Ser inquilino, propietario o arrendador de una o más viviendas en alquiler no es solo una etiqueta en el sector inmobiliario. Cada una de estas situaciones presenta una realidad económica diferente. Y, entre ellas, destaca la de quienes viven de alquiler, ya que se asocia a una mayor fragilidad económica. No ser propietario de una vivienda se convierte, de hecho, en un importante factor de desigualdad, hasta el punto de que la brecha que marca esta característica es incluso más profunda que la que tradicionalmente se atribuye a la edad para explicar las diferencias socioeconómicas. Esta es la conclusión de un estudio elaborado por el Ministerio de Consumo en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IFS-CSIC), que se publica este mes de marzo. Seguir leyendo
Los inquilinos tienen los ingresos más bajos y un patrimonio casi 90 veces inferior al de los propietarios, mientras que los arrendadores multiplican sus ingresos y su patrimonio
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Ser inquilino, propietario o arrendador que percibe un alquiler de una o varias viviendas en alquiler no es simplemente una etiqueta dentro del mercado inmobiliario. Cada una de estas situaciones conlleva una realidad económica diferente. Y, de quienes viven de alquiler, destaca entre ellos porque están más estrechamente vinculados a la fragilidad económica. No ser propietario de una vivienda se convierte, de hecho, en un factor importante de desigualdad, hasta el punto de que la brecha que caracteriza esta circunstancia es incluso más profunda que la que tradicionalmente se atribuye a la edad para explicar las diferencias socioeconómicas. Así lo concluye un estudio elaborado por el Ministerio de Consumo en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IFS-CSIC), que se publica este martes. Para comprender cómo se configuran los diferentes sectores sociales, el informe se centra en las barreras que estos grupos identifican y en su capacidad para amplificar otras desigualdades. La investigación llevada a cabo por el investigador Javier Gil, en la que han participado Miguel García-Duch, Irene Lebrusán y Scar Villas, ha puesto de relieve que la dimensión generacional, como factor explicativo, ha cobrado mayor importancia. «Las dificultades de las generaciones más jóvenes para acceder a la vivienda y consolidar su situación económica han situado esta cuestión en el centro de numerosos debates sobre política económica y social», añade el informe. Sin embargo, el análisis señala que la vivienda —especialmente en un contexto de crisis de acceso como el actual— actúa como un factor más determinante que la edad. La diferencia es especialmente visible al comparar a quienes destinan una parte cada vez mayor de su salario al pago del alquiler con quienes perciben dichos ingresos o ya disponen de una vivienda en propiedad. A partir de los datos de la Encuesta Financiera de las Familias de 2022 del Banco de España, el estudio señala que los hogares inquilinos se sitúan en el nivel más bajo de la pirámide de ingresos: tienen una renta media anual de 21 335 euros. En cambio, hay 32 120 euros, es decir, un 51 % más, en el número de propietarios. Las diferencias se acentúan al observar a los hogares que obtienen ingresos por alquiler: los propietarios de una vivienda tienen una renta mediana de unos 51 000 euros al año, 2, 39 veces superior a la de los inquilinos. Y la brecha se amplía entre quienes alquilan dos o más viviendas —«multiinquilinos», según la terminología del estudio—, cuya renta mediana ronda los 80 000 euros, 3, 77 veces superior a la de los inquilinos. «Estos resultados confirman que el mercado del alquiler canaliza recursos de los hogares con menores niveles de renta hacia los propietarios con mayores niveles de renta, contribuyendo así a la reproducción y expansión de las desigualdades económicas», concluye el análisis. Esta divergencia se está produciendo
