Puede ocurrir en la playa, en las gradas de un partido, en una fiesta de cumpleaños o en un picnic dominical. Un adulto saca el móvil del bolsillo, lo desbloquea, enfoca a su hijo con la cámara, le graba durante unos segundos y publica el vídeo en sus redes sociales. Mientras tanto, el niño sigue corriendo, jugando o comiendo tarta. No ha pedido aparecer en Instagram ni en TikTok, pero su imagen ya circula por Internet sin que sepa cuál es su alcance ni quién puede acceder a ese contenido. Sigue leyendo.
Compartir una publicación en las redes sociales puede revelar datos personales, llegar a terceros y afectar a la privacidad, la seguridad y la reputación de los niños.
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Puede ocurrir en la playa, en las gradas de un recinto deportivo, en una fiesta de cumpleaños o en un picnic dominical. Un adulto saca su móvil del bolsillo, lo desbloquea, enfoca a su hijo con la cámara, lo graba durante unos segundos y lo publica en sus redes sociales. Mientras tanto, el niño sigue corriendo, jugando o comiéndose un trozo de tarta. No ha pedido aparecer en Instagram ni en TikTok, pero su imagen ya circula por Internet sin que sepa cuál es su alcance ni quién puede acceder a ese contenido. Un simple vídeo de un minuto o una fotografía inocente pueden dar muchas pistas sobre la vida privada del niño. «El uniforme del colegio, un plato, la fachada de la casa, la ubicación, el nombre del menor o referencias a sus horarios, actividades o estado de salud», ejemplifica Delia Rodríguez, directora general de Vestalia Abogados. También es habitual compartir «imágenes más íntimas, como fotografías en el baño, en el hospital o en momentos de vulnerabilidad», añade. Para un adulto, una imagen puede ser un recuerdo, pero para los niños puede suponer el inicio de una huella digital que no han elegido. Internet puede convertir una simple publicación en un foco de riesgo. Principalmente porque la imagen deja de estar bajo el control de su propietario en el momento en que se publica en las redes sociales. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) advierte de que, aunque el adulto la borre posteriormente, quedará al menos registrada en los servidores de la red social y cualquiera que la haya visto puede haber hecho uso de esa información, ya sea difundiendo o copiándola. En el caso de los menores, esa pérdida de control puede hacer que una publicación inocente se convierta en una invasión de su privacidad. Las consecuencias no se limitan únicamente a la pérdida de privacidad de los menores, sino que también pueden afectar a su seguridad, a su reputación y a la confianza que tienen en los adultos que publicaron dichas imágenes sin su consentimiento. El Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) señala que los contenidos sobre menores pueden entrar en una espiral de difusión entre personas desconocidas que pueden hacer un uso malintencionado de dichas imágenes, como el ciberacoso, la suplantación de identidad o el grooming (engaño por parte de un pederasta para abusar del menor). Para aclarar cuáles son las principales líneas rojas a la hora de publicar en redes sociales, EL PAÍS ha contactado con varios expertos en protección de datos, infancia y seguridad digital. ¿Cuáles son los errores más comunes al subir fotos de niños a las redes sociales? El principal error que la mayoría de ellos pasa por alto es no contar con el consentimiento del menor para publicar su imagen en las redes sociales. Actualmente se está debatiendo el proyecto de Ley Orgánica de Protección de Menores en Entornos Digitales, cuyo objetivo es elevar la edad a los 16 años o exigir la autorización de los padres. «Si la persona que publica la fotografía es el progenitor del menor, el error es no contar con el permiso del otro progenitor y no plantearse si al menor le gustaría aparecer en ella», afirma Paloma Arribas, socia de Baylos – 124, Abion. Independientemente del consentimiento, añade, otro fallo es la seguridad. «El 72 % del material incautado a los pedófilos son imágenes cotidianas no sexualizadas», advierte la experta. Otro error muy común, según Delia Rodríguez, es no configurar adecuadamente la privacidad de las publicaciones, «y creer que las imágenes solo las verán familiares o amigos, cuando en realidad podrían llegar a un número mucho mayor de personas o ser compartidas sin el conocimiento de quienes las publicaron». Por lo tanto, es necesario preguntarse, antes de publicar, si nos gustaría que se difundiera esa misma imagen en caso de que los protagonistas fuéramos nosotros. «Al fin y al cabo, proteger al niño no significa dejar de hacer fotos, sino tener cuidado a la hora de decidir cuáles deben quedarse en la familia y cuáles pueden hacerse públicas». ¿Dónde está el límite