Durante años, los bancos centrales creyeron saber cómo combatir la inflación. Cuando los precios subían, subían los tipos de interés; cuando bajaban, se podían relajar. Era un mecanismo imperfecto, pero relativamente predecible. Ese manual de instrucciones ya no es fiable. El Banco Central Europeo decidió ayer mantener los tipos de interés y, más que una pausa en el ciclo monetario, la decisión refleja algo mucho más profundo: el fin de las certezas. La inflación sigue siendo una amenaza, pero sus causas ya no responden únicamente al comportamiento de la demanda, los salarios o el crédito. Las guerras, la energía, la fragmentación comercial y la geopolítica han pasado a ser elementos centrales de la política monetaria. El BCE ya no gestiona la totalidad del ciclo económico. Intentar navegar por un mundo en el que los riesgos cambian más rápido que los modelos con los que se analizaban tradicionalmente. Seguir leyendo
La decisión de mantener los tipos parece reconocer que el manual para prevenir la inflación ya no es útil.
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Durante años, los bancos centrales creyeron saber cómo combatir la inflación. Los tipos de interés subían cuando los precios subían, y una vez fijados, podían relajarse. Era un sistema imperfecto, pero en gran medida predecible. Ese manual ya no sirve. El Banco Central Europeo decidió ayer mantener los tipos de interés y, más que una pausa en el ciclo monetario, la decisión refleja algo mucho más profundo: el fin de las certezas. La inflación sigue siendo una amenaza, pero sus causas ya no responden únicamente al comportamiento de la demanda, los salarios o el crédito. Las guerras, la energía, la fragmentación comercial y la geopolítica se han convertido en elementos centrales de la política monetaria. El BCE ya no se limita a gestionar el ciclo económico. Intenta orientarte en un mundo en el que los riesgos cambian más rápido que los modelos con los que se analizaban tradicionalmente. Hace apenas un mes, el BCE subió los tipos, lo que en esta misma columna se describió como un cierto error de diagnóstico; ayer decidió esperar, lo que en sí mismo es una buena noticia. Sin embargo, no hay que confundir una pausa con una lección aprendida. Esto no significa que el BCE considere que la lucha contra la inflación haya terminado, y mucho menos que descarte nuevas subidas. Lo que señala es, sencillamente, que el margen para actuar con convicción es hoy mucho menor que hace unos años. Los últimos datos han mostrado una moderación algo mayor de lo esperado en algunos componentes de la inflación, mientras que la actividad económica europea sigue mostrándose más resistente de lo previsto. Al mismo tiempo, el precio del petróleo vuelve a subir, el gas natural recupera tensión, el conflicto entre Estados Unidos e Irán ha reabierto las dudas sobre el estrecho de Ormuz y los mercados energéticos vuelven a convertirse en una fuente de incertidumbre. En ese contexto, mantener los tipos no es un gesto de complacencia. Es un reconocimiento implícito de que el BCE necesita más información antes de dar un paso que afecte a toda la economía europea. La reunión de julio probablemente marque el final de una etapa. Hasta ahora, la cuestión era cuánto subir los tipos. A partir de ahora, la cuestión será cuándo dejar de utilizarlos como respuesta casi automática a cualquier aumento de la inflación. La política monetaria se ha vuelto mucho más dependiente de los datos y, sobre todo, mucho más dependiente de acontecimientos que escapan al control de los bancos centrales. Christine Lagarde señala que cada reunión será independiente y que las decisiones se tomarán en función de la información disponible. Puede parecer una fórmula repetitiva, pero nunca había sido tan cierta. Hoy, en Fráncfort, los salarios o el crédito bancario se analizan con el mismo interés que el precio del gas natural, la evolución del flete marítimo o las tensiones en Oriente Medio. La geopolítica ya forma parte del panorama macroeconómico con la misma intensidad.
