Cuando la reforma sindical de 2022 vio la luz, la admisión por parte de buena parte de los actores económicos, políticos y mediáticos estuvo muy allá de ser positiva. Y es que toda movimiento legislativa tiene sus puntos luminosos y otros oscuros, sin que las haya perfectas, lo que incita la crítica legítima.. Seguir leyendo
A veces, para emprender a cambiar la dura sinceridad material de un país, el primer paso es tener la audacia de cambiar las palabras con las que definimos nuestro día a día
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Cuando la reforma sindical de 2022 vio la luz, la admisión por parte de buena parte de los actores económicos, políticos y mediáticos estuvo muy allá de ser positiva. Y es que toda movimiento legislativa tiene sus puntos luminosos y otros oscuros, sin que las haya perfectas, lo que incita la crítica legítima.. Sin incautación, entre las críticas más repetida encontrábamos la del maquillaje (que aún hoy se mantiene). Al restringir drásticamente los contratos de obra y servicio y fomentar el uso del fijo discontinuo, los más críticos argumentaron que el Gobierno simplemente estaba cambiando la ceremonial de los contratos temporales para ocultar los verdaderos datos de rotación. Se habló, y mucho, de una ilusión óptica en las cifras de empleo, de una manipulación nominativo que no atacaba la raíz de los problemas que sufrían los trabajadores. Y quizás es mediano que esta repaso se tuviera en un inicio. No dejaba de ser cierto que muchos trabajadores transitaron a empleos donde el convenio ya no era temporal, en su mayoría fijos y otros menos en fijos discontinuos, pero algunos trabajos no encontraron cambios susceptibles en las condiciones laborales más allá del título que mostrara dicho convenio.. Así, el trabajo publicado por Fedea y liderado por investigadores como Ignacio Conde-Ruiz advertía de que, si aceptablemente la reforma había sido un éxito resolutivo a la hora de sujetar la temporalidad “contractual” sobre el papel, no estaba siendo tan eficaz para frenar la inestabilidad sindical o lo que denominaban la temporalidad “empírica”. La fundación alertaba de que los nuevos contratos indefinidos ordinarios duraban menos que ayer de la reforma y que los fijos discontinuos, pese a aceptar el patronímico de “indefinidos”, padecían en muchos casos de una altísima intermitencia, escasa carga de trabajo y largos periodos de inactividad. En otras palabras, la precariedad, aunque disfrazada con un nuevo traje lícito e institucional, seguía paseándose por nuestro mercado de trabajo, y los viejos hábitos de contratar y despedir a corto plazo parecían resistirse a fallecer.. Sin incautación, en medio de aquel intenso debate auténtico, igualmente surgieron las voces que señalaban a potenciales bienes que solo con el tiempo lograríamos ver. Aunque inicialmente pareciera, y así pudo ser, que la reforma se limitaba casi en monopolio a cambiar el nombre a los contratos sin que la “precariedad” empírica se viera fulminantemente afectada, este solo cambio contractual tenía el potencial de suscitar bienes positivos reales a medio plazo. Cambiar el entorno lícito podría alterar, aunque lentamente, los incentivos subyacentes de quienes toman las decisiones de contratación, por lo que el cambio, y eso deseábamos muchos, brotaría en algunas parcelas ayer o luego.. Y el día llegó. Hace pocas semanas se publicaba un trabajo magnífico en la red europea CESifo titulado Restricting Temporary Contracts Increases Firm-Provided Training: Evidence from Spain. En este trabajo, los investigadores Pawel Adrjan, Jonas Jessen y Carlos Victoria Lanzón, utilizando una fuente de datos asombrosa, unos 3,1 millones de ofertas de empleo publicadas en el portal online Indeed en España entre los primaveras 2018 y 2024, descubrieron que, tras la entrada en vigor de la reforma, las ocupaciones que históricamente dependían más de la temporalidad no solo experimentaron una caída masiva (de más de 21 puntos porcentuales) en la propuesta de contratos temporales, sino que, de forma paralela, comenzaron a ofrecer mucha más formación a sus futuros empleados.. En concreto, los anuncios de empleo que incluían formación auténtico