Es el torero en activo con más salidas a la plaza de Las Ventas a sus espaldas. El domingo disputará su 76. ª salida como torero. Hay que sumar otras diez: 8 como cuerno y 2 en corridas benéficas. Uceda se refiere con respeto casi litúrgico a su plaza como «un templo». Esta afición siempre ha sabido esperar el resurgimiento de sus formas clásicas basadas en una técnica sólida. Se enfrentará a los toros de Victorino Martín por octava vez en Madrid: «una ganadería que ha marcado mi carrera». «Un reto al que me enfrento con toda la ilusión», afirma el veterano maestro de Usera.
Es natural del barrio de Udera, lleva treinta años como torero y este domingo realizará su 76. ª salida en la Plaza de Las Ventas.
Es el torero en activo con más salidas a la plaza de Las Ventas a sus espaldas. El domingo disputará su 76. ª salida como torero. Hay que sumar otras diez: 8 como cuerno y 2 en corridas benéficas. Uceda se refiere con respeto casi litúrgico a su plaza como «un templo». Esta afición siempre ha sabido esperar el resurgimiento de sus formas clásicas basadas en una técnica sólida. Se enfrentará a los toros de Victorino Martín por octava vez en Madrid: «una ganadería que ha marcado mi carrera». «Un reto al que me enfrento con toda la ilusión», afirma el veterano maestro de Usera.
Pregunta. ¿Te imaginabas llegar a los 30 años de alternativa en activo?
Respuesta. Ni mucho menos. Celebrar el aniversario en la misma plaza, que es mi plaza, era impensable en aquel momento. Mi carrera ha tenido muchos altibajos, y ha habido muchos momentos oscuros. Me alegra mucho llegar a esta fecha en el momento en el que me encuentro, disfrutando tanto de la tauromaquia y afrontando la tarde con responsabilidad. Estoy absolutamente dispuesto a dar lo mejor de mí mismo.
P. ¿Sientes que tienes cosas que decir?
R. Si sigo toreando, es para hacerlo frente al toro para el que nací, que es la tauromaquia que siempre he sentido. Por encima del triunfo, que es importante, lo que más me importa son las sensaciones, tanto las que permanecen en mí como las de los demás cuando me ven torear. Poder dar lo mejor de mí mismo frente al toro. Cuando la naturaleza me diga que ya no puedo hacerlo, porque no tengo el físico suficiente, lo dejaré. O si dejara mi vocación, aunque no creo que eso ocurra nunca. La tauromaquia, cuando se siente, es eterna, no envejece.
P. ¿Qué te hace pensar que la vocación siempre estará contigo?
R. En estos treinta años, he pasado por momentos muy complicados. Siento que puedo superarlos. En los años en los que había menos corridas, me iba a pueblos pequeños de Colombia. En esos viajes recordaba cómo había conocido las grandes ferias de América, con ese lujo y esa categoría. Estaba allí viajando solo, preguntándome si merecía la pena, y en la tauromaquia encontré la respuesta. Me convencí de que tenía que seguir adelante aunque el horizonte estuviera negro. No creía que fuera capaz de soportarlo, de no dejar de salir a la plaza aunque no supiera cuándo volvería a hacerlo. Me siento orgR, desde esa etapa, porque pude sacar las conclusiones más positivas sobre mi capacidad y mis cualidades como torero.
P. Muchos aficionados se reconciliaron contigo el 2 de mayo de 2022, aunque tu espada no hiciera justicia.
R. Fue mi regreso a Madrid tras cuatro temporadas en blanco. Volví con toda la ilusión, tuve la suerte de cubrir a los dos toros de El Cortijillo, pero la Gran Puerta se me escapó de las manos por culpa de la espada. Fue mi renacimiento como torero y creo que también un redescubrimiento por parte de algunos aficionados. El toro es un juez inapelable. Te plantea preguntas que nunca habrías imaginado que te harían. Es la vara de medir de cómo te sientes y cómo estás. Cuando me sentí frente a la cara del toro, mi ateo tenía un mensaje. Creo que hice un sello a partir del clásico que siempre he intentado que se pareciera a alguien más y que siempre he intentado hacer mío.
P. ¿Es una ventaja o se vuelve cada vez más pesado?
R. Madrid siempre ha sido mi motivación, pero estas «R», ya llevamos más años. Mi mayor valor es Madrid, es lo que me da credibilidad en otros lugares. Soy consciente de los años de alternancia, de que surgen nuevos toreros, pero tengo una forma de entender la tauromaquia que puede influir en las nuevas generaciones, al igual que a mí me han influido toreros anteriores de mi misma línea. Es la única forma de perpetuar la tauromaquia, de dejar un legado, de alimentar esta forma de tauromaquia para que nunca se pierda.
