En diciembre de 1996, Alan Greenspan utilizó por primera vez el término «exuberancia irracional» durante un discurso dedicado a los retos de la política monetaria. Su uso no pretendía refutar las especulaciones sobre la existencia de una burbuja, sino más bien preguntarse si el entusiasmo de los inversores había provocado un aumento excesivo del precio de los activos. No era la primera vez que las dudas sobre la racionalidad de las expectativas preocupaban a los inversores más prudentes y, como hemos comprobado más tarde, iba a ser la última. Seguir leyendo
La inteligencia artificial va a cambiar el mundo, pero eso no convierte automáticamente la revolución tecnológica en una inversión rentable
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En diciembre de 1996, Alan Greenspan utilizó por primera vez el término «exuberancia irracional» durante un discurso dedicado a los retos de la política monetaria. Su uso no pretendía afirmar la existencia de una burbuja, sino cuestionar si el entusiasmo de los inversores había elevado demasiado el precio de los activos. No era la primera vez que las dudas sobre la racionalidad de las expectativas preocupaban a los inversores más prudentes y, como hemos comprobado más tarde, iba a ser la última. No es demasiado arriesgado afirmar que ahora estamos viviendo uno de esos momentos de gran esperanza. Es innegable que, tanto en lo que respecta a los resultados empresariales como a la innovación, estamos atravesando un momento histórico. La cuestión no es si la IA cambiará el mundo, sino cuán profundo será ese cambio. Esto nos está llevando a valorar un alto crecimiento de los márgenes y los beneficios y, lo que quizá resulte más intrigante, a dar por sentada su permanencia en el tiempo. En esta ocasión, además, no podemos atribuir todo el entusiasmo a la psicología del inversor ni a la locura de las masas. Basta con observar los niveles de capital que exige la carrera por la inteligencia artificial para darse cuenta de que el impulso no proviene principalmente del inversor minorista, sino de algunas de las empresas de mayor calidad del mundo, que creen firmemente en la transformación que representa esta tecnología. La historia financiera es demasiado larga como para que lleguemos a debatir alguna vez sobre un fenómeno novedoso. Cambia el escenario, cambia el vestuario, pero la obra es la misma: las tecnologías disruptivas siguieron una trayectoria que la IA está replicando en muchos aspectos. Ahora nos encontramos en una situación en la que las altas expectativas exigen el uso de mucho capital, y si las empresas no son capaces de generar ese capital, se recurre al préstamo. No pasa nada, porque el mercado también comparte esas expectativas. Del mismo modo, si tenemos que producir por encima de la demanda prevista, tampoco pasa nada, porque la demanda crecerá en el futuro. Si hay que perder dinero a corto plazo, tampoco hay que preocuparse, porque los beneficios llegarán mañana, el año que viene o el siguiente. . Si echamos la vista atrás y observamos lo que ocurrió en el siglo XIX y a principios del XX con el ferrocarril o los automóviles, veremos que se dieron patrones muy similares. Ambas tecnologías cambiaron el mundo y mejoraron la vida de la humanidad, pero, a lo largo del camino, tuvieron una historia significativa de expectativas desmesuradas, ambición, grandes beneficios, sobreproducción, concentración empresarial y alguna que otra ruina. En cualquier caso, no todo lo que estamos viviendo son malas noticias. Sin duda, la IA traerá un mundo mejor, algunas empresas ganarán mucho dinero y se ha abierto una ventana a la gestión activa, de esas que solo se dan una vez cada muchos años. Muchas veces, para los inversores, el problema (o la oportunidad) radica en que la atención no suele centrarse en varios frentes a la vez. Desde finales de 2022, el tema de la IA lo ha acaparado todo, hasta el punto de que ya no hablamos de nada más (no solo entre quienes se dedican a la inversión, sino prácticamente todo el mundo), y como este es nuestro principal tema de conversación, menospreciamos otras inversiones que, a la luz de la inteligencia artificial, parecen mucho más aburridas. Sin embargo, algo parece estar cambiando en este 2026, en el que la atención se dirige, no solo hacia los «Siete Grandes», sino también hacia el resto del mercado, reconociendo a aquellas empresas que han seguido ganando dinero y generando efectivo, aunque no contaran con el favor de los inversores. Siempre insistimos en la necesidad de planificar nuestras inversiones a largo plazo y, para ello, los múltiplos que pagamos hoy son importantes. No es lo único, pero es muy importante. Si compramos empresas que ya se mueven en lo que Alan Greenspan denominó «exuberancia irracional», debemos asumir que el gran crecimiento de los beneficios y su permanencia a lo largo del tiempo ya están incluidos en el precio, lo que nos plantea el reto —y la necesidad— de que ese crecimiento que compramos hoy sea breve y aún mayor en el futuro. Desde el punto de vista del inversor, parece más razonable realizar operaciones en las que la relación riesgo-rentabilidad esté mucho más equilibrada. No se trata de comprar un crecimiento extraordinario a cualquier precio, sino de comprar un crecimiento que esté razonablemente valorado y, en este sentido, la buena noticia es que el mercado todavía tiene mucho que ofrecer. Como hemos visto en el pasado, el verdadero riesgo no es equivocarse a la hora de determinar si una nueva tecnología va a ser disruptiva o no. El verdadero riesgo es equiparar una revolución tecnológica con una inversión necesariamente rentable. La exuberancia irracional no debe encontrarse en la selección de activos, sino en el múltiplo que pagamos por ellos. Es tarea del inversor aportar ese componente de racionalidad y comprender que todo tiene un precio. En Finaccess Value, David Ardura es el director de inversiones.