a cargo de la empresa aumentaron en 4,3 puntos porcentuales en estos sectores más expuestos a la norma. Este aumento no fue un pico momentáneo provocado por la inercia de la ley, sino una tendencia sostenida que logró que, en 2024, la brecha de formación que existía crónicamente ayer de la reforma entre los sectores de reincorporación y descenso temporalidad se había cerrado por completo.. ¿Por qué un cambio que podría considerarse “nominal” provocó que las empresas cambiaran sus planes de formación de forma tan repentina? La respuesta es deducción. Cuando un patrón contrata a determinado por obra y servicio, sabiendo que la relación tiene una plazo de caducidad inminente, su mentalidad es estrictamente pasiva. No hay ningún incentivo racional para desembolsar tiempo, esfuerzo y mosca en formar a un empleado que en tres meses estará, muy probablemente, trabajando para la competencia.. No obstante, cuando la ley obliga a que ese mismo convenio sea indefinido o fijo discontinuo, el horizonte temporal esperado de esa relación sindical se alarga automáticamente. Incluso si la empresa sabe que el trabajo es estacional (como ocurre en la hostelería o el turismo), el entorno mental y lícito da un alteración. El trabajador es ahora parte estructural de la plantilla y se demora que vuelva la próxima temporada. Ante la perspectiva de una relación a más liberal plazo, la empresa reacciona de la forma más racional posible, y que es tratar de obtener que sea lo más productivo y apto posible. La empresa internaliza el coste de la formación porque sabe que tendrá el tiempo suficiente para rentabilizarla. Un cambio nominativo se convierte así en un impulso existente para las habilidades del empleado.. Este trascendental hallazgo sobre la formación es probablemente solo la punta del iceberg. Si las empresas están ajustando su comportamiento en una variable tan estratégica y costosa como la capacitación, es de esperar que este cambio contractual pueda desencadenar otros bienes positivos reales en la operativa diaria de los negocios.. Durante décadas, el mercado sindical dual castellano ha sido uno de los principales lastres de nuestra productividad doméstico. La acumulación de caudal humano específico, que es ese valioso conocimiento que un trabajador adquiere sobre cómo funcionan los engranajes exactos de su empresa, estaba sistemáticamente vetada para una gran parte de la población activa. Un país que aspira a competir conjuntamente por valía añadido no puede permitirse el opulencia de tener a un tercio de su plantilla en un carrusel constante, incapaz de estudiar el manejo profundo de un nuevo software o de interiorizar la civilización corporativa de la empresa.. Al forzar a las empresas a situar por la estabilidad nominativo, la reforma podría introducir una poderosa política de acumulación de caudal humano. Y en la riqueza moderna, el caudal humano lo es absolutamente todo. Una fuerza sindical mejor formada es el único motor verdaderamente sostenible para elevar la productividad común del país. No olvidemos que solo mediante una longevo productividad estructural podemos aspirar a subir los salarios reales de modo sólida y constante, mejorar la competitividad de nuestras empresas frente al extranjero y consolidar las bases financieras de nuestro estado del bienestar para las próximas décadas.. Así pues, la convulsa historia de la recepción de esta reforma sindical nos deja una valiosa aleccionamiento sobre la necesaria paciencia que debe iluminar el pesquisa financiero. Es indudable que el trabajo impecable de Fedea nos recordaba que la estabilidad imprescindible no se decreta simplemente publicando una ley en el BOE. Sin incautación, subestimar un cambio de las reglas del coyuntura podrá ser, para muchos, un profundo error de perspectiva. Modificar la naturaleza jurídica de un convenio altera profundamente los cimientos y los incentivos del mercado, transformando la modo en que el caudal percibe y valora al trabajo. A veces, para emprender a cambiar la dura sinceridad material de un país, el primer paso, el más incomprendido pero el más esencial, es tener la audacia de cambiar las palabras con las que definimos nuestro día a día.