entre compartir un recuerdo y exponer en exceso a un menor? . Es posible que publicar contenido «no tenga por qué suponer un problema si se hace con precaución, respetando los derechos del niño y preservando siempre su privacidad, dignidad y seguridad», afirma Rodríguez. El verdadero riesgo, señala, surge cuando las publicaciones se convierten en una práctica habitual que documenta cada etapa de su vida. Cuando esta exposición es constante, un simple recuerdo ya no se comparte, sino que se empieza a construir una huella digital sin que el menor pueda decidir si quiere dejar ese rastro en Internet. «Su infancia, sus gustos, sus rutinas, sus logros e incluso sus momentos más personales pasan a formar parte de un registro digital». El límite, por lo tanto, no depende de si la imagen es bonita, divertida o familiar, sino de si respeta el interés superior del menor. Como recuerda Paloma Arribas, la Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero, sobre la protección jurídica del menor, reconoce su derecho al honor, a la intimidad y a su propia imagen, y considera que el uso de «su imagen o nombre en los medios de comunicación que pueda suponer una vulneración de su honor o reputación, o que sea contrario a sus intereses, incluso si se cuenta con el consentimiento del menor o de sus representantes legales». Por este motivo, los expertos plantean la pregunta que debe hacerse el adulto antes de publicar nada: ¿Protege la imagen el interés del menor o solo responde al deseo del adulto de compartir cada momento en las redes sociales? ¿Existe el mismo riesgo si se publica una foto desde una cuenta privada que si se sube a una cuenta pública? No. En una cuenta privada es menos probable que la difusión sea más descontrolada que en un perfil público; sin embargo, señala Luis Ruiz-Rivas, socio de Dikei Abogados, que esa protección puede crear «una falsa sensación de seguridad que lleve al usuario a no filtrar los contenidos ni a tomar las precauciones que tomaría en el caso de una cuenta pública». También hay que tener en cuenta las características de cada red social. «En todos los casos, las interacciones no se producen de la misma manera, ni tienen el mismo alcance, por lo que es importante que el usuario se familiarice con la plataforma en la que va a publicar imágenes y tenga bien configuradas las opciones de privacidad», matiza Ruiz-Rivas. ¿Qué datos revelamos sobre los menores sin darnos cuenta? Básicamente, podemos llegar a compartir toda la vida del niño. «Una fotografía revela mucha información sobre su edad, sexo, aficiones, dónde se encuentra, hábitos, nivel de vida. . . Son datos que los delincuentes pueden utilizar para poner en peligro a ese niño», ejemplifica Arribas. Una foto puede parecer inofensiva. Muchas, ya no tanto. El problema, señala Delia Rodríguez, surge cuando esta información se comparte de forma continuada. «Cada publicación aporta una nueva pieza que, junto con el resto, permite reconstruir las rutinas y los hábitos del niño». Es decir, una simple publicación puede acabar ofreciendo a cualquier tercero un perfil muy preciso de su vida privada. «En el momento en que se publica una fotografía en Internet, se pierde el control sobre cualquier posible uso posterior», afirma Ruiz-Rivas. Además, «las reacciones de los perfiles que acceden a la publicación pueden ser diferentes de las previstas por la persona que la difunde, lo que puede causar daño al menor», añade. Si en la foto aparecen otros niños, ¿qué hay que tener en cuenta? Es imprescindible contar con la autorización de ambos progenitores para publicar contenido en el que aparezcan otros menores. «El hecho de tener algún vínculo familiar directo (tíos, abuelos. . . ) no exime de esta obligación», señala Arribas. «Si no se dispone de dicha autorización, lo mejor es no publicarla y, en caso contrario, pixelar a las personas o eliminarlas de la imagen utilizando los métodos de los que dispone actualmente cualquier usuario», aconseja. ¿Qué consecuencias puede acarrear publicar fotos de niños sin permiso? Capturar y difundir imágenes sin permiso puede acarrear consecuencias tanto civiles como administrativas. Podría constituir una violación del derecho a la imagen del menor, afirma Ruiz@-@ Rivas. Según el tipo de fotografía, también puede «suponer una vulneración de su derecho a la intimidad o de su derecho al honor». Si se demuestra el perjuicio, la publicación no autorizada puede acabar en los tribunales y dar lugar a «una indemnización, entre otras medidas compensatorias, por parte de las personas implicadas en la captación o publicación no autorizada». Dado que la imagen se considera un dato personal, añade el experto, existe la posibilidad de que la Agencia Española de Protección de Datos imponga sanciones administrativas.
