Casi 80 años después de que el hiperbólico Manifiesto Comunista colocara la lucha de clases de clases en el centro de nuestras vidas, y pese a los esfuerzos de algunos para convencernos de que las únicas clases que quedan son las de inglés, los fondos de inversión (como los dinosaurios del cuento de Monterroso) siguen ahí. Es decir, no hay manera de avanzar. O eso al menos mantiene con una claridad casi ofensiva el coreano Lee Chang-dong en Un amor posible, que como su colega Bong Joon-ho en Parásitos, llega a la cartelera con la nada disimulada intención de doler, de doler y de pasar a limpio un texto que se niega a dejarse enterrar.
El director coreano completa una de las películas de la temporada de la mano de un drama callado sobre sobre el anhelo, que también es posibilidad, del amor en un tiempo descabellado y esencialmente injusto
Casi 80 años después de que el hiperbólico Manifiesto Comunista colocara la lucha de clases de clases en el centro de nuestras vidas, y pese a los esfuerzos de algunos para convencernos de que las únicas clases que quedan son las de inglés, los fondos de inversión (como los dinosaurios del cuento de Monterroso) siguen ahí. Es decir, no hay manera de avanzar. O eso al menos mantiene con una claridad casi ofensiva el coreano Lee Chang-dong en Un amor posible, que como su colega Bong Joon-ho en Parásitos, llega a la cartelera con la nada disimulada intención de doler, de doler y de pasar a limpio un texto que se niega a dejarse enterrar.
El director de milagros como Poesía (2010) o Burning (2018) propone ahora una historia de apariencia sencilla. Una directora de cine se acerca a los despedidos de una fábrica para rodar lo que quiere ser un documental. Nada más. El propio Chang-dong confiesa que el origen de la película fue la urgencia de intervenir en el debate social que se produjo cuando la huelga de los trabajadores de una fábrica se zanjó con una violentísima acción policial. Si todo esto les suena por algo que han visto recientemente en el telediario o en el wasup, no se asusten, no han regresado a 1848, es, simplemente, el dinosaurio de antes. De entrada, todo discurre de la mano del socorrido trámite del cine dentro del cine. El espectador es invitado a presenciar la construcción misma de una película que quiere ser a la vez la reconstrucción —construcción sobre construcción— de un hecho muy determinado. Nada más.
Lo que ocurre es que rara vez las cosas son simplemente lo que parecen. Se diría que las cosas se acercan más a lo que «aparecen». En efecto, poco a poco, Un amor posible se va complicando hasta convertirse en una agudísima y muy sangrante reflexión sobre la misma representación, sobre su mecanismo a la vez emancipador y de sumisión, sobre la jerarquía que coloca a un lado al creador y del otro al objeto de estudio… sobre, hemos llegado, la lucha de clases. El delicado y emocionante artefacto diseñado por el coreano no solo discute desde la política la legitimidad de un sistema que convierte a buena parte de los ciudadanos en carne de explotación; también pone en tela de juicio ese entretenimiento para burgueses ociosos que es el cine en su arrogante desempeño de hablar por otros, de dar voz a los que supuestamente no la tienen.
Y todo ello, y esto es lo relevante, de la mano de una narración emotiva hasta la exasperación, tensa, deslumbrante y con una sensibilidad para el detalle inaudita. En la trama, la familia rica que se dedica a retratar el sufrimiento de los obreros ahora sin trabajo, y la familia pobre que arrastra todos los traumas de dedicar sus noches y sus días a algo tan inútil, raro y alienante como el propio trabajo fingen una amistad demasiado parecida a una nueva forma de sometimiento. Lo que se discute es la esencia misma de una sociedad, arrojada al consumo de sí misma, desigual, clasista, esquizofrénica y sometida a un orden violento algo más que solo caprichoso. Y eso a la vez que se desnudan las estrategias, digamos, culturales de representación que mantienen en pie un panorama esencialmente injusto.
Pese a todo, el humanismo certero de Chang-dong no busca tanto la denuncia por la denuncia o la proclama a voz en cuello como la posibilidad de resistencia y, de su mano —y esto es lo importante— la obligación del amor. Un amor posible es en su raíz una película sobre el mismo deseo, sobre la libertad, sobre el anhelo de todo el que se esfuerza por alcanzar un amor no solo posible, sino sublime. Digan lo que digan los dinosaurios siempre tan grandes, tan inmutables y tan perezosos.
—
Director: Lee Chang-Dong. Intérpretes: Jeon Do-yeon, Sol Kyung-gu, Jo In-sung, Cho Yeo-jeong. Duración: 164 minutos. Nacionalidad: Corea del Sur.
Noticias de Cultura
