Mi relación con la figura del bufón es oficial, al menos en mi generación y en mi tribu. Era inevitable leerlo a los veintidós años. Rara vez se encuentra un clásico contemporáneo capaz de provocar una risa genuina, de esas que se oyen a través de la pared. No había piso compartido en el que no estuviera expuesta la legendaria edición de bolsillo de *Anagram* y, cuando el legendario cómico Ignatius Farray emergió de una cueva de Tenerife conectada con el subconsciente de todos los demás humoristas, todos captamos la referencia tras su nombre artístico (sin caer en el parecido físico entre Ignatius y John Kennedy Toole). Además de las risas, recuerdo de aquella lectura lo espectacular que era el entrelazamiento de las tramas y los personajes, un reparto tan amplio como el de una telenovela venezolana o una saga de dragones. La conjura de los necios, un laberinto de complejidad sin resolver en el que absolutamente todos los personajes descubren una salida, me dejó en la oscuridad, también porque es una novela en la que, en realidad, casi no pasa nada.
El protagonista de *La conjura de los necios* responde a un arquetipo contemporáneo: el individuo que se presenta como experto en todo, pero es incapaz de hacer nada. Actualmente cuenta con una versión en cómic.
Mi relación con la figura del bufón es oficial, al menos en mi generación y en mi tribu. Era inevitable leerlo a los veintidós años. Rara vez se encuentra un clásico contemporáneo capaz de provocar una risa genuina, de esas que se oyen a través de la pared. No había piso compartido en el que no estuviera expuesta la legendaria edición de bolsillo de *Anagram* y, cuando el legendario cómico Ignatius Farray emergió de una cueva de Tenerife conectada con el subconsciente de todos los demás humoristas, todos captamos la referencia tras su nombre artístico (sin caer en el parecido físico entre Ignatius y John Kennedy Toole). Además de las risas, recuerdo de aquella lectura lo espectacular que era el entrelazamiento de las tramas y los personajes, un reparto tan amplio como el de una telenovela venezolana o una saga de dragones. La conjura de los necios, un laberinto de complejidad sin resolver en el que absolutamente todos los personajes descubren una salida, me dejó en la oscuridad, también porque es una novela en la que, en realidad, casi no pasa nada. . Este recuerdo se quedó patas arriba tras escuchar una de las revelaciones que el generoso escritor Jason Pargin nos regala diariamente en sus redes sociales. En cinco minutos repasa los muchos misterios y brujerías que rodean este libro, las que ya conocíamos y una nueva: en realidad, La conjura de los necios es una novela futurista. El protagonista, esa combinación de lo peor de Don Quijote y Sancho Panza en un solo organismo, responde a un arquetipo que no existía en la época en la que fue escrito y que no nacería hasta la llegada de Internet. O sea, el individuo que se presenta como experto en todo pero es incapaz de formar parte de nada. Alguien que ha sacrificado la vida en sociedad para poder ejercer la misión autoimpuesta de expresar su perpetuo desprecio online hacia el resto de la humanidad (los necios) y la mediocridad del presente que le ha tocado vivir (la conjura).. Quién me iba a decir a mí que este descubrimiento y la ganas de releer la novela llegasen a pocos días del lanzamiento de la adaptación al cómic a cargo del mismísimo Albert Monteys, publicada por Astiberri. Monteys es una persona que se aburre a una velocidad de vértigo, y en consecuencia sus cómics son una avalancha de ideas y trucos, algo que ya situó su espectacular interpretación de Matadero 5 en las antípodas de la mortecina tradición de clásicos ilustrados. Nadie se esperaba que repitiese la hazaña con una obra aún más intocable, pero ahora, mirando las primeras páginas, es de cajón: sólo un autor tan vivo como él es capaz de resucitar uno de los libros menos muertos de la historia.
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