P. ¿Quiénes te han marcado más?
R. La tauromaquia de Madrid tiene un acento característico. La línea de los toreros madrileños: Ángel Teruel, Antoñete, Curro Vázquez, Manolo Escudero, Luis Segura o Luis Alfonso Garcés, entre otros. Todos ellos han sido toreros muy elegantes y muy clásicos. Origen: Madrid.
P. Tú, que eres del barrio de Udera, te has adaptado muy bien a ser madrileño.
R. Siempre he pensado que el medio crea al artista. Me crié en Madrid, me empapé de chasticismo y madrileñismo. En el barrio, era natural ver a un torero. En casa siempre hemos sido muy devotos de la Virgen de la Paloma y de Santa Gema Galgani. Desde que debuté en Madrid, cada vez que he tenido una corrida, he visitado al Cristo de Medinaceli. Es bonito que se haya recuperado la tradición de que los toreros lo saquen en procesión. Sueño con que el 4 de octubre me eche una mano, con que sea una tarde preciosa que quede grabada en la memoria.
P. Madrid también tiene su bohemia, tan ligada a las corridas de toros.
R. Tenía mucha amistad con el maestro Manzanares. Él me decía: «¿Qué mérito tienen los toreros de Madrid? ». Un día le pregunté por qué y me respondió: «Si quieres distraerte, tienes ofertas todos los días». Es un lugar muy tentador para la bohemia. Hay que conocerla, pero no vivir en ella. Hay que saber entrar y salir, captar su esencia para que te inspire, pero sin dejarte atrapar, porque es muy difícil salir de ahí. Es una de las razones por las que vivo en Galaparte; la sierra es un lugar con mucha tradición ganadera, con mucho toreo y muy saludable, pero Madrid es mi verdadera ciudad.
El 3 de octubre de 1996, P. Curro Romero le entregó los objetos en presencia de JR, io Aparicio. ¿Qué recuerdas de aquella tarde?
R. Me quedé con eso como un «nebR», un oso. Guardo sensaciones, palabras con mi padre que nunca olvidaré y una docena de fotografías que apuntan al concepto que iba a desarrollar, en la línea vertical y natural que he seguido. Curro, el maestro, me tenía especial cariño en su papel de padrino. Por cierto, yo tenía 62 años entonces y no entiendo cómo se las apañó con los dos toros lanzando puyas y las cosas que hizo con la muleta. Tengo 49 años, así que, salvando todas las distancias, ojalá el maestro pudiera seguir teniéndome a su lado un tiempo más.
P. ¿Qué le dirías a aquel chico de 17 años que se presentó como torero en Madrid?
R. Ese iba a ser mi debut por todo lo alto, pero Gregorio Sánchez, el director de la escuela, decidió organizar una actuación de una joven en Lorca una semana antes a modo de ensayo general. Triunfé en el pañuelo de Fernando Peña, que fue mi primera Gran Puerta; llegué a lanzar ocho pañuelos en una sola temporada. Yo diría que merece la pena. Que el camino exige ser fuerte, pero que hay que saborear cada paso porque el tiempo pasa y las sensaciones se esfuman. Me siento orgulloso, una muestra de dedicación, de haber sido disciplinado, de no haber renunciado nunca a mis sueños.
P. El cuidado de los detalles lleva al estreno del traje de luces cada vez que se torea en Madrid. ¿Es tan importante?
R. Para mí sí. Así me lo dijo mi padre, que era el paradigma del aficionado madrileño. Con su exigencia, pero al mismo tiempo con sensibilidad por la tauromaquia. Por un lado, La Sales es mi hogar y, por otro, es el templo de las corridas de toros al que rindo respeto como quien entra en una catedral. He visto toros desde que era niño y es la piedra angular de mi carrera. Parte de mi ilusión por torear en Las Ventas es estrenar un traje cada tarde; tengo uno muy especial para el domingo que aún no quiero desvelar. Es un respeto reverencial que me gusta mantener. Hay muchas tardes en las que me he sentido a gusto en esa plaza, en las que me he sentido reconocido por el conocimiento y el respeto de sus aficionados. Cuando las cosas no han salido bien, lo he pasado mal.
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