo requiere un planteamiento flexible. El mercado se encuentra en una fase en la que la atención varía entre la inflación y el crecimiento. Por un lado, el aumento de la energía podría generar efectos de segunda ronda sobre los precios. Por otro, una respuesta excesivamente agresiva de los bancos centrales podría endurecer las condiciones financieras hasta el punto de afectar negativamente al consumo y la inversión, aumentando el riesgo de desaceleración económica. En este contexto, la gestión activa y flexible de las carteras de renta fija se hace imprescindible. La clave está en adaptarse a un entorno cambiante, en el que el comportamiento de los activos dependerá en gran medida de la rapidez y la magnitud de los movimientos de los bancos centrales. Las estrategias que combinan deuda pública de alta calidad con crédito corporativo sólido, junto con una gestión dinámica de la vida, permiten captar el carry disponible sin asumir riesgos excesivos. Además, el entorno actual presenta una combinación poco habitual: altos niveles de rentabilidad junto con un perfil defensivo reforzado. A diferencia de años anteriores, la renta fija vuelve a ofrecer no sólo generación de rentas, sino también capacidad de diversificación en escenarios adversos. Esto es especialmente relevante en un momento en el que otras clases de activos podrían verse más penalizadas por el aumento de la volatilidad. En definitiva, la escalada del conflicto en Oriente Medio ha reintroducido un importante grado de incertidumbre en los mercados, con el canal energético como principal vía de transmisión. Aunque los riesgos inflacionistas han ganado protagonismo, no hay que subestimar su impacto sobre el crecimiento. En este entorno, la renta fija de calidad emerge como una pieza clave en las carteras, siempre que se aborde desde una perspectiva flexible y activa. Más que nunca, la capacidad de adaptación será el factor diferencial para navegar en un escenario en el que la geopolítica marca el rumbo de los mercados. Germán García Mellado es gestor de fondos de A & amp, G Global Investors
